miércoles, 24 de abril de 2013

Lista número 5 (A propósito de la muerte)

Henry Walliss. The death of Chatterton (1856)


Hace unos pocos meses, creo que fue en noviembre, en la última entrega de mis "listas" en este mismo blog, prometí que la próxima estaría dedicada a mis enfermedades favoritas (¿o eran preferidas?), pero como soy un tío realmente inseguro y no me caracterizo por hacer lo que digo, he decidido escribir una totalmente diferente. Entre los tres temas que me inquietaban, he acabado eligiendo uno que me complace, que además sigue los cánones establecidos por el título de la bitácora y que es un clásico dentro del imperfecto razonamiento humano: las cinco cosas que haría si me quedaran uno o dos años de vida.


1- Limpiaría el ordenador.

La verdad es que si voy a palmarla, poco importa si mi PC y mi laptop están hechos una porquería o no, pero si algún pariente, amigo, ex amante o, lo que es lo mismo, una rata de cloaca los va a heredar, no quiero que se lleve un chasco. Durante años he dado una falsa apariencia de hombre limpio y ordenado, aunque la realidad era todo lo contrario.

Me viene a la memoria una anécdota que le sucedió a un tipo raro, creo que se llamaba Gregorio, pero no estoy del todo seguro, pues hace bastantes años que alguien me la relató. Resulta que este elemento había quedado con una chica que era muy bonita, aunque bastante sucia y desastrada. Después del cubata de rigor se dirigieron a la casa de la fémina, pero ésta se encontraba en un estado de abandono tan horripilante, que a G le entraron unas ganas irrefrenables de limpiarla (a la casa, no a la chica). Y eso es lo que hizo. Y parece ser que hizo un trabajo estupendo. Cuatro horas después, cuando cada una de las habitaciones, el comedor, la cocina y el aseo estaban tan limpios como los ovarios de la Virgen María, nuestro Don Juan se bajó los pantalones y buscó en vano a su amada. Pero su amada había desaparecido. Uno o dos momentos más tarde la encontró retozando con otro tipo en el rellano de la escalera. Cuando ésta lo vio salir de su propia casa con aspecto satisfecho, no tuvo otra ocurrencia que preguntarle si había puesto también la lavadora con la ropa de color y a cuánto cobraba la hora.

2- Recorrería el camino de Santiago. 

Dudo de que exista en este mundo alguien tan ateo como yo, pero como prácticamente la totalidad de los amigos que conozco o he conocido lo han hecho, y además juran que les ha cambiado la vida, me veo en la tesitura de comprobarlo por mí mismo. Desconozco cómo andar con un bastón puede llegar a cambiar una vida, todo lo más que se me ocurre es que cambie el aspecto de las botas o incluso de los pies.

Como Pedro Limonero, que era naranjero. O puede que fuera al revés. El caso es que este fulano intentó hacer los 730 km del camino en 5 minutos, pero acabó en el juzgado de guardia denunciado por el espíritu del Apóstol y sentenciado a cadena perpetua por fanfarronería y abuso de velocidad.

3- Me disfrazaría de mujer. 

Puede parecer un tópico de macho castrado, pero me gustaría saber qué se siente siendo una mujer, aunque sea una sensación efímera y sólo dure unos pocos minutos.

Igual que Augusto, que era un tipo duro que se afeitaba con un tomahawk. Su testosterona brotaba de su perfecto y musculado cuerpo por cada uno de los poros de su piel y las mujeres suspiraban por sus caricias cuando lo tenían cerca. Pero A tenía un secreto: era un vegetal proveniente del espacio exterior y no le interesaban los terrícolas, de hecho estaba perdidamente enamorado de un dátil de aspecto acarcamalado y masculino, y su vida en el planeta estaba completamente supeditada a conseguir sus favores a cualquier precio. Lo intentó enviándole regalitos e incluso vistiéndose de golfa lasciva, pero la fruta de la palmera datilera no atendía a sus súplicas y al final fue engullida por un jubilado que acababa de cobrar la paga.

4- Volvería a robar en El corte inglés. 

Hace tantos años que no hurto nada que se me está empezando a poner cara de buena persona. Y no lo soy en absoluto. Me considero un ser repulsivo, repleto de vicios y con la moral más baja que los leotardos de Hamlet. Si estuviera en mis manos, pasaría por el cadalso a cada uno de los humanos que pueblan este mundo, y si me quedara algo de tiempo después, me pasaría yo mismo.

Hace un porrón de años, cuando todavía no había estrenado mi primera barba, hice una apuesta estúpida con un compañero de clase. El que más objetos robara en un sólo día se proclamaría cleptómano del año. Como estaba completamente seguro de que el título sería mío, no me lo tomé demasiado en serio y empecé la jornada saqueadora a las cuatro de la tarde, nada más levantarme de mi acostumbrada siesta. En un par de horas ya había afanado siete libros, cuatro kilos de peras y un mocho ergonómico, así que dediqué el resto de tiempo hasta las ocho, que era la hora de reunión con el otro chorizo, a cantarle mantras a un cebollino que crecía silvestre en una gigantesca maceta de adelfas que adornaba la puerta de una anciana que era conocida en el barrio por haberse quedado finalista en un concurso de polisones hechos a mano. A las ocho en punto llegó mi rival con un gran saco sobre los hombros y vistiendo una sonrisa avasalladora y puso el resultado de su día sobre el suelo. Decir que me quedé pasmado suena a poco. El aprendiz de caco había rateado un sinfín de objetos de lo más variado. Desde un despertador mecánico tradicional con alarma en progresión hasta un m’bolumbumba urucungo. Pero lo que me dejó más perplejo fue un gallipato vivito y coleando al que bautizó con mi nombre y que más tarde regaló a su profesor particular de religión y ética.

5- Retomaría mi pasión por el tetrahidrocarbocannabinol o THC. 

Ya hace un lustro que no fumo marihuana. Desde entonces sólo fumo LM o Marlboro y estoy convencido de que el cambio me ha sentado fatal. Antes, cuando iba ciego, ligaba más y tosía menos. Claro que ahora ahorro más pasta y no tengo que perder un tiempo precioso en convencer al camello para que me fíe. De todas formas, creo que emporrarse es una de las gilipolleces más perfectas que existen y la única que realmente sirve para algo.

Ricardo tenía fama en el barrio por ser un fumeta simpático. Siempre que coincidía con alguien le invitaba a un canuto. Su suerte y su simpatía acabaron el mismo día que invitó por equivocación a su madre, que espantada lo ingresó en un frenopático. Actualmente R no se droga; quizá es porque no está vivo. La palmó un mes después de su internamiento, al desprendérsele la pituitaria mientras intentaba fumarse un pedazo de madera por la nariz. Su madre, sin embargo si se droga, claro que con las pastillas que le receta su galeno particular, con el que tiene una relación adúltera y al que cada navidad regala un extensor de pene marca Jes Extender, modelo 8IGHT, fabricado en Guadalajara.

miércoles, 17 de abril de 2013

El bosque sagrado

Iván Shishkin. Woodland (1889)


Para pensar con completa lucidez, uno debe erradicar por completo el deseo de seguir viviendo. Sólo de esta manera llegaremos a desembarazarnos del resto de deseos, que de una forma u otra nos impiden llegar a un razonamiento asequible, directo, trascendental y emancipado de las distorsiones sugestionadas por la cobardía emocional y la deshonestidad individual.

Si las emociones son energía, la autocastración de dichos impulsos es estulticia elevada a cotas imposibles. Pero de eso nos alimentamos, y mientras tragamos con auténtico placer toneladas de necedad y desaciertos a partes iguales, nuestros principios físicos e intelectuales se reprimen. Y es ese movimiento inhibido, esa ilusión engañosa, la que nos hace desmedidos y la que redefine nuestro ambiguo estatus con los términos involutivo, entrópico, irreversible. De poco sirve en esos instantes usar estrategias; la ira y la inseguridad disfrazadas con un aura de oropeles de baratillo nos habrán vencido. Ya nunca volveremos a ser los mismos; en nuestro interior anidará el germen de la enfermedad.


Parte de mi pre-adolescencia la pasé en el pueblo de mi madre. A un par de kilómetros de mi casa había un bosquecillo de nogales en el que solía pasar bastante tiempo. Me encantaba descansar tumbado entre la tierra húmeda cubierta de hojarasca y maleza indeterminada. Algunas veces, cuando las respuestas a mis preguntas no se presentaban a tiempo en el cerebro, dibujaba garabatos en los troncos con una pequeña navaja o, simplemente, me ponía a contar y bautizar a las ardillas o a cualquier pequeño animal que se dejara ver. Todo cambió cuando cumplí los dieciséis años. Ese bosque sagrado que me trastocaba emocionalmente y me transmitía sosiego, paz y serenidad, dejó de representar algo en mi vida. Sucedió de repente, sin previo aviso. Dominado por ciertos impulsos irrefrenables como la apatía mezclada con el deseo de sociabilidad a cualquier precio, me convertí en un innombrable. Cerraba las puertas con una patada de kárate o apagaba las luces de un disparo. Me costó un montón de años volver al estado anterior, pero todavía, a día de hoy, sobre todo cuando me siento deprimido, fracasado o víctima, no puedo olvidar las lecciones aprendidas en aquella época de cambios perpetuos y espinillas devastadoras. ¿Asimilé la lección?

martes, 9 de abril de 2013

Respuestas

Briton Rivière. Daniel's Answer to the King (1890)


Algunos lectores de este blog me han preguntado sin rodeos si sufro trastorno bipolar, ya que según ellos, fluctuar de la tristeza pesimista al humor eufórico en un mismo día no les termina de cuadrar, a menos que padezca de esa enfermedad o sea una sepia. Cualquiera que tuviera 75 dedos de frente se reiría de las cosas que me han preguntado en esta vida, antes y desde que escribo esta bitácora, así que me siento obligado a responder de una vez por todas a las más recurrentes:

-No padezco TAB (trastorno afectivo bipolar), pero si faringitis crónica, aunque a veces, sobre todo en la ducha, puedo entonar perfectamente un aria de Puccini o incluso de Wagner con una voz perfectamente modulada que suele dejar pasmados a los vecinos que espantados aporrean el tabique.

-No soy homófobo, pero como a veces me silban los albañiles cuando me ven caminar, acabo descargando mi ira contra el gremio (albañilería y construcción) en los textos. Una vez, incluso un fontanero tartamudo me echó un piropo, supongo que con la intención de que le dejara algo de propina. Algunos de los mejores amigos que he tenido han sido homosexuales y jamás he sentido la necesidad de no darles la espalda.

-Escribo sobre los malos rollos, básicamente porque alguien tiene que hacerlo. Podría perfectamente garabatear un millar de folios alabando las maravillas de la creación y su perfecta armonía dentro del cosmos, pero como el ser humano, a día de hoy, no me produce ningún asombro y sí diarrea, y como básicamente, es mi tema predilecto (después de los gayumbos o croissants) no me queda otra opción alternativa.

-Me gustan las moscas. Las encuentro perfectas. Me encanta su pasión por la podredumbre, la descomposición y la mierda. Ellas fueron las musas que me hicieron darme cuenta de una vez por todas que una hez y un ser humano son la misma cosa, aunque generalmente, la primera sea un regalito del segundo.

-Me gusta escribir chistes escatológicos. ¿Qué pasa? Yo no he inventado la escatología. Esa palabra ya existía cuando vine al mundo. En todo caso la he violado, aterrorizado, y si me apuran, la he exaltado.

-Sí, odio a los idiotas, pero ojo, no a toda clase de idiotas; sólo a los que se han hecho idiotas a sí mismos, con trabajo, paciencia y dedicación. Por el contrario, adoro a los idiotas de nacimiento. Yo mismo soy uno de ellos.

-Prefiero escribir textos serios, por llamarlos de alguna manera, y aborrezco mis textos humorísticos. El problema es que para un cínico sin talento es mucho más sencillo expresarse en un tono gracioso e irónico.


Respondidas estas cuestiones, sólo me resta rogar a los dioses para que intenten hacer insoportable la vida de los autores de las preguntas. Y de paso, la de sus acreedores.

lunes, 8 de abril de 2013

Inmolación

Alyssa Watters. Spider


Imagínate una telaraña en forma de embudo situada en un plano vertical entre un indeterminado número de aristas. En esa tela vive una araña, llamémosla Zaroff, aunque también podríamos llamarla Lilith o Bathory. No es un arácnido cualquiera. Sabe que forma parte de la Creación, pero al mismo tiempo, reniega de su destino. Por esa razón tiene que matar. No para alimentarse y seguir su propio ciclo biológico, sino para sentirse fuerte y única. Colecciona presas que nunca devorará, simplemente por el placer de ver sus cuerpos inertes envueltos con sus propios despojos y sin vida.

Un día cualquiera, y cuando digo cualquiera me refiero a que no importa si el clima es espléndido o por el contrario es frío y desapacible, cierto insecto de aspecto bobalicón y ciertamente ingenuo, se queda adherido en el lado inferior de esa tela pegajosa biosintetizada a base de trastorno disociativo y egocentrismo a partes iguales. Aunque es inocente, no es estúpido, y mientras con todas sus fuerzas trata inútilmente de desembarazarse de la trampa que le oprime, sabe que está perdido.

Mientras espera su turno, toda una vida de imágenes distorsionadas y descubrimientos sin sentido cruzan su memoria. Algunas le producen gracia, otras desconsuelo, pero como sabe que va a morir, las descompone en pequeñas partes que forman un todo y que le sirven de terapia. ¡Es curioso! Es su final y pierde el tiempo en una banalidad tan inconsciente. Pero es un puto bicho y carece del poder que otorga la lógica.

De repente, mientras se balancea como si fuera una peonza, nota como seis pares de patas y ocho ojos se acercan a él con una rabia y malignidad inusitadas. Cuando empieza a notar la cercanía de los pedipalpos, dotados de una modificación singular y compuestos de uñas terminales y espinas, siente que debe luchar y defender su vida. Y la única manera que conoce, antes de que el estomodeo, mesodeo y proctodeo del demonio artrópodo hagan su trabajo succionando sus líquidos vitales y acabe secretándolos en forma de enzimas, es sacrificarse a sí mismo.

sábado, 6 de abril de 2013

A propósito de la singularidad

Jose Ignacio Prieto del Pico. Desesperación (2008) 


ANOMALÍA ENDÓGENA

Ella cambia. Muta como un anolis y, cuando eso sucede, los hemisferios de mi cerebro se descomponen. A veces muestra un color azul tornasolado que desinfecta y lubrica los ventrículos de mi corazón hipnotizado. Otras se exhibe roja como las llamas del infierno, y es en esos instantes, cuando sé que debo desaparecer. Los martes y jueves irradia luz refulgente y cegadora, que lejos de apaciguar mi mente la inquieta; pero el resto de la semana se presenta tan cambiante como el gato de Cheshire y tan ardiente como un lahar volcánico, y es en esos momentos cuando la amo y la temo, porque no se puede querer si antes no se siente inquietud o angustia.

La niebla oculta la cresta de las montañas. Cuando el sol las ilumina transforma las nubes blancas y algodonosas en sombras difuminadas, y estroboscópicas. Me encanta contemplar esa alteración ilusoria, psicológica e irreal mientras la miosis me protege de la luminosidad que provoca el conocimiento y las modificaciones que éste arrastra consigo. La realidad varía como la intensidad del campo eléctrico, por esa razón me siento obligado a aparecer y desaparecer a la inversa del cuadrado de la distancia. Soy un dipolo desorientado, una asimetría neutral, un isótopo inestable que ha agotado por completo su tiempo de neutralización.

Cuando ella me abraza me siento feliz, cuando me ignora me siento feliz. Si recoge mis sueños y los pulveriza, elaboro nuevos y los escondo tras el remolino que provoca una cascada redireccionada. Si acaricia mis deseos, los exhibo en una vitrina acristalada de textura suave y los contemplo un poco cada día. Con eso me es suficiente. El tiempo me agarra con una fuerza inusitada. De nada sirve escuchar las sílabas del silencio y elaborar un plan final que acabe con todos los propósitos e intenciones. ¿Me estoy perdiendo?


ANOMALÍA EXÓGENA

Nadie prepara su propia supervivencia. Están demasiado ocupados planificando la de los que les rodean. Entretanto diseñan capítulos de una novela inexistente y se preocupan más de la calidad del papel que de las palabras que deben formar parte del resultado. Mientras eso sucede, cada reflexión deja una huella que es efímera y está sujeta a cambios permanentes. Pero cada cambio implica desesperación y, a veces, felicidad en forma de crisis. A menudo nos preguntamos qué clase de mal habremos sembrado en otras vidas para que la actual sea tan desesperante y espantosa.

Existen multitud de fechas que se nos han quedado grabadas en ese imperfecto y descontrolado chip que es nuestro cerebro. Una parte de ellas significan algo; el resto es pura patraña. Sin embargo a la hora de elegir, sucumbimos a las últimas como efímera justificación del vacío que nos aprieta como una garra asesina. Sufrimos para pagar una deuda; el problema es que desconocemos cuál es y en qué momento la adquirimos.

Y mientras tratamos por todos los medios de buscar algo que no existe, la frustración crece de manera exponencial y la inocencia se pierde entre pasadizos de odio, ira y letanías de envidia. Ya nada tiene sentido. Sólo escapar lo más rápido posible y volver al principio del final para siempre.