lunes, 27 de enero de 2014

Tampoco tengo "Crunch"

Edward Hopper. New York movie (1939)

Hace algunos años...Sí, ya sé que es una forma vulgar de empezar un texto que trata sobre un hecho que sucedió en el pasado, pero ¿alguien me va a denunciar por eso? Hace algunos años quedé con una chica -a la que había conocido unos pocos días antes- para ver una película en un destartalado pero estupendo cine de barrio donde casi siempre reponían clásicos interesantes. Como soy un caballero y un dandi en ciernes, pagué las dos entradas y nos sentamos a esperar que comenzara la doble función. Mientras aguardábamos el momento mágico que implica sumergirse en una historia fílmica charlamos de cosas banales. Aunque en mi cabeza rondaban varias preguntas esenciales, por lo menos para un humano, varón y con ganas de encamarse: "¿Cómo estará desnuda? ¿Tendrá el trasero caído? ¿Será frígida? Todavía no me había hecho ni nueve preguntas cuando de la cabina de proyección se escapó ese rayo de luz compacta que demuestra fehacientemente que la sesión ha comenzado. No recuerdo los títulos de ninguna de las dos pelis, pero me acuerdo perfectamente de lo que sucedió a partir de ese instante. Por alguna razón estúpida sentí unos deseos irrefrenables de comer chocolate así que, disculpándome con mi amiga y el resto de público que tranquilamente comenzaban a visionar las primeras imágenes, salí a la cafetería dispuesto a comprar una chocolatina. La tipa que atendía el chiringuito tenía una fisonomía peculiar. Debía andar cerca de los sesenta y lucia un bonito principio de bigote que habría hecho palidecer de envidia a Groucho Marx. Era bastante gruesa y su rostro se asemejaba al de un monstruo antediluviano al que han sometido a una serie de liftings fallidos.
-Hola, ¿Tiene chocolate o algo parecido?
-¿Tú que crees?- me contestó despacio, como suponiendo que yo padecía alguna enfermedad mental.
-Bueno, supongo que sí. Deme un Toblerone, por favor.
-No tengo Toblerone.
-Pues un Crunch...
-Tampoco tengo Crunch.
-Deme cualquier cosa que contenga un mínimo de un 60 por cien de pasta de cacao y un 40 de azúcar, por favor.
-¿Cacao? ¿No me habías pedido chocolate?
-Deme una bolsa de papas- le contesté secamente.
-Una bolsa de papas no es una chocolatina- replicó a su vez, poniendo una cara de lástima que me recordó a la de un oposum pigmeo al que le han contado una mentira.
-Por favor, deme lo que quiera, pero a poder ser posible antes de que ambos cumplamos los setenta.
-Yo tengo 45, aún me quedan muuuuuchos años para que cumpla esa edad.
-Si, ya... ¿Me va a servir o prefiere seguir amargándome la existencia?
Al cabo de un rato de conversación demente la señora me tiró a las manos una bolsa de palomitas acarameladas y al pagarle, una moneda de dos euros bastante gamberra y escapista se salió de mi monedero, rodó por el mostrador y cayó a la pila.
-Lo siento. Cóbrese con esos dos euros. Supongo que hay suficiente...
-Esos dos euros son míos. Se me cayeron allí hace un rato- farfullo el espécimen.
-¿Cómo dice?
-Que esa moneda es mía. ¡Págueme!
-Acaba de ver como esa puta moneda se me ha caído. ¿Qué es lo que pretende?
-¿Me está llamando mentirosa?
-No estoy llamándola mentirosa. Pero usted sabe que esa moneda es mía.
-Me está atosigando, señor. O me paga o me devuelve las palomitas.
-No pienso darle ni un céntimo más. Cóbrese con esa moneda de una puñetera vez. Me estoy perdiendo toda la película. No se comporte como una idiota. Seamos serios...
En ese justo instante la tiparraca empezó a chillar como si la estuvieran violando doscientos cincuenta marcianos invidentes. A decir verdad, sus gritos me recordaban a la matanza del cerdo, espectáculo que había observado algunas veces en mi pueblo cuando era un niño. Al cabo de unos pocos segundos de griterío apareció el acomodador y yo sentí miedo, así que hice una de las más grandes tonterías que un inocente puede hacer en un momento dado: salí por la puerta y escapé corriendo. Cuando quise darme cuenta de la estupidez de mis actos ya me encontraba a varias manzanas. Intente poner en orden mis pensamientos y me senté en un banco de la acera. Un montón de ideas inconexas me rondaban por la cabeza. Mientras las analizaba una por una decidí esperar a que acabara la doble sesión, inventar una excusa convincente y esperar a mi amiga a la salida. Las cuatro horas se me hicieron interminables. Mientras me dirigía de regreso al cine pude ver en la puerta a un montón de gente arremolinada, un par de policías preguntando a diestro y siniestro y a una periodista y un cámara de televisión. Cuando me percaté del percal, el acomodador, que debía tener una vista de lince, gritó
- ¡Es él! ¡Es él! ¡Ha venido otra vez! ¡Es él! Los polis dirigieron la mirada hacia mí y yo no tuve más remedio que volver a huir, aunque esta vez lo hice caminando en lugar de a la carrera. Ni siquiera miré si alguien me seguía. Volví a recorrer el mismo trecho de antes y acabé nuevamente sentado en el mismo banco. De repente, una mano se posó en mi hombro. Giré la cabeza esperando contemplar a los polis agitando unas esposas, pero sólo vi a la periodista y su compañero, el cámara.
-Tranquilo. La policía aún está tomando declaración a la víctima. ¿Por qué razón le hiciste eso a la taquillera?
-¿Le hice qué?
-Eso...
-Yo no le he hecho nada. No sé a qué te refieres.
-Ella dice que le retorciste un pezón...
-¿Que dice qué?
-Que le retorciste un pezón- repitió el cámara.
-¿Que yo le retorcí un pezón?
-Sí- contestó la chavala.
-Sí- repitió el cámara.
-¿Estáis de broma?
-Para nada. Te ha denunciado. Es grave.- dijo la chica- Deberías darnos tu versión de los hechos. Así podrías defenderte y nosotros llenaríamos dos minutos y medio en las noticias.
-¿Qué noticias?
-Las noticias de la televisión local, susurró suavemente ella.
-Las noticias de la televisión local- repitió el cámara.
-Yo no le he estrujado un pezón a esa especie de carcamal visigodo. De hecho ni siquiera creo que tenga pezones. Discutimos porque decía que no le había pagado. Y sí le había pagado. Está loca. No sé... Se puso a gritar...yo tuve miedo....
-Te diré lo que vamos a hacer. Buscaremos un edificio bonito, con una fachada que tenga buena planta para que sirva de fondo y te haremos una entrevista en exclusiva- ¿Qué te parece?- comentó, como si entrevistar a un presunto retorcedor de pezones fuera la cosa más común en su vida.
-¿Qué te parece? repitió el cámara.
-No me vais a hacer ninguna entrevista. Yo no he hecho nada. Largaos, por favor. Dejadme en paz.
-Creo que deberías defenderte-. Claro, que si eres culpable...
Llegados a ese punto, totalmente irreal y semejante a un sueño inducido por ingesta desmedida de poleo y Valium, decidí que me dejaría entrevistar. Si todo ese follón se hacía más grande y además había una denuncia por medio... quizá dando mi versión saldría impune de aquello.
-Está bien. Hacedme la puta entrevista.
-Perfecto- respondió la periodista guiñándome un ojo- Todo se solucionará, tranquilo. Pero este lugar es deprimente y además el tráfico estropearía el sonido.
-El tráfico estropearía el sonido- respondió el cámara.
Como no quería que el tráfico estropeara las tomas nos dirigimos a otra calle, pero la fachada estaba sucia y a los reporteros con corazón artístico tampoco les gustó. Nos pasamos las siguientes tres horas buscando una calle o una finca en condiciones de servir de fondo. Supongo que yo les parecía tan feo que esperaban que un frontispicio renacentista salvara parte de la entrevista. Al final acabamos sentados en un bar y hablando de muchos temas. Resultaron ser unos tipos muy majos. Incluso el cámara dejó de repetir las frases de su compañera y demostró que además de loro o guacamayo a tiempo parcial también era una persona culta y sobre todo divertida. Charlamos sobre la cerveza, sobre los muebles de nogal, sobre la forma en que la política se aferra a nuestras vidas disfrazada de cualquier cosa. Me comentaron que eran novios y que no pensaban casarse nunca. Nos reímos un montón y la verdad es que me lo pasé estupendamente.
-Así que le retorciste un pezón. ¡Puaj! Qué mal gusto tienes amigo.
Bebimos y bebimos hasta que llegó un punto que resultaba idiota seguir con la ingesta desmesurada de alcohol y nos dirigimos a casa de Didi y Fernán, que era como se llamaban ambos. Allí seguimos despotricando sobre todo.
-Mi querido amigo estrujapezones. Me caes estupendamente pero creo que necesito otro whiskito- gritó Didi mientras eructaba con un estilo que haría morirse de vergüenza al camionero más curtido.
-Estrujapezones, ¿has visto "la última peli de Eric Rohmer? Guau, amigo es sensacional- replicó Fernán.
-Sí. Me encanta Rohmer. Aunque creo que prefiero su filme anterior.
-¿Prefieres "El árbol, el alcalde y la mediateca" a "Las citas de París"?
-Yo creo que sus dos últimas películas están por debajo de su nivel- gritó Didí mientras intentaba servirse un vodka doble con hielo- Quiero decir...Si comparas esas dos pelis con "El rayo verde" o "Las noches de la luna llena"...
-Cariño, no se puede estar toda la vida haciendo obras maestras- replicó Fernán
-Estoy de acuerdo contigo, Fernán. Tanto "Las citas" como "El árbol..." son films menores pero completamente válidos en su carrera. Yo los disfruté enormemente...
-Desde luego- gritó Didi, pero, joder, yo quiero más cosas como "La rodilla de Clara" o incluso "La coleccionista-, me escupió Didi al oído. Soy tremendamente egoísta. Sólo busco mi propio placer.
-Ella busca su propio placer- repitió Fernán.
-Cari, no hace falta que seas mi eco- respondió Didi.
-Yo no soy tu eco. Soy el eco del mundo. Yo soy...
-Tú eres el que me va a servir un ron cuádruple- dije yo.
-Y quíntuple si hace falta.
-¿Sabes que Didi se durmió el otro día en el ginecólogo y tuvieron que despertarla pinchándole con un palillo en la vulva?
-¡Animal!- respondió Didi. No me pincharon en la vulva. Me dieron unos sopapitos en la cara. ¡Caray! Me quedé totalmente roque.
-¿No me jodas?- Exclamé yo mientras derramaba parte del vodka por la alfombra.
-Cambiando de tema. Me ha salido un bulto en la lengua y estoy acojonado por si es un cáncer...
-Fernán, no seas paranoico. Me recuerdas a una perra que tuve hace muchos años. Creía que no era una perra, sino un canario, pues pasaba casi todo el tiempo sola en casa, con el pájaro. Un día cuando entré por la puerta, me la encontré volando por la habitación- exclamó Didi al mismo tiempo que imitaba con las manos el batir de alas canino.
-Yo me tomaría un cafetito. ¿Tenéis café?- pregunté a ambos.
-Claro. ¿Quieres un cortado, un Cappuccino, un americano?- pregunto Didi.
-¿O quizá un Corretto, o un Ristretto o un romano?
-He cambiado de parecer. ¡Otro cubata por favor!
-¡Marchaaaaando!
Estuvimos charlando hasta el amanecer, entonces nos acostamos e hicimos un trío. Después de la maratón sexual ellos se quedaron dormidos y yo me fui a casa. Mientras recorría la distancia que me separaba de mi hogar pensé muchas, muchas cosas. Pero una en especial no paraba de atormentarme: ¿Le habría gustado la sesión doble a mi amiga? Me refiero a la chica con la que se supone fui al cine. Como tenía tiempo, decidí responderme. Pero las auto respuestas son confidenciales, eso es algo que todos deberíamos tener muy claro.