martes, 14 de enero de 2014

M (o la carencia de sentido común)

Genoves. Madeja (2010)

M es idiota. Bastante idiota. ¿Cómo podrías definir a un tipo que pregona sin rubor que la mejor película de la historia es "No me toques el pito que me irrito"? Pero yo le aprecio. Le aprecio de la misma forma que una serpiente de cascabel puede apreciar a una rata de arbellón. Gracias a él y otros muchos como él, yo tengo una razón para sobrevivir. ¿Qué sería de mi existencia si no pudiera despotricar acerca de los imbéciles? Ellos están en el planeta para recordarnos que no somos nada, absolutamente nada, a pesar de que todavía exista un poco de razón escondida en silos subterráneos en cada uno de los cinco continentes.

M sabe escribir su nombre con una plantilla de plástico. La compró en una papelería cuando cumplió los 25. Ahora tiene casi 60 y todavía la necesita. A veces piensa que debería comprarse otra de aluminio, pero va retrasándolo constantemente. Quizá el próximo año. Al fin y al cabo, pocas veces se le presenta la oportunidad de rubricar un documento. Mientras, espera obtener fuerzas que le ayuden a decidir cuál de las dos le permitiría conseguir la caligrafía que tanto desea. Pues aunque es tan memo como un zapato, odia tremendamente emborronar una bonita hoja blanca, cuadriculada y con márgenes a ambos lados.

M quiere coger al aire. Extiende los brazos y siente un terrible calambre en el hombro derecho. Se sienta sobre una roca y se rasga los pantalones. Mientras trata de hacer funcionar su cerebro, siente un picor extraño en una pierna. Pero no se rasca. La escolopendra trepa hasta su ingle y con las forcípulas le inyecta una dosis de histamina y enzimas. Las nubes se difuminan. La luz le golpea el rostro. De repente todo está oscuro.

M se despierta en la cama de un hospital y pregunta a una enfermera si es un ángel. Ella niega con la cabeza mientras se le escapa una sonrisa insolente. Cuando sale de la habitación, un escalofrío le recorre la espina dorsal. Por primera vez en su vida ha tocado a un idiota. Se lo cuenta a una compañera y ésta la obliga a lavarse las manos. Mientras se limpia con una gasa y alcohol, recuerda a su madre muerta y le da las gracias por sus genes.

M está ojeando el mundo por la cristalera. Su compañero de cuarto le pregunta por qué razón se encuentra inquieto. Pero él no responde. Está demasiado ocupado pensando qué va a suceder cuando le hagan firmar la baja. Si tuviera familia o algún amigo menos idiota podría pedir que le trajeran su vieja plantilla. Con ella se siente seguro y fuerte. De repente, sin ni siquiera pensar en los pros y los contras, decide escapar por la ventana...