lunes, 13 de junio de 2011

Breve trazado (troceado y a veces algo trenzado) a ninguna parte

Jan Van Eyck, "El matrimonio Arnolfini" (1434)

"La vida te golpea cuando menos te lo esperas", esta frase ajada con toques mesiánicos tiene algo de racional, aunque seguramente fuese manufacturada por un esquizofrénico en su estado más paranoide. Personalmente, he sido golpeado bastantes veces, pero en comparación con otra gente -más o menos conocida, querida u odiada- no demasiadas, así que cada día que me levanto espero con temor y resignación un nuevo y definitivo impacto. Posiblemente el último de la serie, o quizás uno de esos que esperan en esa carpeta imaginaria con el epígrafe "futuro" garrapateado en una esquina. Sea lo que fuere, de una cosa estoy seguro: el futuro es impenetrable, nadie puede tontear con él, ni siquiera enviándole una caja de Ferrero Rocher, pues a día de hoy desconocemos su dirección. Lo único que sabemos es que es implacable, inexorable e inflexible y que cuando se presente no toserá antes para advertirnos de su presencia.
Algunos elementos humanos no le temen, piensan que podrán esquivarlo disfrazándose de santos. En su infinita ignorancia están convencidos de que pasará de largo, sienten que su vida es especial y que nada puede cambiarla. La mayoría, por el contrarío, venderían sus contadas dosis de felicidad por aplacarlo, por narcotizarlo eternamente, por esconderlo en una caja robusta fabricada con cartón y mentiras calladas al 50 %.
Particularmente, el futuro es menos importante que el ahora y el ahora no se puede sostener si lo enfrentamos al aquí. La conjunción perfecta sería el aquí-ahora, es decir, en estos instantes. El problema estriba en que mientras pronunciamos esas dos o tres palabras ya hemos dejado de estar en el presente y nos encaminamos al futuro. Y hemos sostenido vehementemente que el mañana no existe, por lo tanto cuando intentamos vivir el hoy, simplemente estamos perdiendo el tiempo.
Llegados a este punto, una mente poco lúcida podría preguntarse: ¿debería presentarme en casa de mis progenitores y ponerles una querella criminal por haberme parido? La respuesta es sencilla: ¡no! y existen algunas razones esenciales para no dar ese (terrible) paso:

1- Los padres están muertos.
No se puede procesar a alguien que no existe. La inexistencia implica incorporeidad. Ningún letrado que conserve intactas sus facultades mentales defenderá los derechos de un cliente intangible. Aunque los picapleitos por lo general, no tienen una gran capacidad cognitiva, sí pueden diferir entre una majadería asnal y esa cierta cordura que regala la edad y los múltiples tropiezos.

2- Los padres están vivos pero muerden.
"Padres furibundos, bocados profundos", así dice un refrán bastante usado en los orfelinatos estatales. Con unos progenitores que constantemente tienen inyectados en sangre los ojos, pocos abogados se atreverán, y los que así lo hicieren tendrían pocas garantías de salir con vida del envite. Este tipo de progenitores está muy curtido en los lindes de la vida, si les falla el factor miedo sugerido por sus desagradables rostro repletos de arrugas debidas a sus innumerables muecas de terror y espanto, siempre pueden dejar claro, por medio de papeles falsos, que su retoño fue adoptado en Turkmenistán y que sus funciones como padres empezaron cuando este cumplió 4 años.

3- Los padres están vivos pero vuelan.
Si un progenitor se pasa el día liando porros de marihuana "Super Skunk" (del banco Sensi Seeds) o bebiendo vino de brick marca "Don Simón", lo normal es que después de carcajearse  anime a su vástago a que le acuse. Y si la denuncia es ganada por el hijo enojado, lo más probable es que después de no cobrar ningún pecunio, éste tenga que prestar a su odiado procreador 30 euros para una pieza de hachís rojo libanés de unos 5 gramos, de excelentísima calidad y con una cantidad inusitada de THC.

4 - Los padres están vivos pero son gays.
Después de una convivencia absurda y prolongada, algunos progenitores suelen cambiarse de acera. No lo hacen por vicio, lascivia, liviandad, concupiscencia o apatía, sino por el mero hecho de sobrevivir sin ganas de estrangular con unas pantimedias de punta reforzada al cónyuge. Dentro de su inhóspita inadaptacíón, este tipo de padres han creado una gradación de sinsentidos absolutamente caóticos que traspasa parte del entendimiento humano. Ahora bien, si consideramos humanos a los juriconsultos, huelga decir que debido a su cobardía innata y a su pusilanimidad adquirida, jamás se enfrentarían con un arañazo de uñas lacadas en pleno rostro que pudiera afear o desvirtuar su ya de por si estropeado semblante.

5- Los padres están vivos y son "normales"
Existen padres autoritarios, democráticos, permisivos, preocupados, indiferentes, negligentes, fundamentalistas, apáticos, etc etc. Este tipo base o común, por llamarlos de alguna manera, sólo difieren de los grupos anteriores por el hecho de que son más numerosos, pero no por eso, menos peligrosos. Supongamos, por ejemplo, unos progenitores cristianos que han educado a sus hijos en los más altos valores humanos, es decir: moralidad, sufrimiento, misericordia, sufrimiento, fe, sufrimiento, humildad, sufrimiento, amor, sufrimiento, solidaridad, sufrimiento, y muchos "entos" más. Supongamos que los hijos nacidos de ese intercambio de fluidos, amor y sufrimiento aman a sus papás y no quieren desgarrar sus corazoncitos con una querella. ¿Qué es lo que sucede cuando a una persona bondadosa y repleta de valores y virtudes le ataca esa enfermedad innombrable para los fundamentalistas llamada "existencialismo antihegeliano"?

Podría seguir ennumerando razones, pero llegados a este punto ya no me importan ni los padres ni sus queridos hijos, ni siquiera me importa esta pequeña e inacabada despotricación. Si tengo que ser sincero lo único que me importa es el silencio de mi habitación y la esquina solitaria que utilizo para cobijarme.