jueves, 29 de septiembre de 2011

Otra lista (¡Oh no!)

Pablo Picasso, "Guitarra, partitura y vaso" (1912)

La mayor parte de mis amigos o incluso conocidos saben cuáles son mis obsesiones: la muerte, el aislamiento, la estulticia humana, los calzoncillos tipo bóxer y, sobre todo, las listas. Diseñar y redactar una lista me produce el mismo placer que besar a una serpiente de cascabel: aunque en el fondo nunca animaría a nadie a que le diera un morreo a un ofidio solenoglifo, sí que ayudaría a quien quisiese escribir su primer inventario. Como hoy he dormido cubierto por una sabana por primera vez desde mayo, he decidido crear una sobre los mejores álbumes musicales de la Historia, por supuesto, para mí y para el duendecillo extraterrestre que cohabita mi cuerpo y que me roba las nueces cuando me preparo una ensalada Waldorf.

No hace falta que repita que redactar una lista es sinónimo de pre-andropausia (en el caso de los hombres) y que posiblemente es el trabajo más inútil que existe si exceptuamos el de desenterrador. Por alguna extraña razón, seguramente basada en hechos que me sucedieron en la adolescencia temprana, tengo una tendencia desquiciada a concebirlas y trasladarlas al papel; es como una especie de trastorno obsesivo compulsivo que no me produce daño o dolor y que algunas veces incluso me alivia y reconforta.

Esta es mi lista de los 17 mejores álbumes (en algunos casos, obras) del siglo XX:


01 - Concerto for piano and strings & Requiem (Alfred Schnittke, RUSIA)
02 - Petrushka (Ígor Stravinski, RUSIA)
03 - Opus clavecembalisticum (Kaikhosru Shapurji Sorabji, UK)
04 - In C (Terry Riley, US)
05 - Moondog (CBS) (Moondog, US)
06 - Imaginary Landscape N.1, (John Cage US)
07 - Ionisation (Edgard Varese, US)
08 - Universe in blue (Sun Ra, US)
09 - Over (Peter Hammill, UK)
10 - Uncle meat, (Frank Zappa, US)
11 - Trout mask replica (Captain Beefheart, US)
12 - Bitches Brew  (Miles Davis, US)
13 - The drift (Scott Walker, US)
14 - Forever changes (Love, US)
15 - Good morning (Daevid Allen, AUSTRALIA)
16 - I´m gonna take your home (Yahowa 13, US)
17 - The Beatles (White album) (Beatles, UK)



Es casi seguro que si la redactara pasado mañana tras someterme a un TAC, algunas referencias cambiarían, pero no más de cinco o seis, por lo que tiendo a pensar que es una lista fiable sobre mis eclécticos gustos musicales. Si algún lector después de repasarla siente repentinas ganas de ir a hacer de vientre significa que o bien no está de acuerdo, o que las dos ciruelas que se comió para desayunar hacen su efecto. Para el primer caso, mi consejo es que me llame imbécil y ególatra, para el segundo, que se compre una caja de Zelmac y se tome dos comprimidos.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Bérénice (La canción del eremita. Parte II)

Caspar David Friedrich, "Arco Iris sobre un paisaje de montaña" (1809-1810)

Tú me conoces, sabes que no soy un cobarde; es posible que a veces lleve demasiado lejos ese juego en el que nunca hay vencedores llamado Misantropía; es posible que mi corazón huraño y mi cerebro retraído y melancólico, desgastados por soportar miles de conversaciones estériles, hayan sucumbido ante el poder de la falsa irresolución como última forma de subsistencia, pero no soy un cobarde. No soy un cobarde. No soy un cobarde.

De todas las migajas del cielo roto, destruido por los rayos, truenos y relámpagos que yo mismo he forjado, de la mitad de los lamentos ambulantes repletos de blancos y punzantes remordimientos, de cada una de las sonrisas necias y ruines que he dibujado en la arena ficticia de mis ensueños verdaderos, en todos esos momentos, he aspirado esa mezcla de fluidos sin moléculas que podrían matar a los angustiados, a los atormentados, a los avasallados. Pero, en mi caso, sólo han servido para crear un monstruo irreal que arremete contra los engendros y endriagos que maldicen ocultos en mis adentros.

No soy un cobarde. Es posible que lo fuera en otra existencia, es posible que lo sea en mi próxima reencarnación. No soy un cobarde. No soy un cobarde, pero de entre toda la mierda y la suciedad que comprimen mis pensamientos, hay uno anclado en alguna parte de la irrealidad absoluta que, con ojos sangrantes clama ante el temor a que un dios creado por los hombres diseccione mi ilusión menguante. Nadie puede tapar el grito de mi imprudencia; nadie puede llamarme perturbado mientras sonríe; nadie puede señalarme con un dedo vesánico cubierto de bilis que maceraba en el caldero de una bruja. Puedes escupir en mi rostro, puedes arañar mis opiniones, pero no puedes llamarme cobarde. No soy un cobarde. No soy un cobarde.

En algún lugar de ningún sitio existe una pequeña sonrisa; la guardo allí porque es mi tesoro más preciado. Algún día la desenvolveré con cuidado y la llevaré conmigo a todas partes. Pero hasta que suceda, ese milagro pertenece a un personaje de ficción llamado Bérénice Einberg. Ella tenía razón. Ella tenía razón. No soy un cobarde. No soy un cobarde.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Aislamiento (La canción del eremita. Parte I)

Caspar David Friedrich, "Monje a la orilla del mar" (1809)

 "Al pasar los cuarenta años, todo hombre que posea alguna capacidad intelectual, es decir, todo hombre que tenga un poco más de inteligencia que la concedida por la naturaleza a las cinco sextas partes de la humanidad, difícilmente dejará de presentar algunas señales de misantropía."
(Arthur Schopenhauer)



No es fácil oponerse a una idea cuando ésta ronda por la cabeza como una especie de invocación incesante; la complicación surge cuando después de haber sopesado las posibilidades se tiende a escoger la peor, simplemente porque es la más lógica o porque es la que se hubiera elegido en otras circunstancias más favorables. Optamos por la sensatez en lugar de la necesidad y, mientras comprendemos que todo forma parte de ese juego de los errores que pueden costar un alto precio, asumimos el riesgo porque nos parece lejano en el tiempo.

Mientras la comunicación intrapersonal se resuelve con un mismo emisor-receptor que se vende a la idea menos reconfortante de su propia paranoia, el intercambio interpersonal sufre las consecuencias de esa libertad suprema que transforma el aislamiento cenobítico en necesidad forzosa y que en cierto modo no es más que el sacrificio supremo de las mentes lúcidas.

En la vida de cada individuo, inteligente, enajenado o cenutrio, existe un momento en el que urge tomar una decisión que pueda aliviar esa pesada carga que, disfrazada de futuro, acecha en los recovecos e intersticios del espacio-tiempo. Algunos eligen lo único que conocen, la interactuación con semejantes; otros, bastante más creativos y de mente más extasiada, lo contrario, es decir, la soledad absoluta como forma de subsistencia. Tanto una como otra al final acaban en el mismo peldaño: la desesperación y la agonía; pero mientras la primera no es más que una inútil manera de prostituir la dignidad por medio de falacias y engaños inyectados directamente en las venas cerebrales, la segunda sustituye, y en algunos casos, incluso transforma, esas mentiras delirantes en confortables aunque arriesgadas apariencias.

Si tuviera que volver a nacer o reencarnarme en otra vida, preferiría hacerlo en forma de animal: ratón, liebre o cangrejo, me es indiferente; si pudiera elegir cómo pasar lo que me queda de esta, sin duda, mi elección estaría supeditada al aislamiento como forma de abstraerse de la desolación, pero eso, eso es otra historia.......

viernes, 23 de septiembre de 2011

Cthulhu

Francis Bacon, "Second version of triptych" (1944)

Hace bastantes años que no releo a H.P. Lovecraft, pero no ha pasado ni un sólo día desde que descubrí al genio de Providence, que no tenga en mente, sobre todo cuando me reflejo en un espejo, a Nyarlathotep, Azathoth, Yog-Sothoth o el Gran Cthulhu. Aunque personalmente prefiero sus cuentos cortos, como el maravilloso "La música de Erich Zann", no puedo dejar de reconocer que algunas de las narraciones de "Los Mitos de Cthulhu" han significado para mí mucho más que el misterio de la Santísima Trinidad, el libro rojo de Marx o la invención del metacrilato juntos. Sumergirse en la mitología de Primigenios, Dioses Arquetípicos y las Razas Menores es lo más cerca que he estado de un orgasmo cerebral en toda mi vida y, aún hoy, cuando recuerdo  a la maldita deidad llamada Shub Niggurath o la "cabra maldita con un millar de retoños" que es la madre de todos los seres vivos, no puedo dejar de sentir un estremecimiento recorriéndome la columna vertebral y disparando mis sentidos en todas direcciones, sin un destino definido prefijado.

No es cuestión de sentirse atraído por lo insólito, aberrante o retorcido; no se trata de proteger la extravagancia original por encima de lo extraordinariamente vulgar. Es más defendible una sola línea de "Hongos de yuggoth" que todo el arsenal bibliográfico de cretinos que rubricaron en oro su nombre y apellidos, por el mero hecho de justificar su aparente "elefantiasis literaria" con decenas de infumables colecciones de palabras que nunca significaron ni significan absolutamente nada. Prefiero los murmullos de los insectos nocturnos de H.P. que toda la prosa predecible y vacía de tipos como Stephen King o Robert Bloch.

Relatos del calibre y complejidad de "El caso de Charles Dexter Ward" o "En las montañas de la locura", hacen que nos preguntemos si realmente este tipo era humano. Particularmente pienso que no; estoy totalmente convencido de que pertenecía a una raza exterior, esa que engendra inteligencia, sabiduría e inspiración y las combina con pequeñas pero acertadas dosis de alucinación, delirio y desasosiego para crear algo perdurable en el espacio y en el tiempo.

Tomemos por ejemplo un extracto de su magnífico ensayo "El horror en la literatura":

"Son relativamente pocos los que logran sustraerse al hechizo de la rutina diaria para responder a las llamadas del exterior. [...] Pero los que tienen sensibilidad están siempre de nuestra parte, y a veces un extraño haz de fantasía inunda algún rincón oscuro de la cabeza más rigurosa; por tanto, ninguna racionalización, reforma o psicoanálisis freudiano puede anular por completo el estremecimiento que produce un susurro en el rincón de la chimenea o en el bosque solitario."

Siempre he pensado que el verdadero horror radica en lo que no conocemos, provenga del exterior o del interior del subconsciente, sea un monstruo corpóreo o una entidad intangible. Nuestra capacidad de raciocinio se revelará ante lo que desconoce; nuestro discernimiento sucumbirá bajo las sombras de lo que no existe porque no lo vemos, aunque pertenezca a una realidad paralela. Es más fácil que temblemos por el efecto de una sombra que nos acosa que por el falso impacto de un cuerpo ensangrentado en la mesa de disecciones.

H.P. tuvo una salud precaria toda su vida, es posible que esa sea la causa de su asombrosa producción literaria; personalmente me es indiferente la razón pero no el efecto. Intentaré explicarlo un poco mejor: la enfermedad crea demonios interiores contra los que es difícil luchar y sobreponerse, pero no ayuda al proceso creativo; la creación artística es una inusitada mezcla de inteligencia, ingenio y fuerza desatada que, lejos de facilitar la existencia, tiende a complicarla y a confundirla. No creo que sea inaudito comparar este complicado procedimiento imaginativo con el síndrome de abstinencia de un adicto al opio, en la medida en que para ambos, existe una "necesidad" ineludible que produce, en igual medida, placer y sufrimiento; es posible que el dolor físico no exista, pero el suplicio emocional que implica crear algo partiendo de la ausencia, es infinitamente más incurable y compromete la energía y la fortaleza del creador, que no puede eludir su particular naturaleza y busca desesperadamente construir una nueva, inédita y original armonía o perfecto equilibrio.

Supongo que Lovecraft como tantos otros tuvo ese endemoniado tiempo fijado en el calendario donde todo creador debe decidir si traspasa la línea; el resultado de esa elección angustiosa definirá el posterior desarrollo de sus actos y, por otra parte, incidirá en el resultado de su producción.

Creo sinceramente que este panegírico escurridizo y muy superficial acerca de uno de los grandes escritores de la Historia no debería continuar. Ampliarlo no sería más que una equivocación inútil y, aunque cuando me equivoco, cosa que sucede varias veces al día, siento una especie de placer erótico y sensual, no puedo dejar de pensar que mi perspicacia no es suficiente ni siquiera para cantar las alabanzas en forma de salmos apócrifos de alguien que en otra época me cautivó por completo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Moscas

Henri Rousseau, "Autorretrato" (hacia 1909)

En Camerún hay una selva, en esa selva hay un poblado y en ese poblado hay moscas. Las moscas de la aldea de Kumba son diferentes a las de la aldea Bumbisa: mientras las primeras son de un tamaño más o menos normal, las segundas son casi semejantes a un rinoceronte y su zumbido mosquil es tan enérgico y con un sonido tan poderoso, que todos los pantalones de los hombres blancos residentes en un radio de 3 km se resquebrajan por las costuras.

Aparte del tamaño, existen nueve diferencias fundamentales entre ambas especies de dípteros, como ya dejó claro el doctor Abronsius L. Kelly en su celebrado trabajo titulado "Las moscas nunca mienten", publicado en 1927 por la prestigiosa revista científica "Nature innature". A saber:


1 -Las moscas de Kumba tienen una longevidad de 60 días mientras las de la aldea vecina superan en diez minutos esa cifra.

2- Mientras en Kumba, el único alimento disponible para los especímenes adultos son excrementos y otros tipos de materias orgánicas en descomposición, en Bumbisa tienen acceso al único huerto de la comarca repleto de cucurbitáceas (melones, sandias) y anacardiáceas (mangos, dracontomelones), destinados a abastecer algunas capitales de los países más ricos del planeta en un intercambio promovido por la ONU llamado "frutas por insecticidas".

3- Los tejados de vegetales de las chozas de Kumba están repletos de moscas cansadas o meditativas, mientras que en Bumbisa no existen tejados, pues no fueron diseñados para sostener el tremendo peso de una mosca de semejantes dimensiones, por lo que éstas han dejado de posarse y, lo que es peor, de meditar; y se dedican a tragar pulpa sin importarles el futuro.

4- Pese a que los dípteros de Bumbisa están enérgicamente protegidos (cazar una mosca significa 15 años de cárcel o 14 de prisión), algunos nativos las matan furtivamente para fabricar unos bonitos techos con las alas, que resistan el peso de sus hermanas (mientras descansan o meditan).

5- Las moscas de Kumba suelen estar más bronceadas que las de Bumbisa, seguramente por la cercanía de este poblado al mar.

6- En lenguaje mosquil, hay varias palabras que difieren de una especie a otra. Por ejemplo: "néctar" en zumbido Kumba significa "néctar" , pero en zumbido bumbisano quiere decir "pantagruélico", por lo que la interacción entre ambas especies es bastante conflictiva.

7- Las dos especies son fototrópicas, pero las de Kumba además son antihidrópicas, necroscópicas y dactiloscópicas.

8- En Kumba, los cocodrilos cazan antílopes y de vez en cuando algún indígena despistado, sin embargo en Bumbisa, éstos son cazados y devorados por los dípteros, que sienten verdadero placer por el hígado y la bilis, pero rehúsan alimentarse de los intestinos y las zonas cercanas a la cloaca.

9- Las nativas de Kumba se acuestan con los indígenas de Bumbisa; aunque a las moscas parecen no importarles demasiado las crisis endogámicas de los nativos, si supervisan personalmente el lugar donde se entierran los fetos y los despojos de los innumerables abortos.


Resumiendo, conocemos algunas de sus diferencias biológicas y ecológicas esenciales; sabemos que su ciclo de vida es holometábolo  (aunque no tenemos ni idea de qué significa esa palabra); creemos que la especie de Kumba es ovípara y la de Bumbisa ovovivípara. Aunque según los últimos estudios de campo efectuados por Sir Richard Wallas descartan esas hipótesis y defienden la teoría de la "reproducción inexistente", es decir, que las moscas que viven hoy en día en ambos poblados son las mismas desde hace doscientos millones de años y no copulan porque prefieren dedicarse a la meditación trascendental.

Aunque esta última teoría es puesta en duda por muchos entomólogos y no son pocos los que visitaron a Wallas en el frenopático de Kent, Londres, e incluso se hicieron fotos en posturas graciosas con él, la conclusión científica más extendida hoy por hoy, es la de aparcar las investigaciones en Camerún y dedicarse al análisis bursátil, que a fin de cuentas es lo que deja dinero.


Soy Grigori Petrov Efímovich y esta ha sido una publicación especial para el dominical de San Petersburgo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Plica

Andrew Wyeth, "Christina's world" (1948)

Las gotas acrimónicas se deslizan en una sola dirección, la misma que utilizan nuestras siniestras reflexiones. Mientras resbalan y se escurren, marcan surcos sobre el tejido de la memoria que riela resplandeciente y lo vilipendian, lo exterminan; cuartean las emociones coligadas y dividen los hechos empíricos; obligan a las inquietudes intestatadas y suprimen las adveraciones circunstanciales.

Todo se convierte en legítimo cuando nada es suficiente. El pasado, presente y futuro adquieren dimensiones legendarias pero absolutamente desproporcionadas, entonces es cuando sabemos que el espacio euclídeo necesita de ciertos ajustes que sólo se satisfacen con autentico equilibrio.

Dilatamos el tiempo absoluto, pero mientras lo retardamos violentamos su recíprocidad y convertimos el movimiento relativo en diverso; limitamos los subconjuntos tetradimensionales topológicamente abiertos del espacio-tiempo con la única finalidad de dominar los sucesos.

¿Acaso deberíamos desplazar a la divinidad que según las escrituras rige nuestros destinos y suplantar el fraude con asientos de oropel y coronas fulgurantes? ¿Notaría alguna diferencia el pecador arrepentido que sumisamente fustiga su fe con penitencias y mortificaciones corporales mientras acaricia su imagen incorpórea reflejada en el espejo?

La omnipotencia excluye las limitaciones, pero éstas en lugar de volverse del color de nuestras dificultades, se trasmutan en luz célica que mueve y desplaza las causas subsiguientes y, en definitiva, promueve a los acólitos de las creencias a alturas absurdas, injustas y, desde luego, hipotéticas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La candidez es el veneno

Jean-Antoine Watteau, "Gilles, el Pierrot" (1721)

De todas las formas con las que la necedad puede emponzoñar a un ser humano, con seguridad la ingenuidad es la más aberrante, la de peor rehabilitación y posiblemente la más humillante, sobre todo en los tiempos que vivimos. El candor y la supervivencia son antagonistas irreconciliables, enemigos hostiles y discrepantes que no pueden cohabitar en un mismo deseo; los aquejados por esta abominable conjunción de estulticia en grado superlativo e instinto de conservación primario, tosco, elemental son fácilmente distinguibles por una especie de posesión sonambular autoinducida que, al mismo tiempo que los narcotiza con grandes e inútiles dosis de positivismo desordenado, les exime de los beneficios de una reflexión cabal, honesta, neutral. Al igual que los adictos a los opiáceos, los enfermos de candor no suelen tener cura, y en los (pocos) casos en los que la recuperación es factible, las recaídas son habituales, complicando la existencia a los incautos que les rodean y convirtiendo la sagrada y necesaria anhedonia en prosperidad dichosa y gozo insoportable.

Si la inteligencia fuera una de las alternativas con las que un humano menos avanzado pudiera contar en caso de desconfianza, incertidumbre o vacilación, es posible que el futuro estuviera garantizado. Afortunadamente la razón esta corroída por un virus sin moral que se alimenta de vileza e iniquidad y que no distingue entre semidioses, cenutrios, inocentes o cobardes; una toxina altamente abrasiva, cuyos canales de transmisión son la ética o la honestidad y su tarjeta de visita la sonrisa luminosa y resplandeciente.

No existe ningún gueto donde poder internar a estos enfermos. No se fabrican alambradas punzantes con la suficiente capacidad lacerante que impida que uno sólo de estos apestados contagie al resto de deprimidos pesimistas que, tranquilamente y en un estado de paz interior inexplicable, pululan sin hacer daño a nadie y sintiéndose fuertes con el único don que fortalece: la angustia o la desesperación.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Prólogo a la novena edición de "El valor de un currusco de pan en el medioevo"

Velázquez, "Aguador de Sevilla" (1620)

Existió una profesión sobre la que nadie quiere saber nada actualmente; una profesión que fue desterrada de nuestra península hace más de 4 siglos y que aún hoy es sinónimo de execración y anatema. Esa ocupación absolutamente innombrable era la de "destapador". Como su nombre indica, un destapador era un hombre -pues estaba completamente prohibido dejar destapar a las mujeres-, generalmente perteneciente a la plebe, que destapaba todo lo que estaba tapado por un módico precio negociable y que, lejos de sentir vergüenza por la candidez de su trabajo, era alabado y protegido por el alto clero y la nobleza. Según el erudito y consignador de bienes Don Honorio Roa (1456-1510) sabemos que los individuos de las clases sociales altas ni siquiera sabían tapar una copa de plata con la palma de la mano para impedir que una mosca cojonera recién escapada de los establos se introdujera por error en el amontillado, por lo tanto no es de extrañar que una ocupación así gozara de la gracia divina de cardenales obesos u obispos obsesos y la merced mundanal, a veces escondidamente laica, de caballeros y terratenientes.

Si hemos de dar crédito a los trabajos de Prudencio Roa (hermano de Honorio hasta su fallecimiento debido a una ingesta de calabacines podridos), los campesinos odiaban a los terratenientes aunque a veces les remendaban las mallas y los leotardos; los terratenientes odiaban al clero, el clero abominaba de los artesanos, los artesanos no soportaban a los campesinos y estos últimos se maldecían entre ellos, por lo que no es difícil dilucidar que el rencor, la aversión y el aborrecimiento fueron los causantes de que la carrera de destapador (o destaponador, como algunas veces los llamaban sobre todo los sacerdotes jesuitas) llegara a posicionarse en lo más alto durante 3 siglos y medio hasta su completo hundimiento en la primavera del año 1646.

El gremio de destapadores incluía varios grupos de trabajadores y entre ellos, los más conocidos eran los "desjofainadores" o destaponadores de jofainas. Esta agrupación, muy numerosa y totalmente independiente, siempre se caracterizó por el fino trabajo que realizaban y por las letras de las canciones que entonaban mientras lo desempeñaban. Gracias al trabajo de recuperación de Gonzalo Roa (primogénito de Prudencio y tío abuelo de Rodrigo Roa, más tarde muy conocido por ser el primer noble que intentó defecar por la oreja) tenemos acceso a varios versos de una de sus tonadillas:

Si destapas la jofaina,
Intenta que sea de una manera regia,
Pues si no una azotaina
Será la única y horrenda estrategia.


Las razones de su caída en desgracia todavía no están nada claras; según Diego Roa (sobrino de Honorio y de Prudencio) fue debida principalmente a un accidente fortuito acaecido en el castillo del duque Estlicon de Rávena, cuando al intentar destapar una antigua bacia (jofaina usada para lavar las barbas) y que había perdido el asa en la batalla de Navarrete, ésta se rompió y derramó el liquido elemento sobre la pollera (falda antigua) de la duquesa que en esos momentos yacía debajo. La razón del porqué la duquesa se encontraba en esa postura tan infame es motivo de controversia y ni siquiera a día de hoy existe una hipótesis razonable.

Nada más puedo añadir a mi humilde y  corto preámbulo, querido lector; todo lo más que puedo hacer es pedir disculpas por mi prosa atolondrada y ofrecer las próximas 832 páginas para deleite de los sibaritas de los vocablos y los gourmets de las locuciones historicas verázmente contrastadas.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Sintiendo el espacio en una aproximación infinita al Universo

Lucio Fontana, "Concetto spaziale, attese" (1968)

En estos tiempos de obsolescencia programada donde cada insignificante y excepcional momento de felicidad tiene su fecha de caducidad falseada y donde sólo podemos comunicarnos con otros seres racionales por medio de complicados juegos de palabras anagramáticos que no quieren decir absolutamente nada, un neurótico hipocondriaco, minusválido emocional y espástico mental  que rinde culto a lo que podría llamarse la desesperación de la imposibilidad, es decir, yo (y mis circunstancias), he decidido transgredir una norma básica de mi conducta (a)social (autoimpuesta con sudor, sangre y mucho esfuerzo cerebral, intelectual y, ¿por qué no?, espiritual) para dar un paso adelante en mi relación existencial tratando de criticar ese concepto tan arriesgado de definir llamado felicidad.

Según el diccionario que tengo a mi lado es un "estado de ánimo que propicia paz interior"; bonita pero almibarada definición; es posible que esta enciclopedia sea de manufacturación cristiana, pues fue un regalo de alguien que en otro tiempo santificaba las fiestas y ponía la otra mejilla frente a una ofensa. Pero existen otras definiciones igual de respetables aunque seguramente nada atrayentes para los que día a día, repletos de estúpido optimismo leibniziano intentan convencerse de que este mundo es el mejor posible o el único factible; no voy a ser yo quien las recopile, no dispongo de tiempo ni ganas para escuchar memeces a estas alturas de mi vida; sinceramente, preferiría que me arrancaran tres muelas antes de oír lo que tú tienes que decir al respecto y, francamente, me importa un comino flexil, dúctil y maleable, cual es o deja de ser tu filosofía acerca de este sinsentido.

Felicidad es una palabra inventada trabajosamente para tratar de sacralizar la mentira a la omnisciencia inherente o total. Esta definición que puede resultar pedante, redicha o incluso incoherente, es la única que se ajusta o encaja en mi capacidad cognitiva para disfrutar del léxico imprudente sin sufrir repentinas pero previsibles ganas de meter la cabeza en un cubo de agua regia; determina y provoca pero al mismo tiempo considera y confunde. Podría intentar ser más repulsivo tratando de minimizar sus consecuencias; podría corresponder a las expectativas eruditas o filosóficas con una detallada pero aburrida conjunción de palabras ostentosamente huecas e insustanciales, pero no lo considero necesario ni creo que sirva para exonerar a mi cerebro desgastado y enfermizo del cúmulo de excesos innovadores que se arremolinan en el maelstrom que forman mis neuronas.

Existe gente que sonríe imbécilmente ante cualquier adversidad inalterable, pero también hay ciertos individuos (claramente avanzados) que pondrían fin a su vida con tal de no soportar la molestia de unos acrocordones en el cuello o en las axilas. Todo depende de la capacidad para admitir la ineficacia, o dicho de otra manera, todo es el resultado de no tomarse la vida demasiado en serio. Admitir el infortunio de la dicha es un signo de grandeza intelectual, lo contrario, a mi juicio, es una forma de esclavitud o prostitución de la sensibilidad y del conocimiento. Llegados a este punto, sólo me resta finalizar este apunte venenoso con una pregunta que me hago desde que conocí al primer idiota que me admitió su completa satisfacción con la existencia que llevaba:

El rebuzno.... ¿es innato o adquirido?

martes, 6 de septiembre de 2011

Farsa afectada o si Spinoza levantara la cabeza

Egon Schiele, "Cardenal y monja" (1912)

PROPOSICIÓN XXI

Dios rige las vidas de los badulaques desde el trono de la inexistencia.


Demostración:

Cierta clase de humanos, sobre todo los que se niegan a marcar la casilla para la asignación a la Iglesia en la Declaración de la Renta, siempre han renegado de la manifestación divina o sobrenatural de un dios creador y señor de todo el universo; pues no puede existir un Creador si no existe un eliminador. No olvidemos que sólo se puede construir si antes se ha destruido; construir a partir de la nada absoluta es algo tan demente e irreflexivo como intentar convencer a un futbolista de élite de que se conforme con el sueldo de un carpintero de la plebe.


Corolario:

Si violamos la ley de la construcción-deconstrucción a nuestro antojo, simplemente para poder calzar un pié de pívot en un zapatito de muñeca, el resultado es una falacia, una mentira inútil que sólo puede contentar a los más estrechos de miras o necesitados de falsa fe. Y la fe, tras siglos de comercio ineficaz, llega un momento en que se devalúa, se deprecia: el importe que se pagaba por kilogramo de dogma hace 3 siglos no es el mismo que ahora se abona, ni siquiera la calidad es la misma, de lo cual deducimos dos verdades fundamentales:

1) La deidad inexistente (Dios) no cotiza a hacienda.
2) Los súbditos de la inexistencia (clero) exigen máxima calidad en sus perversiones.

La materia de las perversiones ya ha sido tratada en el corolario I de la proposición XIX  y en el escolio II de la proposición XVI, por lo tanto sería una reiteración molesta volver a ella, pero no estaría de más hacer hincapié en la motivación: la lascivia irrefrenable derivada de trastocar las falsas palabras escupidas por la inexistencia.


Escolio:

Esta proposición, junto a las de los números XIII, XVI, y los corolarios de las proposiciones XV, XVI, XIX y XX, no tratan de hurgar, remover o inquietar a los fieles adeptos a la conjetura especulativa de "El inexistente"; tampoco es deber del que esto escribe teorizar sobre la inutilidad de la sinrazón de los motivos divinos y sus prosaicas consecuencias, éstas, mucho menos gloriosas y etéreas; pero sí tratar de componer un fragmento audaz sobre los últimos estertores de la misericordia del vacio más irreal.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Esferificación inversa de un mangostino

Picasso, "Bodegón con lirios" (1914)

Voy a ser sincero: cuando escucho las palabras Nouvelle cuisine (o nueva cocina) me entran unas ganas impresionantes de visitar a mi abuela para que me prepare un cocido de toda la vida o una paella de conejo y pollo con un buen "socarrat", acompañado por una ensalada valenciana y un buen trago de agua de manantial. De hecho, lo haría si no fuera porque mi yaya lleva muerta varios meses y y en ese estado no es capaz ni de prepararse un sencillo coctel resurrectivo. Lo que sí tengo claro es que de momento no me apetece comer alimentos confeccionados con nitrógeno líquido y presentados en horribles platos rectangulares, cuadrados, octogonales o con formas imposibles, seguramente para convencer al cliente de que el atraco al que va a ser sometido su bolsillo es un arte a la altura de la pintura renacentista, los libros de Proust o el cine de Murnau. Y por si eso no bastara para confundir a los sibaritas de lo exquisitamente sublime, mientras esperan al chef con acento francés, o de donosti, siempre pueden pasar un buen rato leyendo las distinciones y los premios con las que ese restaurante, tocado por la omnipotente varita del hado, ha sido galardonado (estrellas de Michelin, gasolineras de Campsa, soles de Repsol, puntos en varias guías de gourmets, etc).

La verdad es que cuando leo algo sobre este tipo de "arte" me entra miedo: en lugar de encontrarme artículos sobre frutas y verduras, maneras de cocinar la carne de ternera o por qué el salmonete es un pescado azul, sólo leo cosas como "cocina molecular o tecnoemocional", "impregnación a vacío y a presión", "metil celulosa" para los helados, "ultrasonidos para elaborar nanoemulsiones", "leche simbiótica" y un montón de expresiones y nombres que seguramente harían las delicias de los trabajadores de la NASA.

¿Qué me sucedería si en el restaurante de Ferrán Adrià o Heston Blumenthal, por poner dos ejemplos, se me ocurre pedir panceta y huevos fritos servidos en un plato redondo como los de antaño? Seguramente el camarero totalmente humillado y con lágrimas en los ojos llamaría al chef y éste, persignándose, invocaría a los espíritus de Egís de Rodas o Nereo de Chío. También es posible que ambos dejaran la profesión y se convirtieran en castañeros o mamporreros, por otro lado, empleos dignos y con bastante salida laboral.

A veces, cuando estoy deprimido por la falta absoluta de liquidez con la que poder adquirir un cilicio de piel de ciervo, trabajosamente confeccionado por monjes y cenobitas de diferentes monasterios, intento alegrar mis horas repasando los nombres de los conceptos básicos que estos genios se han sacado de la Toque Blanche. Por ejemplo, les encanta renombrar a sus creaciones con los rehechos prefijos de "aire de", y así, actualmente encontramos una variedad de platos de siempre pero bautizados de nuevo (aire de zanahoria, tacos de aire). Seguramente, el creador de esta modalidad se basó en su problema de estreñimiento y el meteorismo subsiguiente para dar una lección de imaginación al resto de colegas demodés. Pero no acaba ahí el uso tremendista y aniñado de la lengua para denominar a sus falsas invenciones; algunos incluso llegan más lejos y se atreven a cambiar la filipina por el baberito y utilizan hasta la extenuación los diminutivos (alcachofitas, ciruelitas, cebollitas, ajitos).

A todas estas estulticias ahora se les llama arte.

Arte es la catedral de Chartres, y no tiene autor, sólo años, muchos, muchos años. No necesita de un nombre para ensalzar lo que es inmagnificable porque es supremo. No necesita de firmas ni pegotes; carece de premios o galardones. Pero cuando todos los platos de El Bulli sólo sean un recuerdo inflamable, Chartres, Gizeh, la Gran Muralla, el Coliseo, Petra e incluso la Sagrada Familia seguirán existiendo, glorificando la huella del hombre sobre un planeta que debería despreciar a los farsantes.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Breve semblanza de mi tía Angelines

 Quentin Metsys, "The duchess of Tyrol" (1513)

Yo tenía una tía. Sí, ya sé que todos tenemos o hemos tenido alguna tía, pero esta se llamaba Angelines y padecía linfadenitis necrotizante histiocítica, aunque eso nunca mermó sus tremendas ganas de convertirse en la "maruja del año" y a este denigrante concurso dedicaba todos sus esfuerzos desde que se levantaba a las seis de la mañana hasta que se acostaba a las seis de la mañana.

Angelines era una tía especial, con sus 76 años y huérfana de un ojo, conservaba una vitalidad que hacía palidecer de envidia a otras marujas más jóvenes; incluso a la hora de cotillear, denostar, calumniar y ofender, su labia venenosa no tenía parangón en la historia humana reciente. Una vez la ví injuriar por teléfono al mismo tiempo que insultaba a su vecina por la ventana, mientras en una mano mantenía con pulso firme una sartén repleta de aceite de colza hirviendo y en la otra un plato de patatas cortadas al estilo francés; fui testigo de su fuerza al comprobar cómo manejaba las bombonas de butano; comprobé in situ la cantidad de fauna desconocida que albergaban sus fajas prehistóricas; pero lo que siempre me llamó la atención por encima del resto de sus cualidades innatas y sobrehumanas era su capacidad para inventar palabras y, al mismo tiempo, que parecieran pertenecientes al diccionario de la Real Academia Española desde 1713, año de su fundación.

Aún recuerdo el día que perdió su dentadura postiza confesándose; a día de hoy aún no me explico cómo pudo suceder y tampoco se lo explica el padre Rosendo, que desmontó el confesionario de arriba a abajo en un inútil intento por encontrarla y por detener los lamentos dedicados a la virgen del Rosario que escapaban aterrorizados de la bocaza babosa y espumarajoseante de mi tía, lamentándose por la pérdida irreparable que aún pertenecía al banco (debía 14 mensualidades). Por supuesto, los dientes impagados nunca aparecieron, el sacerdote solicitó su traslado a otra diócesis y la iglesia fue derribada para construir una mercería.

A mediados de febrero de hace un par de años, Angelines falleció cuando intentaba ponerse unas zapatillas de guatiné que no eran de su talla: ella usaba una 48, pues tenía unos pies enormes, pero quiso ponerse unas de la talla 25 y su corazón no lo resistió. Sus exequias se celebraron en la mercería y fueron oficiadas por la dependienta Gabriela, que recitó un panegírico precioso alabando las cualidades de la marca de hilo dental que usaba la finada y haciendo especial hincapié en las mil y una maneras de sentarse en la mesa frente a un plato de alubias, sin denotar vergüenza, frustración o nerviosismo.

Si alguno de vosotros visita Valencia para insultar a su alcaldesa y le sobra algo de tiempo, debería pasarse por el cementerio municipal: es bonito, conserva nichos republicanos y mausoleos fascistas; además, preserva para la posteridad los restos mortales de Angelines, la única de mis tías que una tarde, y mirando en todas direcciones muy nerviosa, me confesó que era adicta a los penes.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Lista lista lista o catálogo inteligente dispuesto

Miquel Barceló, "Biblioteca" (1983)

Pensar, elaborar o redactar listas es una acción tan demencial que debería estar castigada con penas de cárcel severísimas en prisiones estatales donde la expresión "derechos humanos" sea sinónimo de patatas fritas o desodorante sin; por ese motivo y para demostrar mi falta de escrúpulos, voy a redactar mi segunda lista en este blog, esta vez sobre los 17 mejores libros de la Historia, según mi gusto. Así, de paso que os demuestro mi cultura literaria realmente avanzada, puedo sentirme forajido por unos minutos.

Para ser sincero, sobre todo conmigo mismo, me siento en el deber de aclarar que hace aproximadamente 30 años ya intenté redactar una lista similar, pero un repentino ataque del síndrome de Gilles de la Tourette impidió que me pusiera manos a la obra y entrara en el top 100000 de los dementes listeros pro-germánicos.

Para acabar con esta pequeña pero por otra parte sincera introducción, me gustaría resaltar tres ideas fundamentales:

1) Todo el mundo que alguna vez haya redactado una lista, exceptuando la de la compra, antes o después se quedará calvo.
2) Cualquier humano que cree una lista de bodas en El Corte Inglés será bendecido por la religión católica y un bulo Papal extraordinario le eximirá de la vergüenza, humillación o deshonra, restituyéndole la dignidad cristiana por un módico precio variable según el mercado eclesiástico.
3) Todos los calvos serán registrados en las iglesias, catedrales, basílicas o capillas.

Bueno, aquí va mi lista:

1 - La diosa blanca (Robert Graves)
2 - La negación de la muerte (Ernest Becker)
3 - La tempestad (William Shakespeare)
4 - Ensayos (Michael de Montaigne)
5 - El valle de los avasallados (Réjean Ducharme)
6 - La caida en el tiempo (E.M. Cioran)
7 - El mundo como voluntad y representación (Arthur Schopenhauer)
8 - El hombre que fue Jueves (Gilbert Keith Chesterton)
9 - Drácula (Bram Stocker)
10 - Demasiado humano (Friedrich Nietzsche)
11 - En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)
12 - La metamorfosis (Franz Kafka)
13 - Rojo y negro (Stendhal)
14 - Herzog (Saul Bellow)
15 - La deshumanización del arte (José Ortega y gasset)
16 - Suspiria de profundis (Thomas De Quincey)
17 - El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad)


Ahora me siento tan descansado como cualquier persona cuando se quita un peso de encima, sobre todo si lo que está encima es alguien con sobrepeso. Me importan bien poco las criticas o la ausencia de ellas como respuesta a esta lista; a decir verdad me importa un comino lo que haga cualquier humano.

La misa ha terminado, podéis iros...

Antinomia

Jean Michel Basquiat, "Riding with Death" (1988)

Creo que fue a mediados de mayo de 1986 cuando después de meditarlo seriamente decidí comportarme como un imbécil malcriado. De las muchas maneras diferentes que existen para destrozar la propia vida escogí la más fatídica y peligrosa por el simple hecho de que resultaba más atractiva a los ojos del resto de cretinos inadaptados.

Entrar no fue difícil, salir se convirtió en un espanto. Cada mañana después de una noche de dolor me buscaba entre los sollozos y gimoteos pero sólo encontraba esa maldita dependencia que se escondía tras el silencio; escuchaba sus risas, sentía su dominio; nada en el mundo era tan importante como los temblores agónicos que precedían a la más arrogante falacia: la mentira de sentirme muerto pero superior, en una irrealidad caótica antinómica y desproporcionada.

Para poder sobrevivir en un mundo donde mantener la vida unos minutos es simplemente una maniobra arriesgada y fortuita, era necesario adorar como a un dios al tambor cargado del revólver. Comprar una dosis de ruina sin la mano apretando fuertemente la empuñadura nacarada, hubiera significado perder el dinero arrancado violenta y trabajosamente a un inocente en el juego; pero introducir esa nube de heces blancas o marrones dentro de una vena principal, sabiendo que tumbado a tu lado, como un gato saciado, ronronea suavemente la aguja del percutor totalmente dispuesta a salvar tu vida con aprecio y quitar la de otros con desprecio, proporcionaba un sincero motivo al propósito de la consumación rápida y al mismo tiempo, medrosa, desconsiderada y condenable.

No estoy tratando de componer una elegía anfibológica porque no es necesario explicar a unos brazos vírgenes e ingenuos cuál es la composición exacta de la suciedad e inmundicia de mi estropeado pasado; tampoco necesito redimir mis pecados por medio de una insulsa y lamentable auto confesión retroactiva. Escribo estas cripticas líneas como ejercicio de humildad con mi pasado, bastante vilipendiado por mi presente que, como un dandi recién afeitado, abomina de las enseñanzas que no provengan de libros encuadernados en cartoné cosido y fresado, evitando a toda costa el magisterio que sólo la calle proporciona y que, en algunos casos, es suficiente para discernir la diferencia fundamental entra la vida y la muerte.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Yo, Dios y la Línea

 Caspar David Friedrich, "Caminante sobre el mar de niebla" (1818)

YO

Nací en invierno, pero no hacía frio. Nadie me preguntó si deseaba salir del útero de mi madre, supongo que el hecho de nacer se conceptúa como una obligación, una especie de mutilamiento de la libertad individual del derecho a no existir. Llegué a esta cloaca por medio de un parto vaginal espontáneo; no recuerdo los gritos de dolor de mi madre mientras en posición decúbito dorsal intentaba expulsarme fuera de su cuerpo.

Intento restar importancia a la idea por la cual fui concebido; me importa poco si fue por un deseo religioso de justificación incoherente o simplemente un fallo matemático irreversible; nací y todavía estoy vivo, desconozco la razón e ignoro el procedimiento. Soporto la carga con dolor y el paso del tiempo no alivia mi astrosa decepción ni libera el magma de mis acongojados sentimientos.



Nací en invierno, pero no hacía frio. Mi cuerpo y mi mente pronto se distanciaron y se convirtieron en enemigos; las dudas racionales se aliaron en mi interior y crearon un monstruo que se alimentaba, y todavía se nutre, de esperanzas ridículas, pues no se puede luchar contra los impedimentos fagocitados por el tormento de estar vivo, ese suplicio que se manifiesta de forma indolora, pero que corroe cada átomo, cada molécula o célula y que  modifica sustancialmente el metabolismo de los inhibidores mientras perturba y consume la carne y la memoria.

A veces sólo las pequeñas bagatelas me despertaban del letargo; no necesitaba mirar a un exánime para saber que existía una afinidad entre los dos; no necesitaba contar los días, borrar las horas, marcar cruces en un calendario inexistente. No necesitaba escudriñar unos ojos dulces pero extraños para saber que mentían; veía el reflejo de mis estertores saliendo por la ventana, pero no advertía a qué lugar se dirigían. Toleraba los colores que revoloteaban por mi cerebro; aceptaba el hecho de que iluminaban la absurda oscuridad que trabajosamente me empeñaba en construir y destruir.



Nací en invierno, pero no hacía frio. Las imágenes de los espectros de las tinieblas que componen mis sueños no significan que el lamento de mi raciocinio, a estas alturas enfermo de aflicción, esté dirigido hacia esas figuras enteléquicas de aspecto quimérico y colores insensatos que pululan alrededor de los lóbulos temporales de mi cerebro. Las figuras amortajadas que danzan con pasos de baile irracionales y absurdos entre las llamas de la falsa sensatez, solamente son incorpóreas mientras insumiso, humillado y postrado trato de analizar la toxicidad del veneno que son mis lágrimas.

No hacía frio, me acuerdo perfectamente; pero ahora todos los inviernos son gélidos, oscuros y melancólicos. A veces releo mi pasado pero no encuentro una página remarcable, así que me dedico a doblar las esquinas superiores de cada una de las hojas que componen el libro de mi hastiante biografía en un intento vano de hacer interesante lo aburrido, fascinante lo ordinario, perfecto lo defectuoso e intentando sacralizar el espanto, divinizar la ira y alabar el resentimiento hasta convertirlo en una sólida alcazaba inconquistable.


DIOS

La gente inventa las palabras, las academias las legalizan e intentan definirlas; durante ese lapsus de tiempo entre una y otra acción, éstas se debilitan, se transforman, se vilipendian. Algunos vocablos concebidos para pastorear al hato de ignorantes adquieren un significado terrorífico y desmesurado; convierten la raíz y el origen en ortodoxia infame, formal y explícita. Nunca una palabra estuvo más ligada al miedo; nunca existirá una definición ética o moral más inexacta sobre un supuesto placer que en realidad es vicio de sentir dolor.

La turbación y vergüenza que me produce esa palabra sólo es comparable al sentimiento de culpa que experimento cuando inyecto dosis ilimitadas de falsa felicidad directamente a las venas cerebrales superiores, en un vano intento por contrarrestar la desdicha que me producen los sectarios que la idolatran, veneran o reverencian. Como la evaporación en masa es inadmisible en esta sociedad que modifica sus leyes según la conveniencia moral, sólo queda una solución, no demasiado funcional pero muy ética: el internamiento sine die, la reclusión perpetua e imperecedera.

Hubo un tiempo en que el pelo de nuestro cuerpo alojaba piojos, pulgas y cáncanos; un tiempo en que razonar estaba reservado para el futuro, abyecto y lejano al mismo tiempo. Ese periodo de onomatopeyas sincopadas que dotó el regalo del instinto al primate se transformó con el devenir de los milenios en la infamia de la razón; y con ella llegó el pecado: la palabra. Esa palabra amoral y maldita, ese término injustificado y desolador se confunde en cuatro aciagas vocales: "Dios".



LA LÍNEA

Una línea puede tener varios significados: puede ser un encadenamiento de puntos, pero también puede ser algo que nos aleja del principio y éste nunca tiene fin. Las líneas rectas, curvas, quebradas y mixtas no tienen más sentido que el que cada uno quiere darles en algún momento pero, lejos de definir, algunas tienden a confundir. Esas líneas que desconciertan son las que determinan el comienzo y la conclusión de cualquier acto, cualquier acción, todas las escenas y la mayor parte de movimientos. Esas series de figuras geométricas longitudinales que me fascinan y me atemorizan representan los dos lados (iluminado y tenebroso) de mi rol de resistente inconformista, pero al mismo tiempo define varias trayectorias ulteriores que bajo ninguna circunstancia, solazan la decepción profunda de mi íntima capacidad o descuidado caletre.




Ahora estamos aquí reunidos
oteando la línea del horizonte,
y aunque el campo visual es distinto,
la línea sigue siendo la misma.

El viento helado nos golpea la cara,
entumece los músculos e impide la concentración.

Resulta difícil respirar.
Resulta difícil traspasar la línea....

Hay una línea en el cielo.
Hay una línea en el infierno.
Hay una pequeña línea sobre un espejo encima de la mesa....

Resulta inútil suplicar.
Resulta inútil traspasar la línea.

Hay líneas brillantes e imprecisas.
Hay líneas lóbregas y eternas.
Hay algunas líneas confusas que no sirven absolutamente para nada.

Resulta peligroso palpar.
Resulta peligroso traspasar la línea....

Hay demasiadas líneas bastardas e ilegítimas.
Hay incluso líneas monstruosas y deformes.
Hay líneas que miden lo que cada uno de nosotros desea en cada momento.

Ahora estamos todos separados,
cada uno sigue los capítulos de su propio libro.
Oteamos el horizonte desde distintas situaciones,
pero la línea sigue siendo la misma....

jueves, 1 de septiembre de 2011

Anosognosia

 René Magritte, "Retrato de Edward James" (1937)

Mis años de ectomorfo ecopráxico ya han acabado. Mis intereses actuales se centran en el estudio de la labilidad como escape al sufrimiento: el sufrimiento de las emociones, esa mentira que transforma nuestras vidas vacías y sin sentido en ondas ciclotímicas permanentes. Puestos a elegir entre la vacuidad absoluta y el delirio maniático, obviamente me decanto por el segundo trastorno, por supuesto siempre que elija desde el punto de vista humano libre, es decir, contaminado, infeccioso, descompuesto, pero también depravado, pervertido y humillado.

Es posible que parte de mi corrupta filosofía se deba al disomnio, aunque también es factible, y por otro lado perfectamente comprensible, al hecho de sentirme obligado a asumir un rol que no me corresponde y que, lejos de realizarme y hacerme sentir repleto de ventura, no me crea más que una sensación de ideación paranoide y, a veces, incluso delirante o alucinatoria.

Sólo hay una pequeña línea separatoria entre la irrealidad auto inducida y la locura como manifestación sintomática irreversible; ese ínfimo cisma sinestésico o mnemotécnico inducido por la pseudo-idiocia adquirida es, en mi caso particular, un escape glorioso del sinsentido existencial, esa humillante lección comenzada a aprender tres segundos después de cambiar el fluido incomprensible del saco amniótico por aire limpio, incólume y semiótico.

Si tenemos en cuenta que el periodo más traumático de un niño es la fase fálica, en la que el interés se centra en el conocimiento de los órganos sexuales, no existe otra etapa más siniestra y con menos sentido que la adultez; ese ciclo en el que supuestamente nos doctoramos en lo que algunos llaman Inteligencia Emocional (sic), es decir, ese desbarajuste toscamente pasional en el que, de alguna forma, la amígdala cerebral nos recuerda que es preferible la inexistencia cabal frente al debilitamiento sensitivo.

Mis años de ecolalia han quedado muy lejos; ahora hasta me permito el lujo de utilizar la capacidad de raciocinio como arma semiautomática contra mi verdadero y urgente anhelo por desaparecer. El comportamiento o reflejo de huida innato me dicta que la volatilización es el único camino para la salvación, el mejor subterfugio contra la conmiseración que me produce enfrentarme a los sentidos ajenos que destrozan mi fuerza convirtiéndola en una maraña de dislates extravagantes y desgalichados.

La consecuencia inmediata de está demente declinación biológica es completamente comprobable en las alteraciones de los rasgos de mi carácter, y por ende en las características cognitivas de mi ya confusa y desdoblada personalidad. El rapport existente entre mi subconsciente y mi conciencia ha pasado a otra dimensión lejana e irreconocible bajo esta fachada diseñada al cincuenta por ciento en carne y pompa; ese falso esplendor pútrido y hediondo que maquilla los pocos instantes que son necesarios para completar una ineludible existencia.