viernes, 14 de febrero de 2014

Prometo no volver a tocarte el pompis

Alexander Almark. Her night dreams II 

Mis chuchos "Proxeneto" y "Matón" quieren beneficiarse a "Dulceflor" y "Mimosita",  las perritas de mi vecina. Como no hablo el idioma perruno, desconozco como piensan repartírselas. Es probable que "Proxe", que es más salvaje y decidido, se abalance sin compasión sobre "Mimosita" y "Matón" no tenga más remedio que conformarse con "Dulceflor". También es posible que ambos compartan a las dos como buenos colegas o incluso que organicen una obscena, lujuriosa y sicalíptica orgía canina. No lo sé ni me interesa. Lo que tengo claro es que jamás seduciré a la dueña de las perritas. Se llama Rosaura, aunque cuando coincidimos en el rellano siempre me apunta que le gusta que la llamen "Rosalinda". Bueno, pues Rosaura o Rosalinda es de Ecuador y tiene un culo tan grande como el Castillo de Ingapirca y el Churo de la Alameda juntos. Pero como hay tanta gente a la que le gustan los traseros descomunales vive muy acomodadamente moviendo el suyo en un bareto de mala muerte al que acuden hampones venidos a menos y camellos de tercera. Naturalmente, ella nunca me ha dicho que gane mucha pasta, pero yo, que soy hombre de mundo, lo noto cada vez que viene de hacer la compra.

Un día la voy a invitar a mi casa para pedirle que me haga una mamada. Estoy seguro de que no se opondrá. Necesito saber cuánto semen puede retener en la boca sin que se le escape por las comisuras. Pero tengo miedo. Miedo de que llevada por el frenesí me enseñe ese culo de aspecto planetario y desate en mí el vendaval inhumano, cruel y maligno que escondo dentro.

Siempre me han gustado los traseros pequeños, pero duros y respingones. Esos que cuando les pasas un par de kilómetros de lengua viscosa se abren como algunas flores cuando son abordadas por los insectos polinizadores. Siento una especie de pasión insaciable por los que no tienen marcas, ni por supuesto, pelos, pecas o tatuajes taberneros. Me es indiferente la edad de la propietaria, su condición social o su ascendente astrológico. Sólo quiero que sean insaciables y...que estén limpios. Por fuera y por dentro.

Hace ya muchos años que las vaginas dejaron de atraerme. Por esa razón en cuanto una mujer se quita la última prenda delante de mí, tiendo a ponerla boca abajo. A veces, antes de acercar mi rostro a sus nalgas, suelo jugar a ese jueguecito llamado "Puntúa y gana". Tengo una libreta repleta de nombres y puntuaciones. Puntuaciones de culos:

Carmen: 4 (NOTA: Perfecto, sobre todo  contemplado a través del hueco que queda entre las piernas)
Adela: 3.5
Majo: 5 (NOTA: Sublime. Morderlo es como pringarse con un croissant de chocolate)
Gilberta: 4
Enriqueta: 4 (NOTA: Cuando la luz de la lámpara de cuarzo no incide directamente sobre sus nalgas, incluso 5)
Cristina: 2 (NOTA: No volver a bajarle los leggins)

Algunos amigos han llegado a pedirme esas notas para calentarse mientras las leen. Otros han manifestado que debería publicarlas. ¡Joder! Cuanto idiota hay en el mundo. Esos apuntes son míos y me pertenecen. Quizá pequé de machito al comentarlo con otros. Y con otras. Juro por las anillas del bloc que guardan esos (casi) secretos que golpearé con saña al próximo ser, macho o hembra, que se atreva a hablar de mi pasión. Que también es mi enfermedad.

Ahora tengo que dejaros. Necesito poner en orden algunas ideas que me rondan por la cabeza. Ideas con forma de culo. Mientras las clasifico, me prepararé un vasito de vino de Oporto de barril, que es económico y sabe a nalga. Mañana le introduciré mi miembro en la boca a Rosaura, pero al mismo tiempo rezaré porque su pandero siga enfundado...para siempre.