jueves, 7 de febrero de 2013

Último artículo de investigación del Dr Gregory Pez publicado en la revista científica "Psychologic psychologies"

Philip Moss, Buntys' Knickers (1994)


Si a cada número le asignamos una letra, el resultado es un código. Supongamos que la "A" es el 1 y la "Z" el 27, algo extremadamente sencillo de entender a menos que uno sea un retrasado mental o un político. Ahora, tomemos un texto sencillo, por ejemplo, el siguiente:

Cuando fumo me siento más sexual.

El resultado de traducir estas palabras al código anterior sería algo así:

3 22 1 14 4 16  6 23 13 16  13 5  20 9 5 14 20 16  13 1 19  20 5 25 22 1 12

Ahora vayamos más lejos. A cada número par de un dígito le asignaremos la palabra "braga" o su equivalente en plural. Lo mismo haremos con los impares, aunque cambiando la braga por "calzoncillo". Si lo hacemos correctamente, la frase quedaría de esta manera:

3 calzoncillos 22 bragas 1 calzoncillo 14 bragas 4 bragas 16 bragas
6 bragas 23 calzoncillos 13 calzoncillos 16 bragas
13 calzoncillos 5 calzoncillos
20 bragas 9 calzoncillos 5 calzoncillos 14 bragas 20 bragas 16 bragas
13 calzoncillos 1 calzoncillo 19 calzoncillos
20 bragas 5 calzoncillos 25 calzoncillos 22 bragas 1 calzoncillo 12 bragas

Si analizamos concienzudamente el resultado, podemos llegar a una conclusión arrolladora:

Hay más bragas que calzoncillos. Para ser exactos 52 más, por lo que se deduce que el número de usuarias de prendas íntimas es superior, o que varios usuarios se han puesto por error dos calzoncillos cada uno.

Pero compliquémoslo todavía más. A cada número de calzoncillos con un dígito le añadiremos otra palabra: "limpio-a" o"limpios-as" y a los de 2 dígitos "sucio-a" o "sucios-as". Lo mismo haremos con la palabra "bragas" y su número correspondiente:

3 calzoncillos limpios 22 bragas sucias 1 calzoncillo limpio 14 bragas sucias 4 bragas limpias 16 bragas sucias
6 bragas limpias 23 calzoncillos sucios 13 calzoncillos sucios 16 bragas sucias
13 calzoncillos sucios  5 calzoncillos limpios
20 bragas sucias 9 calzoncillos limpios 5 calzoncillos limpios 14 bragas sucias 20 bragas 16 bragas sucias
13 calzoncillos sucios 1 calzoncillo limpio 19 calzoncillos sucios
20 bragas sucias 5 calzoncillos limpios 25 calzoncillos sucios 22 bragas sucias 1 calzoncillo limpio 12 bragas sucias

El resultado es avasallador: la mayor parte de usuarios de ambos sexos son unos guarros. Sólo 36 sujetos han pasado la prueba de limpieza presentando sus prendas inmaculadamente higiénicas. Por lo que se deduce que:

a) Las lavadoras resultan caras. Los fabricantes de las mismas deberían replantearse una bajada sustancial de los precios de venta al público.
b) No vale la pena perder el tiempo lavando la ropa interior. Es preferible usarla hasta que se caiga a pedazos y ahorrar dinero.

Llegados a este punto me gustaría dejar claro que este estudio completo sobre la higiene, y que empezó como un mero ejercicio de codificación, sólo representa a individuos menores de 95 años, por lo que no se puede generalizar la conclusión de que toda la población europea es una marrana. En próximas entregas, analizaré exhaustivamente otras posibilidades. Pero hasta entonces, creo que deberíamos meditar los resultados y llegar a una conclusión que nos satisfaga a todos.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Proctología

Vasily Polenov, Left hand with the index finger (1885)


El 23 de febrero de 1989, Federico García Montes fue condenado por abusos deshonestos e intento de violación a un microondas con grill y condenado a 19 años de prisión, de los que sólo cumplió 20. Como su comportamiento fue ejemplar, a partir del tercer año de confinamiento se le permitió dormir con pijama y pronto fue ascendido de prisionero a director de celda. Durante todo este tiempo, su abogado, fallecido en 1978, intentó recurrir la sentencia con resultados negativos. Parece ser que a los jueces no les hace mucha gracia que un muerto se inmiscuya en sus sentencias. Por mucho que este adujera que su cliente sólo había introducido el pene en el electrodoméstico con el propósito de comprobar si el vaso de leche desnatada estaba caliente o simplemente tibio, el resultado siempre era el mismo: culpable. Y que el microondas tuviera una pequeña minusvalía electrónica no puso las cosas demasiado fáciles para que la condena fuera revocada.

Federico salió libre de la prisión el 19 de marzo del 2009. Algunos meses después coincidí con él en una tienda de electrodomésticos mientras trataba de adquirir otro microondas. Después de saludarnos efusivamente nos dirigimos a un bar donde, entre trago y trago de cerveza, me contó lo mal que lo había pasado en la cárcel. En un momento dado, mientras yo me rascaba una pierna, su teléfono sonó.
-¿Diga? Ah eres tú. Bueno a las seis me viene bien. Ajá. Vale, pues hasta la tarde-.
Cuando colgó el móvil me miró fijamente y me dijo:
-Era la proctóloga. Viene a verme a las 6.
-Caray qué lujo. Los médicos te visitan a domicilio ¿Estás malo?- pregunté.
-Que va tío. La proctóloga es una puta. La llamo así porque me gusta que me meta el dedo en el culo mientras leo una revista- me respondió sin demasiada emoción.
-Ah, entiendo. Es como una especie de sanadora rectal a sueldo ¿no?
-Bueno sí- respondió al mismo tiempo que se fijaba en el trasero de una chica que en esos instantes jugaba con la tragaperras. -¡Vaya culo! El proctólogo se pondría las botas.

Pasaron por lo menos siete u ocho meses hasta que volví a coincidir con él. Esta vez fue en una farmacia. Mientras esperábamos a que nos atendieran me cogió por las solapas de la cazadora y me llevó a un lado.
-Mi madre era uróloga y mi padre, su paciente. Ambos se enamoraron en la consulta y se casaron al año siguiente. Antes de morir, mi vieja me confesó que desde el día en que le practicó el primer examen rectal, jamás volvió a lavarse el dedo.
-Vaya, pues me alegro, chico- le contesté pasmado.
-Cuando murió, mi padre quiso que le amputaran ese dedo para quedárselo como reliquia pero las autoridades no se lo permitieron.
-Debió ser un gran golpe para tu viejo- inquirí.
-Sí, pero se sobrepuso pronto y se casó con Susana, la proctóloga.


martes, 5 de febrero de 2013

Ablepsia

Agostino Arrivabene, Self-portrait with bacterial cloud  (2010)


Al principio creí que mis gafas estaban sucias o empañadas, pero al quitármelas pude comprobar que mis ojos no enfocaban con claridad ninguno de los objetos que miraba. ¿Me estaba quedando ciego? ¿Acaso mis globos oculares estaban cansados de observar siempre las mismas cosas? Aterrorizado, corrí al lavabo y me los lavé con cuidado, pero dejando que el agua se acumulara en la córnea. Me los sequé con una toalla y dirigí la mirada al espejo. ¿Esa mancha borrosa reflejada era yo? Mi silueta parecía un cuadro nebuloso, de esos que se exponen en las salas dedicadas al arte moderno de las grandes pinacotecas y que no sirven ni siquiera para perder el tiempo buscando un posible significado. Como el asunto parecía serio, opté por sentarme en el suelo y meditar una solución. Arrancármelos hubiera sido demasiado fácil, así que decidí cerrarlos y obviar el problema. Pero incluso con los ojos cerrados seguía viendo borroso el mundo que se escondía alrededor de mí. Era como si los parpados, cansados de servir para algo, se hubieran transformado en cristales espléndidamente limpios. No me quedaba otro remedio que envolverme la cabeza con una funda de almohada, pero aun así continuaba viendo todo lo que me rodeaba velado, turbio, confuso. Corrí por el pasillo dándome golpes con las paredes y llegué al comedor, donde sabía que una gran ventana abierta me esperaba. Decidí saltar al vacío.

El fregadero de la mesa de autopsias estaba frío. Sentí cómo un cuchillo increíblemente afilado hacía una incisión con forma de "u" invertida en la piel y el tejido subcutáneo. Notaba cómo unas manos inquietas enfundadas en guantes de látex extraían la parrilla costal y hurgaban sin demasiada consideración en la cavidad torácica y en el abdomen. Cada retractor, cada separador, cizalla, tijera de disección, enterótomo o grapa grababa su huella en mi consciencia entumecida. Estaba claro que yacía muerto, pero seguía contemplando la opacidad y mordiendo un dolor que no cesó cuando diseccionaron por completo mi cuerpo e introdujeron mis extremidades en dos recipientes traslúcidos repletos de formaldehído.

Mi cabeza y tronco descansan en una fosa común al lado de otros cadáveres sin nombre pero con una historia completamente diferente a la mía. Puedo oler el aroma nauseabundo de la putrefacción diluida entre la tierra húmeda, casi mojada; puedo ver huesos blancos y horadados por las agujas del lastre que proporciona el tiempo; o lo que creo que son huesos, pues sigo viendo borroso, con imprecisión. Y me imagino que los seguiré contemplando hasta que los gusanos justifiquen su destino y se coman mis ojos.