martes, 22 de abril de 2014

Lista número 6 (Preguntas)

Antonio Donghi. The juggler (1897–1963)

He estado echando unas cuantas miraditas furtivas a los textos viejos de este blog y he llegado a la conclusión de que he perdido visión en ambos ojos, pero también que ya es hora de que redacte otra de mis repelentes listas. Como hoy hace un día estupendo y ya he terminado de limpiar los azulejos del baño, he decidido que el tema de la misma sean esa serie de preguntas que me hago cada día a la misma hora y que carecen de respuesta coherente:


¿De qué va todo esto?

Porque yo no lo entiendo. Nacemos, crecemos, nos reproducimos, solicitamos créditos a los bancos y morimos. Es absurdo. Aunque más absurdo es pensar que existe un Dios. Me atrevería a decir que es incluso demencial. Y si me apuran, criminal. Si existe una deidad omnipotente, ¿por qué rige mi pasado y mi futuro? Yo no le he votado. A decir verdad, ni siquiera conozco su programa de gobierno. Claro que tampoco conozco en qué circunstancias se presentó a las elecciones, pues, cuando eso sucedió, yo todavía no había sido concebido. Pero vayamos por partes y desglosemos una a una cada etapa del mal llamado "ciclo de la vida":

1- Nacemos porque los profilácticos se rompen.
2- Crecemos para jorobar a nuestros padres, o quizá para echarles en cara el no haber tenido la suficiente delicadeza como para habernos preguntado si queríamos venir a este (sub) mundo.
3- Nos reproducimos porque queremos probar unos condones nuevos con sabores a frutas tropicales y que según se puede leer en el prospecto son totalmente irrompibles. Pero se rompen...
4- Morimos entre insoportables dolores y rodeados de nuestros seres queridos, que aunque intentan disimularlo poniendo cara de pena, no pueden dejar de pensar en los bienes que van a heredar.

Entre el primer y último punto, es decir, entre el momento de la concepción hasta el instante en que el candidato a fiambre se golpea la cabeza con el dosel de la cama, seguramente preguntándose por qué no se hizo el hara-kiri a los 7 años, el tiempo se ha detenido en varias ocasiones. ¿Quién no ha notado alguna vez esa extraña sensación que recorre la columna cuando, por ejemplo, y en ausencia de sus padres, ha rebuscado en los cajones de sus mesitas de noche y ha encontrado...cositas? O cuando estando encima (o debajo) de un ser de diferente sexo y condición ha notado un vacío relativamente absoluto clavándose como una daga afilada en lo más profundo de su perfecta y muy ensayada indiferencia? Somos lo que nos dejan ser. Actuamos para convencernos de que podemos hacerlo. Pero cuando nos miramos en el espejo, no podemos dejar de ver a unos asesinos, a unos ladrones, tísicos, corruptos y traicioneros. Por esa razón yo siempre me afeito de memoria.

Recuerdo unas palabras que me susurró mi abuelo al oído cuando yo tenía unos seis o siete años, pero no voy a escribirlas en esta enfermiza disertación porque todavía no he sido capaz de traducirlas. Desde entonces, no ha pasado ni un sólo día en que no las haya lustrado con una gamuza fina y flexible, pues las guardo en un aparador de madera. Hace unos años, un ladrón quiso robármelas, pero yo fui más listo y se las vendí a un buen precio. ¡Pobre idiota! Todavía no se ha dado cuenta de que le endiñé una copia. Así es como veo yo la existencia. Una copia de una copia de una copia borrosa, velada e imprecisa. Los más inteligentes se inventan el contenido. Los idiotas, la forma humana que más abunda, se convencen de que son capaces de entender su significado.

Si "todo esto" tuviera una cierta lógica, antes de nacer moriríamos. Y después de reproducirnos, creceríamos. Pero la lógica no existe. Y si alguien puede probar lo contrario, le reto a que sea capaz de distinguirla de la própia consecuencia. Es totalmente imposible. Vivir es una consecuencia, pues se deriva de un supremo acontecimiento: la Nada, que no es otra cosa que ausencia.


¿Por qué todo lo que sube acaba irremediablemente bajando?

La respuesta no es simple. Supongo que porque no tiene otra opción. Imaginemos una fuerza, guapa, alta, fuerte y tenaz. Supongamos que le domina un cierto espíritu de contradicción y en lugar de subir, quiere bajar. Para ello se prepara durante semanas en los mejores y más caros establecimientos destinados a preparar energías contradictorias. Dedica días y noches por completo a su convicción, porque, de alguna forma, está convencida de que es única y que si lo consigue, el resto de las fuerzas menos dotadas le tendrán envidia. Mientras suda la gota gorda con ejercicios extravagantes, piensa en sus progenitores y ese inocuo pensamiento multiplica por mil su deseo, transformándolo en ambición desmedida. Como está tan ensimismada con su posible victoria, deja a un lado el resto de pretensiones, sin importarle demasiado lo que puedan pensar de ella. Es una ganadora. Es una líder. Ha nacido para vencer. Y pisará a quien sea para conseguirlo. Sólo quiere que la quieran, pero no ahora, sino cuando demuestre para qué ha sido concebida.

Llega el momento de la verdad. Armada con valor y perseverancia toma impulso y comienza la proeza. Quiere ser capaz de bajar sin subir primero, y aunque sabe que es prácticamente imposible, acelera con fuerza. De repente pierde el equilibrio, cae y se fractura parte de la masa. Mientras yace inerte, la fricción abandona su cuerpo y sus entrenadores comprenden que todo ha terminado. El sueño ha acabado. Quizá nunca debió empezar.


¿Por qué pierdo culo cuando adelgazo?

Básicamente, porque no me concentro lo suficiente y la masa corporal se siente libre para elegir partes de mi anatomía donde poder obrar con toda impunidad. Los seres humanos, y algunos no demasiado humanos, poseemos un cerebro que pesa un kilo y pico si está sano, con el cual podríamos hacer casi cualquier cosa que nos propusiéramos. Conozco a una chica que adelgaza de caderas, piernas y brazos y transvasa esa masa repleta de grasa y líquidos directamente a los pechos. Por supuesto, con el poder de la mente. Y cuando se enamora de alguien que siente predilección por los senos pequeñitos, invierte el proceso y mata dos pájaros de un tiro, si se me permite tal expresión. Por desgracia, el truquito le falla cuando su pareja adora los pechos pequeños pero odia las cartucheras o los brazos de descargador de muelle. Personalmente, he intentado hasta la extenuación adelgazar la barriga y enviar toda esa mierda al culo, pero lo único que he conseguido es sufrir terribles calambres en el transverse abdominis.


¿Debería comprarme un sombrero?

Aunque pueda parecer una pregunta tontorrona y carente de importancia, es algo que me ronda la cabeza desde que empecé a perder el pelo. Al principio, simplemente fue una idea, pero más tarde, aproximadamente hace tres días, se convirtió en una obsesión. El problema es que también me seduce la idea de comprarme un bisoñé y una diadema de concha de Carey. Y no tengo suficiente dinero para adquirir los tres objetos. De todas formas, ¿Cómo podría lucir el postizo y la diadema si los tapo con un sombrero? Una solución sería que el peluquín fuera largo y el cabello pudiera caerme por los hombros, lacio y vigoroso. Entonces podría llevar la diadema encima del sombrero y me convertiría en la sensación bizarra de mi barrio. Abrirían clubs con mi nombre que serían clausurados por la autoridad competente por impago de tasas y aranceles. Claro que también podría sustituir la diadema por un coletero, una horquilla o incluso una guirnalda, pero el problema proseguiría. Lo mejor es que unos días salga a la calle con sombrero o gorra y otros con algún accesorio para el cabello. Por cierto, si me agencio un bisoñé, deberé comprar un peine. En ese caso, ¿debería ser de cola, desenredante o de dientes finos? Y, ¿los peluquines se lavan a mano o en la lavadora? ¡Caray!, nunca creí que resultara tan complicado vestir un cráneo desnudo.


¿Por qué los zunzuncitos son tan pequeñitos?

Siempre que me hago esta pregunta me entran unas espantosas ganas de dormir. Me voy a la cama.