miércoles, 30 de julio de 2014

Lista número siete

Damien Hirst. Lullaby. The Seasons (detalle) 2002

Adoro hacer listas. En eso me parezco a Peter Greenaway, aunque creo que él es más alto y ha obtenido mucho más éxito con las suyas. La siguiente relación versará sobre mis siete enfermedades y fobias preferidas, que por supuesto sufro en mayor o menor grado, y la forma en que trato de convivir e interactuar con ellas.

1- Anhedonia:

Definida como la incapacidad para lograr placer o la perdida de interés en la mayor parte de actividades. La padezco desde la primera vez que vi a mi padre corretear por la casa en calzoncillos, es decir, desde los 2 años, aunque mi psiquiatra, que ahora está en la cárcel por medicar a su gato, se niega reiteradamente a diagnosticármela. Quizá algún lector más avispado se pregunte la razón por la cual mi padre empezó a corretear en calzoncillos cuando yo tenía dos años. La respuesta es que trabajaba en Alemania y hasta mi segundo aniversario no regresó a su ciudad natal para establecerse definitivamente.

Entre mis conocidos y amigos íntimos es legendaria mi insatisfacción general y a menudo hacen chistes y chascarrillos cuando creen que no me doy cuenta. Pero nunca me ha importado en absoluto, es más, me siento un ser privilegiado, pues observando la existencia y sus míseras consecuencias de esta extraña manera, nunca hay nada que me pille por sorpresa. Sólo una vez experimenté algo parecido al deleite. Sucedió el 24 de septiembre de 1982 a las 16:43 horas. Caminaba por un callejón estrecho y húmedo de mi pueblo, cuando de repente una abuelita rechoncha se cayó rodando como una peonza descompensada. Cuando intenté ayudarla a incorporarse se enfureció conmigo por interrumpir su trayectoria en movimiento helicoidal y oscilante. Verla echar espumarrajos por la boca me dibujó una pequeña sonrisa en la cara y un par de futuras arrugas en el entrecejo.

2- Ciclotimia:

La ciclotimia es un trastorno afectivo caracterizado por la alternancia en los estados de ánimo. Es muy normal verme un día abatido y al la media hora hundido por completo. Como soy anhedónico, al contrario del resto de ciclotímicos, no conozco la naturaleza eufórica o simplemente alegre y me contento con la desesperación y el desconsuelo. Existen tres formas aceptadas de desesperación: leve, parcial y total. Personalmente me gusta padecer las tres al mismo tiempo. Eso me exime de ser confundido con un simple "maniaco depresivo" o con un gilipollas.

Según mi biblia particular titulada "Enfermedades condicionantes e indisposiciones restringidas", sólo los genios absolutos son capaces de sacar partido a este trastorno psíquico. Por mi parte, y desconociendo por completo mi pretendida genialidad, estoy en condiciones de recomendar el desconsuelo incondicional como forma de vida única. Sobre todo cuando se vive en sociedad o como esclavo de las patronales.

3- Acrofobia:

El miedo irracional e irrefrenable a las alturas se denomina "acrofóbia" y genera un tipo de ansiedad que sólo puede ser reprimido mezclando altas dosis de Diazepam, alcohol etílico y unas gotitas de lima o limón para darle un poco de sabor. La primera vez que descubrí que padecía vértigo se me cayó el peluquín al vacío y no tuve más remedio que pujar por uno de Andy Wharhol en una subasta. Pero como me quedaba demasiado holgadito acabé regalándoselo a mi madre que lo usó durante varios años como mocho y alfombra de bienvenida alternativamente.

Aunque vivo en un tercer piso soy incapaz de asomarme al balcón cuando pasa por la calle una tía buena. No me entendáis mal. Ya os dije que soy anhedónico. Las mujeres esculturales no me producen la menor subida de la líbido. Soy totalmente incapaz de diferenciarlas de un oricteropo, pero me produce grandes dosis de perfecta y sublime ansiedad pensar que tarde o temprano envejecerán y se marchitarán como una flor de azalea.


4- Brontofobia:

Aunque a primera vista y, sobre todo, léxicamente, esta dolencia pueda parecer una fobia común a los brontosaurios, la brontofobia es un estado en el cual un sujeto experimenta miedo exagerado a las tormentas eléctricas. Mi caso es bastante especial. Me aterran los truenos y los relámpagos cuando estoy al aire libre y no llevo sombrero, pero cuando cubro mi cabeza o me encuentro bajo un techo no me causan ningún pavor; es más, en esos instantes incluso me divierten y me siento muy seguro de mí mismo, aunque no de mis circunstancias. Hasta el momento no he sido capaz de separar a éstas del Yo ni del Mí o Mío, pero no cejo en el empeño.

A menudo me pregunto cómo es posible que una simple tempestad atmosférica pueda llegar a convertirse en un miedo ilógico y absurdo. El problema es que siempre que me hago esa pregunta llevo sombrero, gorro, montera, chambergo, bonete, escarcela o casquete. Supongo que debería trasladar la dichosa interpelación a esos momentos determinados en los cuales mi cráneo luce completamente desnudo, pero siempre he sido un cobarde asqueroso.


5. Hipocondría:

La hipocondría (no confundir con hipoteca o hipotiroidismo) es una desorbitada preocupación por padecer enfermedades que, o no se tienen, o, incluso padeciéndolas, no justifican semejante desasosiego. Esta descomunal preocupación genera mucha angustia y suele llevar al descuido de algunas de las actividades que el sujeto antes realizaba con normalidad, como por ejemplo ponerse los calcetines del derecho o acudir cantando a trabajar. Según un estudio publicado en "Science patience", el 98 % de los hiponcondríacos tienen la piel grasa, aunque no se la tratan con ninguno de los innumerables productos cosméticos que abundan en el mercado, y el 2 % restante lo hace en contadas ocasiones o bien con Garnier Pure Active o con Normaderm Hyaluspoy.

Algunos psiquiatras definen esta enfermedad como "un alarmismo inconsecuente llevado hasta sus últimas consecuencias", mientras que para otros no se trata mas que de una forma infantil de llamar la atención. Hace bastantes años una amiga mía se puso de parto mientras me visitaba y tuvieron que ingresarnos a los dos en un hospital privado. Ella dio a luz de forma natural pero a mi tuvieron que practicarme una cesárea iterativa. Desde entonces nunca he vuelto a ser el mismo.


6- Cripidofobia:

El miedo enfermizo, persistente y absurdo a las prostitutas o a las enfermedades venéreas se denomina cripidofóbia o ciprinofobia. Yo lo padezco desde que en cierta ocasión me acosté con tres de ellas al mismo tiempo y después de la faena me presentaron sus honorarios con el Iva y Sov incluidos. Se sabe muy poco sobre esta dolencia y los pocos científicos que han ahondado en el tema han acabado salvájemente golpeados por uno o varios proxenetas. Según el catálogo de fobias editado conjuntamente por los Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y de Empleo y Seguridad Social, la cripidofobia es incompatible con la política y la banca, siendo mucho más común en la clase socioeconómica con mayor nivel de pobreza.

Conozco a un albañil y a un fontanero que temen tanto contraer una enfermedad sexual que han decidido acostarse únicamente con muñecas hinchables fabricadas en China. El problema es que uno de ellos, el fontanero, también padece pediofobia (miedo irracional a las muñecas), por lo que está pensando seriamente en dejarse barba, cambiarse su nombre a Yussuf Paco y convertirse al Islam.


7- Agorafobia:

La agorafobia es un trastorno de la ansiedad que consiste en el miedo a los lugares donde no se puede recibir ayuda, por temor a sufrir una crisis de pánico. Los agorafóbicos sienten intensas sensaciones que aparecen súbitamente y que abarcan desde taquicardias, temblores y mareos hasta pensamientos negativos o catastróficos. Actualmente se sabe a ciencia cierta que Dios era agorafóbico (y también fobofóbico y tanatofóbico) y que por esa razón decidió crear al hombre a su imagen y semejanza. Se conocen sus pensamientos más íntimos y sus reflexiones juveniles pero se desconoce por completo el nombre de su mascota.

Una vez tuve un novia que era claustrofóbica. Como ella temía a los espacios cerrados y yo entraba en un terror cerval en los abiertos, decidimos emborracharnos cada vez que quisiéramos estar juntos. En uno de esos encuentros, Antonia, que es como se llamaba, decidió hacerse androfóbica, lesbofóbica, bifóbica y transfóbica y ahora se dedica a tontear con los animales.


Podría haber continuado con unas cuantas patologías más que padezco o incluso admiro, pero creo que es hora de detenerse. Siempre he sentido pasión por el número siete. ¡Es tan bonito y sensual! Además, por alguna razón, es el número que va ligado a mi vida. Vivo en la puerta siete, engañé siete veces a la que fue mi mujer; ella me engañó en ocho ocasiones, pero una de ellas fue con un párroco, por lo que no cuenta. Mi parto duró siete minutos, los mismos que necesitó mi padre para salir aterrorizado y corriendo cuando vio por primera vez mi rostro. Siete fueron los enanitos que ayudaron a Blancanieves y siete son las maravillas del mundo antiguo. He pasado siete veces por el quirófano (ocho, si contamos la cesárea) y negué siete veces a Jesús cuando fue capturado por los romanos. Sic Luceat Lux Vestra.

lunes, 7 de julio de 2014

Tenía ganas de romper mi cara sobre un cristal de vidrio trasparente


Magritte. La clef des champs (1936)

-Cuando camino sin un destino preconcebido, que es lo que habitualmente hago, siempre llego a alguna parte- comentó Susana mientras sorbía un buen trago de cerveza sin alcohol.
-Pues yo cada vez que logro llegar a algún sitio, tengo que intentar recordar cómo he llegado hasta allí- le contesté sin pensar realmente en lo superficial de mis palabras.
-Eso os pasa porque sois demasiado soñadores- sentenció Fernando.
-¿Soñadora yo? ¿Soñadora yo?

La verdad es que Susana era una soñadora. Ella lo sabía pero le gustaba jugar al despiste. Por el contrario, Fernando era un tipo realista cuya única razón para seguir vivo era llevar la contraria a todos. Ambos mantenían una relación desde los 16 años y empezaban a sentirse demasiado atados.

-Bueno, yo creo que eres una soñadora amateur. Yo sin embargo hago de las ensoñaciones un arte, aunque esté mal decirlo- repliqué al cabo de un rato-. Si estáis de acuerdo puedo enseñaros, a ambos, a diseñar vuestros propios sueños. Es fácil. Sólo se necesita...
-Lo que no entiendo- dijo Fernando, cortándome secamente, -es cómo has llegado a la conclusión de que eres tan especial.
-Yo no he dicho que sea especial.
-En todo caso, yo diría que eres espacial- dijo Susana con voz entrecortada.
¿Espacial? ¿Él?- se preguntó Fernando-. Si tan espacial es, ¿por qué no se echa un vuelecito delante de nosotros?

Susana tenía 42 años aunque aparentaba diez menos. Trabajaba de stripper en un garito bastante oscuro y coleccionaba zapatos con tacón de aguja. Fernando juraba que tenia 38 años, aunque todos sabíamos que pasaba de los 50, pero nos cuidábamos mucho de dejarlo en ridículo. No valía la pena, pues ya se dejaba él mismo en evidencia cada vez que abría la boca. Llevaba en paro 14 años y se jactaba de ello siempre que la ocasión le era propicia.

-Yo no creo que sea espacial- contesté-. Por lo menos no en todas las ocasiones. Ahora mismo me siento bastante terrenal con este zumo de naranja en la mano.
-¿Espacial? ¿terrenal? Esto parece un capítulo de la serie "Cosmos"- gruñó Fernando mientras se encendía un cigarro al revés.
-Fernando, ¿qué te pasa tío? ¿Por qué estás tan capullo?- soltó Susana.
-No me dices que soy un capullo cuando te follo.
-¿Cuando me follas? ¿A eso que tú me haces lo llamas follar?- preguntó Susana- Si eso es follar yo necesito que me desfollen.
-Chicos, ya vale- dije - Estoy aquí para pasármelo bien con vosotros, no para escuchar reproches.
-¿Si no follo bien por qué estás conmigo?
- Pues mira, si quieres que te sea sincera, no lo sé.

Conocí a Susana y a Fernando cuando eran unos adolescentes. Pronto nos hicimos inseparables, aunque a veces me entraban ganas de estrangular a ambos, sobre todo cuando no tenían reparos en destrozarse mutuamente delante de los demás. A ellos no parecía importarles montar numeritos y, de hecho, los montaban siempre que podían.

-¿Quizá ha llegado el momento de separarnos, no crees?
-Pues quizá sí. Ya empiezo a estar harta de tus gilipolleces de niño malcriado.
-Creo que voy a irme. Tengo bastantes cosas por hacer- dije- Además el que está cansado de todas estas increpaciones soy yo. Lleváis décadas así. A vosotros os gusta, pero pensad cómo se sienten los que tienen que escucharos.
-Greg tiene razón- dijo Susana-. Deberíamos dejar de ser tan egoístas.
-Yo no soy egoísta- balbuceó Fernando mientras hacía ademanes extraños con las manos- Vosotros sí que sois egoístas. Susana se cree la reina del Universo. Y se enfada cuando alguien le dice cualquier cosa. Y tú. Tú te crees especial y espacial y eres incapaz de sentir nada por nadie. Eres el tipo más frío que he conocido en mi vida. Y no lo digo yo sólo...

Nunca en mi vida había querido tanto a alguien como ellos. Pero a veces los odiaba como nadie en su sano juicio es capaz de odiar. Cuando esto último sucedía, solía dejarlos de lado por una temporada más o menos larga, hasta que de repente, un día me levantaba y los echaba de menos. Echar de menos duele.

-Greg no es frío- dijo Susana-. tú sí que eres frío. ¿Quieres que le cuente algunas de tus peculiaridades más especiales?
-Prefiero que le cuentes mis peculiaridades más espaciales- contestó Fernando-. Yo también puedo ser muy espacial cuando quiero.
-Pues deberías querer más a menudo- escupió Susana-. Te estás convirtiendo en un abuelo malhumorado y decadente.
-Yo seré decadente pero tú eres indecente. Llevas 20 años enseñando las tetas y la chirla a todos...
-¡Sí! Y pagando las facturas de ambos con mi desnudez. No lo olvides.
- Nunca lo he olvidado. Nunca lo olvidaré.

Susana y Fernando están muertos. Se mataron en un accidente de tráfico hace unos años. Junto a ellos, perdieron la vida otros tres amigos. Salían de una discoteca y Fernando comenzó una bronca que acabó con su coche estrellado contra un muro. No fui a su entierro. Me encontraba demasiado enfermo. Todavía siento un calambre recorriéndome la espina dorsal cuando pienso en ellos y cómo acabó todo. Daría el resto de mis días y de mis noches por estar junto a ellos. Daría todo lo que soy y no soy por asistir a otra bronca fenomenal sabiendo que todavía están vivos. Sé que pensando de esta manera me acerco un poco a lo que recuerdo que decía mi amiga, al inicio de este texto: cuando caminamos sin un destino preconcebido, siempre llegamos a alguna parte. Siempre, no algunas veces.