martes, 28 de octubre de 2014

Seis notas suicidas o cómo aprendí a detener el tiempo y amar la auto-eutanasia

Gabriel Decamps. The Suicide (1836)

Hace algunos años intenté escribir un libro sobre el suicidio. Durante un largo periodo de tiempo recogí datos que almacenaba sistemáticamente en un cajón de mi despacho. Cuando dicho cajón estuvo tan repleto que incluso se hacía difícil cerrarlo sin la ayuda de una patada de karate, decidí de repente, que el tema ya había sido tratado en numerosas ocasiones y que sería mejor escribir sobre los condicionantes subjetivos del aislamiento voluntario. De modo que un día cualquiera de un mes cualquiera, preparé una hoguera en mi terraza y quemé todos los datos que había recopilado. Al cabo de dos o tres semanas descubrí un par de folios con algunas notas escritas por suicidas que se habían salvado milagrosamente de la pira.


NOTA NÚMERO 1
SUJETO: Roberto Sánchez Quiles
EDAD: 34 años
PROFESIÓN: Maestro
FORMA DE SUICIDIO: Ahorcamiento

A menudo pienso en la infatuación humana y en sus consecuencias omnimodas más onerosas y extremas. Intento razonar el cómo y el porqué de dicha conducta provocadora y excesiva, pero no soy capaz de llegar a una conclusión lógica. Y eso me sume en una especie de afasia ciclotímica de la que me cuesta demasiado liberarme. Mientras permanezco cautivo en esa ergástula patológica, cuyos muros están construidos con argamasa sólida y enajenación vesánica, no puedo dejar de repetirme una y otra vez que en realidad la hipersensibilidad exacerbada es mi verdadera enemiga, pues la alimento con ambrosía de origen demoníaco y acepto cada una de sus propuestas con auténtico júbilo inconsciente.

Mis verdaderos enemigos están convencidos de que todo es un juego que manufacturo para sentirme especial y no cesan de darme algunos consejos malintencionados. Mis amigos, los pocos que me quedan en estos momentos, piensan que me complico la existencia y que se la enredo a ellos. No son capaces de discernir un lamento que no proceda de sus propias gargantas. Se autoconvencen de que sus preocupaciones son reales y las mías una serie de sobreactuaciones amaneradas y repletas de tics inoportunos. ¡Me gustaría tanto que destrozaran los espejos! Esos espejos que reflejan sus pretendidas bellezas interiores. Esos espejos que alimentan sus carencias emocionales. Las mismas que se afanan en achacarme a mí. ¡Es tan fácil enamorarse de uno mismo! Tan sencillo como dibujar una sonrisa complaciente en un rostro indefinido o difuminado.

Me gustaría tanto expresar lo que siento ahora que estoy tan cerca del nudo corredizo.


NOTA NÚMERO 2
SUJETO: Héctor Dominguez Alberola
EDAD: 45 años
PROFESIÓN: Actor, cómico
FORMA DE SUICIDIO: Arma de fuego

He decidido poner fin a mi vida porque me aprietan los calcetines y las gomas me dejan unas marcas horribles en las piernas. Escribo esta pequeña e incoherente nota para dejar claro que me encuentro en posesión de mis facultades mentales intactas y que si he tomado esta trascendental decisión es porque quiero saber si en mi próxima reencarnación seré feo. Me gustaría también aprovechar para dejar unos mensajes cortos a algunos de mis mejores amigos:

1-Para Joaquín:
Yo fui quien te dibujó un caniche defecando en el testículo derecho mientras dormías. No sigas buscando al culpable. Lo siento. Lo siento mucho.

2-Para Paca:
Nunca me atreví a decírtelo, pero roncas como un chancho cropostasofobico. Tu incultura natural no te permitirá dilucidar que es eso. Trataré de explicártelo. Un chancho es un "Sus scrofa spp. domestica". En cuanto a la cropostasofóbia...mejor olvídalo. ¡Cuídate mucho!

3-Para Agustín:
¿Recuerdas ese film que vimos juntos, "Autofelación en el descampado"? Te comenté que me había gustado mucho, pero no era verdad. Supongo que podrás perdonarme esa mentira piadosa.

4-Para Rosita Campomares:
Vete a la puta mierda, Rosita.

5-Para mi hermano Vicente:
Tete, no olvides cortarme la mano y dejar una moneda sobre cada uno de mis ojos. Ya sabes como se las gasta Caronte.


NOTA NÚMERO 3
SUJETO: Marisa Latorre García
EDAD: 51 años
PROFESIÓN: Ama de casa
FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis de somníferos

Llevo 31 años casada con el mismo idiota y 14 usando las mismas bayetas para limpiar la cocina. Me levanto cada día pensando que no voy a poder soportarlo, pero por alguna razón mi cuerpo no estalla. Supongo que se ha acostumbrado a la infelicidad de la misma forma que mi marido se ha acostumbrado a mentirme y a ningunearme como norma básica. Aunque me cueste admitirlo, mi madre tenía razón cuando me repetía que de adulta sería una desgraciada. Recuerdo a mi padre intentando mediar entre nuestras continuas discusiones y recuerdo a mi hermano aquel fatídico día que salió por la puerta cansado de "broncas de féminas", como él las llamaba, y no regresó jamás. Nunca olvidaré el frío que hacía en la morgue. A menudo me he preguntado si aquel cuerpo que descansaba sin vida sobre una mesa de aluminio sintió alguna clase de paz mientras vivió con nosotros. Aunque ahora ya nada importa. Ni siquiera soy capaz de preguntarme si tendré valor para hacerlo. Pero ¿para qué sirve tener valor, o coraje, o como quiera que se llame esa fuerza inhóspita que me librará de seguir batallando con todo esta basura mañana? Es curioso, pero siento vergüenza al pensar que alguien pueda leer mis palabras. Aunque al mismo tiempo me regocija que ese animal inmaduro que me prometió felicidad eterna se encuentre con mis despojos cuando regrese de acariciar a su puta.


NOTA NÚMERO 4
SUJETO: Francisco Orriols Ibáñez
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Desconocida
FORMA DE SUICIDIO: Salto al vacío

Una de las preguntas que más he tenido que responder en mi vida, es cómo he llegado a ser tan asquerosamente rico. Exceptuando a algunas mujeres a las que me he intentado trajinar (siempre con éxito), nunca he contestado con la franqueza que me ha hecho tan deseado, a esta espinosa y delicada cuestión. Al ser hoy mi último día en el planeta Tierra, he decidido relatar (a quien pueda leer estas líneas) como llegué a convertirme en un hombre tan magnífico.

Mi padre fue un ludópata y mi madre una alcohólica. O quizá fue al revés. El caso es que desde mi más tierna infancia aprendí a distinguir entre el bien, el mal, y el término medio. Y a raíz de eso, entre lo máximo, lo mínimo, y lo que todavía es soportable. Por esa sencilla razón, nunca me contenté con nada que no estuviera cerca de la superlatividad absoluta o, por lo menos, lo pareciese.

Abandoné el nido familiar a los 22 años sin una puta moneda en el bolsillo y antes de cumplir los 24 ya amasaba una pequeña fortuna. Al principio no fue demasiado fácil, pero pronto aprendí a distinguir entre un cenutrio y un espabilado. Y no pasó demasiado tiempo hasta que comprendí hacia donde debía dirigir mi atención, que al mismo tiempo no era mas que interés vampírico oportunista y desalmado. Desvalijar de sus posesiones más preciadas a un montón de panolis incrementó mis ganas de desvalijar a muchos más montones. Llegó un punto en que si no arruinaba a alguien en un par de semanas no me sentía plenamente realizado. Y un tipo que no se siente realizado es algo parecido a una "brosse de toilette" de un garito de mala muerte en un barrio especialmente deprimido.

¡Me alegro tanto de haber comprado este ático!


NOTA NÚMERO 5
SUJETO: Nepomuceno Almeida Suñé
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Representante
FORMA DE SUICIDIO: Explosivos

Teresa:

Has vuelto a comportarte de una manera estúpida e inconsciente. No voy a ser yo el que te reproche tu forma de proceder, aunque me gustaría que reconsiderases tu decisión de una manera menos egoísta. Sabes que si todo hubiera sido al revés, yo me alegraría por ti. Claro que si después de leer estas líneas te mantienes en tu trece, no me quedará otra opción que desearte toda la suerte de mundo, porque con tu forma de pensar, estoy seguro de que la vas a necesitar. Y ahora, para quitar hierro al asunto, voy a permitirme un cambio de tercio. Por esa razón escribiré sobre tarimas flotantes.

Una buena tarima flotante es mejor que la mayoría de las baldosas de gres más económico que se pueden encontrar a la venta hoy en día. Pero un suelo de gres de calidad extra siempre será mas seguro que cualquier pavimento de madera. Además te evitarás tener que acuchillarlo cada cierto tiempo, reduciendo así las posibilidades de que quieras matar dos pájaros de un tiro y acabes acuchillándote a ti misma. No voy a entrar en la discusión de si acuchillándote a ti misma el mundo pierde una gran concentración de egoísmo emocional compactado en bloques desiguales en cuanto a tamaño y calidad. Ya sabes que no soy un experto en miserabiidad humana, y que mis ambiciones no pasan de levantarse por las mañanas escuchando el dulce gorjeo de las tostadas con mermelada y de desayunar un par de pájaros acompañando a un café colombiano cargado y realmente caliente.

Cuando leí tu hiriente carta, creí por un instante que eras una persona normal, del montón. Ahora que medito tus palabras con serenidad he llegado a la conclusión de que eres una gulatosurina, es decir, algo que no existe. Y que nunca debería existir. Por lo menos en un planeta como este, donde todo tiene un precio, y donde si por alguna razón te niegas a pasar por caja, automáticamente eres un proscrito, un paria, un desarraigado. Pero acusándome de vileza has ido demasiado lejos. Yo puedo ser idiota, creído, incluso frío, pero jamás me comportaría de una manera despreciable con alguien que quiero. Y a ti te quería. Ahora ya no existes. Y no puedo dejar de pensar de la que me he librado. ¡Gracias! Gracias por devolverme la cordura de un manotazo. Gracias por perder los papeles y dejar que contemple con absoluta claridad lo que se esconde en algún recoveco de tu interior imperfecto y pringado con óleo de baratillo. Algo tan nauseabundo como las heces que se hacinan en una cloaca abandonada por el tiempo. De repente me han entrado unas terribles ganas de vivir, de respirar, de saltar, de quitar el sombrero a los ancianos que pasean por la calle, de darles un beso tierno y real entre las manchas marrones que salpican sus cabezas y que implican vejez, senectud, senilidad.

A lo largo de mi vida he sido acusado de forma injusta, a veces de forma arbitraria o inaceptable. Con cada uno de esos juicios sumarísimos he aprendido algo y me he hecho mucho mas fuerte. Riéndome de tus incongruencias textuales he alcanzado la inmortalidad. Y cuando los gusanos se coman tus despojos sin importarles demasiado el sabor rancio de tus vísceras, yo seguiré acostumbrándome a hacer lo que mi código genético ordene.

Ahora puedo retirarme. La misa ha terminado.


NOTA NÚMERO 6
SUJETO: Maximiliana Tormo Martinez
EDAD: 72 años
PROFESIÓN: Sectretaria (Jubilada)
FORMA DE SUICIDIO: Envenenamiento

¡Sucias! Las cortinas están sucias. Llevo varias horas mirándolas y sólo puedo reparar en el polvo que descansa sobre los flecos. ¡Y en las arrugas! Es curioso, cuando miro mi imagen reflejada en el espejo también veo polvo y arrugas. Ayer un amigo me dijo que estaba guapísima y radiante. Eso quiere decir que estoy horrible y decrépita. La verdad es que no me importa en absoluto. Soy una mujer bastante simple. Nunca he intentado conscientemente gustar a nadie. Ni siquiera a mí. He vivido de acuerdo a una máxima absoluta: "acercaos, pero no os incrustéis". El resto de consideraciones nunca han sido importantes y siempre han estado perfectamente codificadas. Si pudiera volver atrás, creo que repetiría todos los momentos, excepto el próximo. Necesito hacer daño a alguien. No importa a quien pueda ser.