jueves, 26 de diciembre de 2013

Geometría

Paul Klee. Cosmic composition (1919)

De las 37 personas que vivían en esa pequeña aldea, 36 soñaron lo mismo una noche. El único individuo que rompió la excepcional regla, un varón de 87 años, analfabeto y con serios problemas de afección, se dedicó a dibujar icosaedros convexos en las dos paredes opuestas de su pequeña y destartalada cocina de leña. Cuando acabó de dibujar los cientos de triángulos equiláteros conformados en poliedros de veinte caras, se sintió satisfecho y se dirigió al acantilado. Si alguna vez vas a ese pueblucho y te acercas a su precipicio, deberías mirar hacia las rocas cortadas que salpican el fondo. Una de ellas, no sabría decirte ahora cuál, desmembró el cuerpo de aquel hombre. Por esa razón los 36 habitantes de la zona llaman a esa escarpadura "El salto del viejo".

Un pequeño animal de compañía se escapó de la casa que le cobijaba. Mientras recorría los cientos de metros que separaban lo habitual de lo extraño, experimentó una sensación angustiosa, imposible de describir para un humano. Se limpió los bigotes con las zarpas, miró al cielo y enseguida comprendió cuál era su destino. No tardó ni media hora en encontrar a una alimaña rabiosa y desesperada que lo mató y lo engulló por completo. Al día siguiente, su dueña lo buscó en cada una de las estancias de la casa, pero como no pudo encontrarlo creyó que nunca lo había tenido y que sólo era un sueño. Un sueño más. Un sueño engendrado por la desesperación y el abatimiento. Cuando se lo contó a su vecino, éste se asustó, pues era el mismo sueño que él había tenido. Y era el mismo sueño que su yerno, que residía a escasos metros, le había contado. ¿Los tres soñaron lo mismo? ¿Los tres soñaron lo mismo, la misma noche? ¿La misma noche que el más viejo del lugar dibujaba icosaedros?

Aunque estaba impedido le encantaba descansar al lado de la ventana. El sol que entraba y se filtraba por el cristal sucio le calentaba la parte anterior del cuerpo. Era una sensación placentera que le sumía en una especie de maravilloso amodorramiento. Mientras su cabeza se ladeaba y la baba mojaba los primeros botones de la camisa, sus recuerdos se dirigían en todas las direcciones. Lamentaba que las noches no tuvieran sol, pues sin el calor del astro rey los sueños solían transformarse en pesadillas desconcertantes. Si tú fueses una diosa, una hada o simplemente una ninfa y aparecieses en su destartalada habitación, seguramente te imploraría que borrases el capítulo de aquella noche. ¿Por qué no fue ella la que se precipitó sobre las rocas? Si hubiera sido ella, por lo menos algún lugar de la comarca, algún día, llevaría su nombre. Sin embargo, mientras el viejo acababa con sus demonios interiores, ella soñaba algo que ni siquiera era concreto u original.

Las nubes descargaban agua sin compasión sobre la cabeza de una estatua. El cuerpo de esa escultura descansaba semienterrado en la tierra arcillosa, pero la testa se beneficiaba de las inclemencias meteorológicas mientras sus ojos inertes jugaban con cada una de esas pequeñas sensaciones que discurren cuando el tiempo, ese secuestrador invisible e insobornable, se petrifica. La anciana que vivía en la cabaña estaba convencida de que era la cabeza de la Gorgona y jamás la miraba. Cuando fue joven -y no olvides que todos y cada uno de ellos o de nosotros ha sido joven en algún momento de su vida- leyó muchos libros y aprendió a discernir un secreto de un falso sol de medianoche. Ahora, mientras esperaba algo que no llegaba, pero que ansiaba por encima de cualquier deseo, sus fuerzas para soportar una nueva jornada escapaban despavoridas, retrocediendo y cambiando de dirección sin lógica aparente. ¡Sí, ella también soñó esa noche! Y después de ese sueño de sueños, ya nada parecería lo que realmente era. Pues esa representación onírica y cruel, semejante al viento del este que parte los tallos de los girasoles, no era más que una fracción del conocimiento infinito que establecía las distancias y multiplicaba las imágenes fractales codificadas en su memoria.

Continuamente se hacía preguntas. Y aunque parezca inusual, siempre se las contestaba todas. "¿Si sabemos de qué color es la carne de las manzanas, por qué razón seguimos pelándolas?" "¿Podría contar los guijarros de menos de medio centímetro que descansan en el viejo camino que sale de mi casa y conduce hasta el pequeño torrente donde una vez vi a Dios?" "¿Debería esconder las sombras que producen las amapolas en la cajita de estaño?" Cuando no se estaba preguntando algo, solía jugar con dos palitos de madera. Le encantaba el ruidito que hacían al ser golpeados el uno contra el otro, o ambos contra su cabeza. Por las noches solía soñar con esos mismos palitos y con su cabeza. Pero esa noche, esa noche en la que todos los vecinos comulgaron una misma pesadilla, sus palitos, su cabeza y sus preguntas se ocultaron para siempre entre la espesura de veleidades eternas, mientras que el protagonismo se lo quedaron los ejes de simetría, los vértices opuestos, las rectas y las aristas del anciano suicida.

¿Sabes por qué te cuento esto? Yo viví en aquel pueblecito por aquellos días. Yo era un número más entre los soñadores, es posible que el 27, o el 28. ¿Qué más da? Yo soñé lo mismo y puedo certificar que las imágenes que mi prosencéfalo fabricó fueron exactamente las mismas que hirieron y desconcertaron al resto. Durante semanas las comparamos y yo me dediqué a analizarlas. El viejo que no pudo soñar dibujó icosaedros. Un icosaedro no es más que un antiprisma pentagonal rematado en sus bases por dos pirámides (también) pentagonales, con con 12 vértices y 30 aristas. El resto de vecinos, los que tuvimos el privilegio o desventaja de dormir, soñamos que esbozábamos dodecaedros en las paredes opuestas de nuestras cocinas; algunas de leña, otras no. Un dodecaedro es una figura geométrica configurada por 12 pentágonos, 20 vértices y 30 aristas. Podríamos haber soñado con tetraedros, hexaedros u octaedros o podríamos haber soñado que nos perseguían, o que volábamos, con agua, con arañas, que nos caíamos, o se caían nuestros dientes, con perdernos, con ser atacados y heridos, con la muerte.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una

Duy Huynh

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una se incorporó, y doblando la cabeza de la misma forma que un papagayo complacido me preguntó: ¿sabes por qué miro hacia todos los lados menos a uno? Me disponía a contestar con ese precioso adverbio que sirve, entre otras cosas, para negar, rechazar o impedir una posible correspondencia, cuando de su boca brotó un remolino de segmentos restringidos por demarcaciones, o lo que otra persona menos pedante y afectada que yo llamaría vocablos, palabras, términos. Trataré de transcribir su respuesta de la manera más exacta posible, aunque entre los círculos familiares tengo cierta fama de olvidadizo y algunos de mis amigos, exactamente a los que más aprecio tengo, no se cansan de repetir, que tanto los sintagmas endocéntricos como los exócentricos que volando llegan desde las laringes de los emisores a mis oídos sufren una penosa transformación cuando intento hacer un epitome, una sinopsis o incluso una pequeña pero satisfactoria paráfrasis.

Pero antes de reproducir, o por lo menos, intentar trasladar el conjunto de frases atiborradas de sentido, lucidez y sabiduría del hombre que miraba en todas direcciones menos en una, me gustaría dejar patente ciertas reflexiones sobre la naturaleza de ese ser o ente excepcional y su interacción con los elementos que le rodeaban, sobre todo con cada una de las unidades especiales relativas a la propia persona, entiéndase, alma, espíritu o fuerza vital, que hacía que mantener contacto con sus postulados y con la luminosidad que estos desprendían, fuera, además de el "actus fidei specificatur ab objecto", lo más cercano a una experiencia espiritual, emocional, subjetiva y, por supuesto, mística.

La primera vez que reparé en el hombre que miraba a todos los lados menos a uno, yo estaba sometido a una terrible presión. Los problemas económicos y la ruptura con mi mujer después de 20 años de pacífica aunque miserable convivencia, habían transformado mi habitual quietud en furia brutal y desmedida. El único humano bueno era el que estaba enterrado bajo dos metros de tierra y sólo el placer que me proporcionaban los perros y los gatos solía apaciguar las ansias de venganza social que nacían de cada uno de mis poros sanguinolentos.

Recuerdo perfectamente cómo sucedió todo. Caminaba sin dirección fija, posando la mirada en la mugre que rodeaba mi existencia, cuando de repente escuché una voz suave, amable pero segura, que se detenía suavemente sobre la percha de mis malas experiencias. Al principio creí que sería un mendigo que querría unas monedas a cambio de un pequeño chantaje emocional, pero cuando miré directamente a su cara supe que el principio de todo era una respuesta y que esa respuesta significaba el adiós a todos esos "antes" y "después", y por extensión el finiquito generacional de todos y cada uno de los "por qué", de los "no sé", de esos millones de preguntas nunca contestadas, de la avaricia del sinsentido y el ilustre corolario al abandono o la dejadez que hasta entonces y de una manera demencial habían abanderado el nacimiento de cada segundo, cada minuto, hora, jornada, mes, año, lustro, década...

Soy consciente de mi promesa, aquella que hice en el primer párrafo. Recordad, recordad, si mi palique manuscrito no os ha aburrido. Supongo que debería ser fiel a mis palabras y reproducir lo más exactamente posible la respuesta del hombre que miraba en todas las direcciones excepto en una. Llegados a este punto no puedo dejar de preguntarme: ¿para qué sirve ser honesto en un mundo donde la honestidad no es más que otra marca de cosméticos? ¿Entendería alguien las oraciones, los enunciados , las máximas y las proposiciones que salieron de su boca? Nadie comprende nada. Es tan fácil escurrir el bulto. Todos quieren sacar los conejos de las chisteras, pero mientras tratan de mantener derechos los sombreros, los logomorfos corren despavoridos temiendo por sus vidas.

En estos instantes trato de encontrar una expresión que acabe de una vez con todas las manifestaciones que se delimitan con palabras. Pero no existen palabras que reflejen lo que tengo en mi cabeza. Cuando me siento realmente jodido, sólo tengo que pensar en él, el hombre que miraba en todas direcciones excepto en una,  para saber que toda la mierda que vomito la he fabricado yo. Y que todo ese conjunto de heces va dirigido a la persona que más debería querer de todas las que pueblan el mundo, o quizá el Universo: yo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Hécuba

Saverio Polloni. Crocodile (2010)

No era fea, pero había algo en su cara que me desagradaba. Quizá fuera esa mandíbula dura y rectangular que otorgaba al conjunto de su cuerpo un cierto aire amenazante, o puede que su exagerada e inquisitiva forma de mirar a los ojos mientras intentaba por todos los medios deslizar una orden telepática hasta mi cerebro sin que yo lo advirtiera.

Recuerdo la primera vez que le puse un bozal. Se resistió, pero era la única forma de impedirle comunicarse conmigo.
-Ojalá fueras muda- pensaba cada vez que le apretaba el dogal.
Pero ella, lejos de defenderse, simplemente gemía. Ahora, mientras escribo esto, medito sobre aquellos quejidos. Estoy casi seguro de que no eran de terror, sino de placer. Estoy seguro de que disfrutaba con cada jugarreta que le preparaba. Al final me aburrí. Necesitaba sentir unas emociones que no me proporcionaba. Por eso decidí devolverla al zoo, aunque eso implicara una multa o incluso unos meses en el talego.

Recuerdo los titulares: "El cocodrilo raptado ha sido devuelto", "El secuestrador de reptiles se arrepiente", "Entrevista exclusiva al sociópata que raptó a la cocodrila".

ENTREVISTADOR: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la secuestró?
SECUESTRADOR: No fue un secuestro, teniendo en cuenta que jamás pedí rescate.
ENTREVISTADOR: ¿Entonces?
SECUESTRADOR: La respuesta es muy simple. Estoy loco. No puedo interactuar con humanos. Necesitaba acariciar, besar y amar a una bestia. Pero poco a poco mis instintos se desbocaron hasta un nivel que incluso para mí se hizo reprobable. Un día quise llegar más lejos y...
ENTREVISTADOR: No siga, por favor. Este es un periódico cristiano.
SECUESTRADOR: ¿De veras cree que existe un Dios?
ENTREVISTADOR: ¿Yo? No estoy seguro pero mi cuñado si cree en él.
SECUESTRADOR: Es la respuesta más idiota que he escuchado en mi vida.

El día del juicio me encontraba extrañamente tranquilo. El juez, con aspecto de larva vermiforme, me miró con cara de asco mientras con sus esqueléticas manos llamaba a un bedel. Minutos después comenzó la pantomima:

JUEZ: Está usted aquí por representar un peligro para la sociedad. Son los seres de su calaña los que hacen de mi profesión algo divino, omnipotente y sagrado. Pero no me interprete mal. Yo no soy Jesús, ni siquiera Dios Padre ni el Espíritu Santo. Si fuera alguno de ellos, usted y todos los psicópatas de este mundo no existirían. Todas y cada una de las mañanas de cada día me levanto de la cama pensando que la vida es una sucesión de maravillas sin fin, dispuestas para gozarlas, pero cuando llego a este grisáceo edificio y me pongo esta oscura toga, que en su día vistió a mi padre y mi abuelo, sólo tengo ganas de llorar. ¿Sabe cuántos años llevo juzgando a excrementos como usted? 37. Dentro de seis años me jubilaré. Y dedicaré mi tiempo a pescar, a disfrutar de los míos y a predicar la palabra del Señor. Cuando eso suceda, mis cansados ojos no tendrán que volver a posarse en basura como la que usted representa. Para terminar, sólo quiero subrayar que después de que dicte sentencia, justo en el momento en que su infecto olor abandone esta estancia, imaginaré como arde en el infierno. Y sus gritos de dolor se transformarán en gozo para mi corazón. ¿Tiene el acusado algo que decir?
SECUESTRADOR: Señoría. Sólo una cosa, si me lo permite. ¡Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo son una misma persona!
JUEZ: Le condeno a...

Esta celda es estrecha, pero me siento confortablemente en ella. Esta mañana me he comido una araña que se escondía tras su tela en un rincón de la pared. Su sabor me ha recordado al del gazpacho industrial que venden en Mercadona. Desde luego su sabor era infinitamente más suculento que los macarrones que nos sirvieron ayer.

Es extraño, mientras reflexiono sobre mi futuro, no puedo dejar de pensar en la cocodrila. Por algún motivo, siempre me recordó a la madre de mi padre. Yo quería a mi abuela, pero ella siempre puso cierta distancia entre nuestros cuerpos. La verdad es que yo siempre quise a toda mi familia. Y a cada uno de mis amigos. Todavía espero que me devuelvan el amor que derroché con ellos. ¡Sólo quiero un poco de amor! ¡Necesito que me quieran! Aunque sea de verdad.