martes, 28 de octubre de 2014

Seis notas suicidas o cómo aprendí a detener el tiempo y amar la auto-eutanasia

Gabriel Decamps. The Suicide (1836)

Hace algunos años intenté escribir un libro sobre el suicidio. Durante un largo periodo de tiempo recogí datos que almacenaba sistemáticamente en un cajón de mi despacho. Cuando dicho cajón estuvo tan repleto que incluso se hacía difícil cerrarlo sin la ayuda de una patada de karate, decidí de repente, que el tema ya había sido tratado en numerosas ocasiones y que sería mejor escribir sobre los condicionantes subjetivos del aislamiento voluntario. De modo que un día cualquiera de un mes cualquiera, preparé una hoguera en mi terraza y quemé todos los datos que había recopilado. Al cabo de dos o tres semanas descubrí un par de folios con algunas notas escritas por suicidas que se habían salvado milagrosamente de la pira.


NOTA NÚMERO 1
SUJETO: Roberto Sánchez Quiles
EDAD: 34 años
PROFESIÓN: Maestro
FORMA DE SUICIDIO: Ahorcamiento

A menudo pienso en la infatuación humana y en sus consecuencias omnimodas más onerosas y extremas. Intento razonar el cómo y el porqué de dicha conducta provocadora y excesiva, pero no soy capaz de llegar a una conclusión lógica. Y eso me sume en una especie de afasia ciclotímica de la que me cuesta demasiado liberarme. Mientras permanezco cautivo en esa ergástula patológica, cuyos muros están construidos con argamasa sólida y enajenación vesánica, no puedo dejar de repetirme una y otra vez que en realidad la hipersensibilidad exacerbada es mi verdadera enemiga, pues la alimento con ambrosía de origen demoníaco y acepto cada una de sus propuestas con auténtico júbilo inconsciente.

Mis verdaderos enemigos están convencidos de que todo es un juego que manufacturo para sentirme especial y no cesan de darme algunos consejos malintencionados. Mis amigos, los pocos que me quedan en estos momentos, piensan que me complico la existencia y que se la enredo a ellos. No son capaces de discernir un lamento que no proceda de sus propias gargantas. Se autoconvencen de que sus preocupaciones son reales y las mías una serie de sobreactuaciones amaneradas y repletas de tics inoportunos. ¡Me gustaría tanto que destrozaran los espejos! Esos espejos que reflejan sus pretendidas bellezas interiores. Esos espejos que alimentan sus carencias emocionales. Las mismas que se afanan en achacarme a mí. ¡Es tan fácil enamorarse de uno mismo! Tan sencillo como dibujar una sonrisa complaciente en un rostro indefinido o difuminado.

Me gustaría tanto expresar lo que siento ahora que estoy tan cerca del nudo corredizo.


NOTA NÚMERO 2
SUJETO: Héctor Dominguez Alberola
EDAD: 45 años
PROFESIÓN: Actor, cómico
FORMA DE SUICIDIO: Arma de fuego

He decidido poner fin a mi vida porque me aprietan los calcetines y las gomas me dejan unas marcas horribles en las piernas. Escribo esta pequeña e incoherente nota para dejar claro que me encuentro en posesión de mis facultades mentales intactas y que si he tomado esta trascendental decisión es porque quiero saber si en mi próxima reencarnación seré feo. Me gustaría también aprovechar para dejar unos mensajes cortos a algunos de mis mejores amigos:

1-Para Joaquín:
Yo fui quien te dibujó un caniche defecando en el testículo derecho mientras dormías. No sigas buscando al culpable. Lo siento. Lo siento mucho.

2-Para Paca:
Nunca me atreví a decírtelo, pero roncas como un chancho cropostasofobico. Tu incultura natural no te permitirá dilucidar que es eso. Trataré de explicártelo. Un chancho es un "Sus scrofa spp. domestica". En cuanto a la cropostasofóbia...mejor olvídalo. ¡Cuídate mucho!

3-Para Agustín:
¿Recuerdas ese film que vimos juntos, "Autofelación en el descampado"? Te comenté que me había gustado mucho, pero no era verdad. Supongo que podrás perdonarme esa mentira piadosa.

4-Para Rosita Campomares:
Vete a la puta mierda, Rosita.

5-Para mi hermano Vicente:
Tete, no olvides cortarme la mano y dejar una moneda sobre cada uno de mis ojos. Ya sabes como se las gasta Caronte.


NOTA NÚMERO 3
SUJETO: Marisa Latorre García
EDAD: 51 años
PROFESIÓN: Ama de casa
FORMA DE SUICIDIO: Sobredosis de somníferos

Llevo 31 años casada con el mismo idiota y 14 usando las mismas bayetas para limpiar la cocina. Me levanto cada día pensando que no voy a poder soportarlo, pero por alguna razón mi cuerpo no estalla. Supongo que se ha acostumbrado a la infelicidad de la misma forma que mi marido se ha acostumbrado a mentirme y a ningunearme como norma básica. Aunque me cueste admitirlo, mi madre tenía razón cuando me repetía que de adulta sería una desgraciada. Recuerdo a mi padre intentando mediar entre nuestras continuas discusiones y recuerdo a mi hermano aquel fatídico día que salió por la puerta cansado de "broncas de féminas", como él las llamaba, y no regresó jamás. Nunca olvidaré el frío que hacía en la morgue. A menudo me he preguntado si aquel cuerpo que descansaba sin vida sobre una mesa de aluminio sintió alguna clase de paz mientras vivió con nosotros. Aunque ahora ya nada importa. Ni siquiera soy capaz de preguntarme si tendré valor para hacerlo. Pero ¿para qué sirve tener valor, o coraje, o como quiera que se llame esa fuerza inhóspita que me librará de seguir batallando con todo esta basura mañana? Es curioso, pero siento vergüenza al pensar que alguien pueda leer mis palabras. Aunque al mismo tiempo me regocija que ese animal inmaduro que me prometió felicidad eterna se encuentre con mis despojos cuando regrese de acariciar a su puta.


NOTA NÚMERO 4
SUJETO: Francisco Orriols Ibáñez
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Desconocida
FORMA DE SUICIDIO: Salto al vacío

Una de las preguntas que más he tenido que responder en mi vida, es cómo he llegado a ser tan asquerosamente rico. Exceptuando a algunas mujeres a las que me he intentado trajinar (siempre con éxito), nunca he contestado con la franqueza que me ha hecho tan deseado, a esta espinosa y delicada cuestión. Al ser hoy mi último día en el planeta Tierra, he decidido relatar (a quien pueda leer estas líneas) como llegué a convertirme en un hombre tan magnífico.

Mi padre fue un ludópata y mi madre una alcohólica. O quizá fue al revés. El caso es que desde mi más tierna infancia aprendí a distinguir entre el bien, el mal, y el término medio. Y a raíz de eso, entre lo máximo, lo mínimo, y lo que todavía es soportable. Por esa sencilla razón, nunca me contenté con nada que no estuviera cerca de la superlatividad absoluta o, por lo menos, lo pareciese.

Abandoné el nido familiar a los 22 años sin una puta moneda en el bolsillo y antes de cumplir los 24 ya amasaba una pequeña fortuna. Al principio no fue demasiado fácil, pero pronto aprendí a distinguir entre un cenutrio y un espabilado. Y no pasó demasiado tiempo hasta que comprendí hacia donde debía dirigir mi atención, que al mismo tiempo no era mas que interés vampírico oportunista y desalmado. Desvalijar de sus posesiones más preciadas a un montón de panolis incrementó mis ganas de desvalijar a muchos más montones. Llegó un punto en que si no arruinaba a alguien en un par de semanas no me sentía plenamente realizado. Y un tipo que no se siente realizado es algo parecido a una "brosse de toilette" de un garito de mala muerte en un barrio especialmente deprimido.

¡Me alegro tanto de haber comprado este ático!


NOTA NÚMERO 5
SUJETO: Nepomuceno Almeida Suñé
EDAD: 32 años
PROFESIÓN: Representante
FORMA DE SUICIDIO: Explosivos

Teresa:

Has vuelto a comportarte de una manera estúpida e inconsciente. No voy a ser yo el que te reproche tu forma de proceder, aunque me gustaría que reconsiderases tu decisión de una manera menos egoísta. Sabes que si todo hubiera sido al revés, yo me alegraría por ti. Claro que si después de leer estas líneas te mantienes en tu trece, no me quedará otra opción que desearte toda la suerte de mundo, porque con tu forma de pensar, estoy seguro de que la vas a necesitar. Y ahora, para quitar hierro al asunto, voy a permitirme un cambio de tercio. Por esa razón escribiré sobre tarimas flotantes.

Una buena tarima flotante es mejor que la mayoría de las baldosas de gres más económico que se pueden encontrar a la venta hoy en día. Pero un suelo de gres de calidad extra siempre será mas seguro que cualquier pavimento de madera. Además te evitarás tener que acuchillarlo cada cierto tiempo, reduciendo así las posibilidades de que quieras matar dos pájaros de un tiro y acabes acuchillándote a ti misma. No voy a entrar en la discusión de si acuchillándote a ti misma el mundo pierde una gran concentración de egoísmo emocional compactado en bloques desiguales en cuanto a tamaño y calidad. Ya sabes que no soy un experto en miserabiidad humana, y que mis ambiciones no pasan de levantarse por las mañanas escuchando el dulce gorjeo de las tostadas con mermelada y de desayunar un par de pájaros acompañando a un café colombiano cargado y realmente caliente.

Cuando leí tu hiriente carta, creí por un instante que eras una persona normal, del montón. Ahora que medito tus palabras con serenidad he llegado a la conclusión de que eres una gulatosurina, es decir, algo que no existe. Y que nunca debería existir. Por lo menos en un planeta como este, donde todo tiene un precio, y donde si por alguna razón te niegas a pasar por caja, automáticamente eres un proscrito, un paria, un desarraigado. Pero acusándome de vileza has ido demasiado lejos. Yo puedo ser idiota, creído, incluso frío, pero jamás me comportaría de una manera despreciable con alguien que quiero. Y a ti te quería. Ahora ya no existes. Y no puedo dejar de pensar de la que me he librado. ¡Gracias! Gracias por devolverme la cordura de un manotazo. Gracias por perder los papeles y dejar que contemple con absoluta claridad lo que se esconde en algún recoveco de tu interior imperfecto y pringado con óleo de baratillo. Algo tan nauseabundo como las heces que se hacinan en una cloaca abandonada por el tiempo. De repente me han entrado unas terribles ganas de vivir, de respirar, de saltar, de quitar el sombrero a los ancianos que pasean por la calle, de darles un beso tierno y real entre las manchas marrones que salpican sus cabezas y que implican vejez, senectud, senilidad.

A lo largo de mi vida he sido acusado de forma injusta, a veces de forma arbitraria o inaceptable. Con cada uno de esos juicios sumarísimos he aprendido algo y me he hecho mucho mas fuerte. Riéndome de tus incongruencias textuales he alcanzado la inmortalidad. Y cuando los gusanos se coman tus despojos sin importarles demasiado el sabor rancio de tus vísceras, yo seguiré acostumbrándome a hacer lo que mi código genético ordene.

Ahora puedo retirarme. La misa ha terminado.


NOTA NÚMERO 6
SUJETO: Maximiliana Tormo Martinez
EDAD: 72 años
PROFESIÓN: Sectretaria (Jubilada)
FORMA DE SUICIDIO: Envenenamiento

¡Sucias! Las cortinas están sucias. Llevo varias horas mirándolas y sólo puedo reparar en el polvo que descansa sobre los flecos. ¡Y en las arrugas! Es curioso, cuando miro mi imagen reflejada en el espejo también veo polvo y arrugas. Ayer un amigo me dijo que estaba guapísima y radiante. Eso quiere decir que estoy horrible y decrépita. La verdad es que no me importa en absoluto. Soy una mujer bastante simple. Nunca he intentado conscientemente gustar a nadie. Ni siquiera a mí. He vivido de acuerdo a una máxima absoluta: "acercaos, pero no os incrustéis". El resto de consideraciones nunca han sido importantes y siempre han estado perfectamente codificadas. Si pudiera volver atrás, creo que repetiría todos los momentos, excepto el próximo. Necesito hacer daño a alguien. No importa a quien pueda ser.

miércoles, 30 de julio de 2014

Lista número siete

Damien Hirst. Lullaby. The Seasons (detalle) 2002

Adoro hacer listas. En eso me parezco a Peter Greenaway, aunque creo que él es más alto y ha obtenido mucho más éxito con las suyas. La siguiente relación versará sobre mis siete enfermedades y fobias preferidas, que por supuesto sufro en mayor o menor grado, y la forma en que trato de convivir e interactuar con ellas.

1- Anhedonia:

Definida como la incapacidad para lograr placer o la perdida de interés en la mayor parte de actividades. La padezco desde la primera vez que vi a mi padre corretear por la casa en calzoncillos, es decir, desde los 2 años, aunque mi psiquiatra, que ahora está en la cárcel por medicar a su gato, se niega reiteradamente a diagnosticármela. Quizá algún lector más avispado se pregunte la razón por la cual mi padre empezó a corretear en calzoncillos cuando yo tenía dos años. La respuesta es que trabajaba en Alemania y hasta mi segundo aniversario no regresó a su ciudad natal para establecerse definitivamente.

Entre mis conocidos y amigos íntimos es legendaria mi insatisfacción general y a menudo hacen chistes y chascarrillos cuando creen que no me doy cuenta. Pero nunca me ha importado en absoluto, es más, me siento un ser privilegiado, pues observando la existencia y sus míseras consecuencias de esta extraña manera, nunca hay nada que me pille por sorpresa. Sólo una vez experimenté algo parecido al deleite. Sucedió el 24 de septiembre de 1982 a las 16:43 horas. Caminaba por un callejón estrecho y húmedo de mi pueblo, cuando de repente una abuelita rechoncha se cayó rodando como una peonza descompensada. Cuando intenté ayudarla a incorporarse se enfureció conmigo por interrumpir su trayectoria en movimiento helicoidal y oscilante. Verla echar espumarrajos por la boca me dibujó una pequeña sonrisa en la cara y un par de futuras arrugas en el entrecejo.

2- Ciclotimia:

La ciclotimia es un trastorno afectivo caracterizado por la alternancia en los estados de ánimo. Es muy normal verme un día abatido y al la media hora hundido por completo. Como soy anhedónico, al contrario del resto de ciclotímicos, no conozco la naturaleza eufórica o simplemente alegre y me contento con la desesperación y el desconsuelo. Existen tres formas aceptadas de desesperación: leve, parcial y total. Personalmente me gusta padecer las tres al mismo tiempo. Eso me exime de ser confundido con un simple "maniaco depresivo" o con un gilipollas.

Según mi biblia particular titulada "Enfermedades condicionantes e indisposiciones restringidas", sólo los genios absolutos son capaces de sacar partido a este trastorno psíquico. Por mi parte, y desconociendo por completo mi pretendida genialidad, estoy en condiciones de recomendar el desconsuelo incondicional como forma de vida única. Sobre todo cuando se vive en sociedad o como esclavo de las patronales.

3- Acrofobia:

El miedo irracional e irrefrenable a las alturas se denomina "acrofóbia" y genera un tipo de ansiedad que sólo puede ser reprimido mezclando altas dosis de Diazepam, alcohol etílico y unas gotitas de lima o limón para darle un poco de sabor. La primera vez que descubrí que padecía vértigo se me cayó el peluquín al vacío y no tuve más remedio que pujar por uno de Andy Wharhol en una subasta. Pero como me quedaba demasiado holgadito acabé regalándoselo a mi madre que lo usó durante varios años como mocho y alfombra de bienvenida alternativamente.

Aunque vivo en un tercer piso soy incapaz de asomarme al balcón cuando pasa por la calle una tía buena. No me entendáis mal. Ya os dije que soy anhedónico. Las mujeres esculturales no me producen la menor subida de la líbido. Soy totalmente incapaz de diferenciarlas de un oricteropo, pero me produce grandes dosis de perfecta y sublime ansiedad pensar que tarde o temprano envejecerán y se marchitarán como una flor de azalea.


4- Brontofobia:

Aunque a primera vista y, sobre todo, léxicamente, esta dolencia pueda parecer una fobia común a los brontosaurios, la brontofobia es un estado en el cual un sujeto experimenta miedo exagerado a las tormentas eléctricas. Mi caso es bastante especial. Me aterran los truenos y los relámpagos cuando estoy al aire libre y no llevo sombrero, pero cuando cubro mi cabeza o me encuentro bajo un techo no me causan ningún pavor; es más, en esos instantes incluso me divierten y me siento muy seguro de mí mismo, aunque no de mis circunstancias. Hasta el momento no he sido capaz de separar a éstas del Yo ni del Mí o Mío, pero no cejo en el empeño.

A menudo me pregunto cómo es posible que una simple tempestad atmosférica pueda llegar a convertirse en un miedo ilógico y absurdo. El problema es que siempre que me hago esa pregunta llevo sombrero, gorro, montera, chambergo, bonete, escarcela o casquete. Supongo que debería trasladar la dichosa interpelación a esos momentos determinados en los cuales mi cráneo luce completamente desnudo, pero siempre he sido un cobarde asqueroso.


5. Hipocondría:

La hipocondría (no confundir con hipoteca o hipotiroidismo) es una desorbitada preocupación por padecer enfermedades que, o no se tienen, o, incluso padeciéndolas, no justifican semejante desasosiego. Esta descomunal preocupación genera mucha angustia y suele llevar al descuido de algunas de las actividades que el sujeto antes realizaba con normalidad, como por ejemplo ponerse los calcetines del derecho o acudir cantando a trabajar. Según un estudio publicado en "Science patience", el 98 % de los hiponcondríacos tienen la piel grasa, aunque no se la tratan con ninguno de los innumerables productos cosméticos que abundan en el mercado, y el 2 % restante lo hace en contadas ocasiones o bien con Garnier Pure Active o con Normaderm Hyaluspoy.

Algunos psiquiatras definen esta enfermedad como "un alarmismo inconsecuente llevado hasta sus últimas consecuencias", mientras que para otros no se trata mas que de una forma infantil de llamar la atención. Hace bastantes años una amiga mía se puso de parto mientras me visitaba y tuvieron que ingresarnos a los dos en un hospital privado. Ella dio a luz de forma natural pero a mi tuvieron que practicarme una cesárea iterativa. Desde entonces nunca he vuelto a ser el mismo.


6- Cripidofobia:

El miedo enfermizo, persistente y absurdo a las prostitutas o a las enfermedades venéreas se denomina cripidofóbia o ciprinofobia. Yo lo padezco desde que en cierta ocasión me acosté con tres de ellas al mismo tiempo y después de la faena me presentaron sus honorarios con el Iva y Sov incluidos. Se sabe muy poco sobre esta dolencia y los pocos científicos que han ahondado en el tema han acabado salvájemente golpeados por uno o varios proxenetas. Según el catálogo de fobias editado conjuntamente por los Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y de Empleo y Seguridad Social, la cripidofobia es incompatible con la política y la banca, siendo mucho más común en la clase socioeconómica con mayor nivel de pobreza.

Conozco a un albañil y a un fontanero que temen tanto contraer una enfermedad sexual que han decidido acostarse únicamente con muñecas hinchables fabricadas en China. El problema es que uno de ellos, el fontanero, también padece pediofobia (miedo irracional a las muñecas), por lo que está pensando seriamente en dejarse barba, cambiarse su nombre a Yussuf Paco y convertirse al Islam.


7- Agorafobia:

La agorafobia es un trastorno de la ansiedad que consiste en el miedo a los lugares donde no se puede recibir ayuda, por temor a sufrir una crisis de pánico. Los agorafóbicos sienten intensas sensaciones que aparecen súbitamente y que abarcan desde taquicardias, temblores y mareos hasta pensamientos negativos o catastróficos. Actualmente se sabe a ciencia cierta que Dios era agorafóbico (y también fobofóbico y tanatofóbico) y que por esa razón decidió crear al hombre a su imagen y semejanza. Se conocen sus pensamientos más íntimos y sus reflexiones juveniles pero se desconoce por completo el nombre de su mascota.

Una vez tuve un novia que era claustrofóbica. Como ella temía a los espacios cerrados y yo entraba en un terror cerval en los abiertos, decidimos emborracharnos cada vez que quisiéramos estar juntos. En uno de esos encuentros, Antonia, que es como se llamaba, decidió hacerse androfóbica, lesbofóbica, bifóbica y transfóbica y ahora se dedica a tontear con los animales.


Podría haber continuado con unas cuantas patologías más que padezco o incluso admiro, pero creo que es hora de detenerse. Siempre he sentido pasión por el número siete. ¡Es tan bonito y sensual! Además, por alguna razón, es el número que va ligado a mi vida. Vivo en la puerta siete, engañé siete veces a la que fue mi mujer; ella me engañó en ocho ocasiones, pero una de ellas fue con un párroco, por lo que no cuenta. Mi parto duró siete minutos, los mismos que necesitó mi padre para salir aterrorizado y corriendo cuando vio por primera vez mi rostro. Siete fueron los enanitos que ayudaron a Blancanieves y siete son las maravillas del mundo antiguo. He pasado siete veces por el quirófano (ocho, si contamos la cesárea) y negué siete veces a Jesús cuando fue capturado por los romanos. Sic Luceat Lux Vestra.

lunes, 7 de julio de 2014

Tenía ganas de romper mi cara sobre un cristal de vidrio trasparente


Magritte. La clef des champs (1936)

-Cuando camino sin un destino preconcebido, que es lo que habitualmente hago, siempre llego a alguna parte- comentó Susana mientras sorbía un buen trago de cerveza sin alcohol.
-Pues yo cada vez que logro llegar a algún sitio, tengo que intentar recordar cómo he llegado hasta allí- le contesté sin pensar realmente en lo superficial de mis palabras.
-Eso os pasa porque sois demasiado soñadores- sentenció Fernando.
-¿Soñadora yo? ¿Soñadora yo?

La verdad es que Susana era una soñadora. Ella lo sabía pero le gustaba jugar al despiste. Por el contrario, Fernando era un tipo realista cuya única razón para seguir vivo era llevar la contraria a todos. Ambos mantenían una relación desde los 16 años y empezaban a sentirse demasiado atados.

-Bueno, yo creo que eres una soñadora amateur. Yo sin embargo hago de las ensoñaciones un arte, aunque esté mal decirlo- repliqué al cabo de un rato-. Si estáis de acuerdo puedo enseñaros, a ambos, a diseñar vuestros propios sueños. Es fácil. Sólo se necesita...
-Lo que no entiendo- dijo Fernando, cortándome secamente, -es cómo has llegado a la conclusión de que eres tan especial.
-Yo no he dicho que sea especial.
-En todo caso, yo diría que eres espacial- dijo Susana con voz entrecortada.
¿Espacial? ¿Él?- se preguntó Fernando-. Si tan espacial es, ¿por qué no se echa un vuelecito delante de nosotros?

Susana tenía 42 años aunque aparentaba diez menos. Trabajaba de stripper en un garito bastante oscuro y coleccionaba zapatos con tacón de aguja. Fernando juraba que tenia 38 años, aunque todos sabíamos que pasaba de los 50, pero nos cuidábamos mucho de dejarlo en ridículo. No valía la pena, pues ya se dejaba él mismo en evidencia cada vez que abría la boca. Llevaba en paro 14 años y se jactaba de ello siempre que la ocasión le era propicia.

-Yo no creo que sea espacial- contesté-. Por lo menos no en todas las ocasiones. Ahora mismo me siento bastante terrenal con este zumo de naranja en la mano.
-¿Espacial? ¿terrenal? Esto parece un capítulo de la serie "Cosmos"- gruñó Fernando mientras se encendía un cigarro al revés.
-Fernando, ¿qué te pasa tío? ¿Por qué estás tan capullo?- soltó Susana.
-No me dices que soy un capullo cuando te follo.
-¿Cuando me follas? ¿A eso que tú me haces lo llamas follar?- preguntó Susana- Si eso es follar yo necesito que me desfollen.
-Chicos, ya vale- dije - Estoy aquí para pasármelo bien con vosotros, no para escuchar reproches.
-¿Si no follo bien por qué estás conmigo?
- Pues mira, si quieres que te sea sincera, no lo sé.

Conocí a Susana y a Fernando cuando eran unos adolescentes. Pronto nos hicimos inseparables, aunque a veces me entraban ganas de estrangular a ambos, sobre todo cuando no tenían reparos en destrozarse mutuamente delante de los demás. A ellos no parecía importarles montar numeritos y, de hecho, los montaban siempre que podían.

-¿Quizá ha llegado el momento de separarnos, no crees?
-Pues quizá sí. Ya empiezo a estar harta de tus gilipolleces de niño malcriado.
-Creo que voy a irme. Tengo bastantes cosas por hacer- dije- Además el que está cansado de todas estas increpaciones soy yo. Lleváis décadas así. A vosotros os gusta, pero pensad cómo se sienten los que tienen que escucharos.
-Greg tiene razón- dijo Susana-. Deberíamos dejar de ser tan egoístas.
-Yo no soy egoísta- balbuceó Fernando mientras hacía ademanes extraños con las manos- Vosotros sí que sois egoístas. Susana se cree la reina del Universo. Y se enfada cuando alguien le dice cualquier cosa. Y tú. Tú te crees especial y espacial y eres incapaz de sentir nada por nadie. Eres el tipo más frío que he conocido en mi vida. Y no lo digo yo sólo...

Nunca en mi vida había querido tanto a alguien como ellos. Pero a veces los odiaba como nadie en su sano juicio es capaz de odiar. Cuando esto último sucedía, solía dejarlos de lado por una temporada más o menos larga, hasta que de repente, un día me levantaba y los echaba de menos. Echar de menos duele.

-Greg no es frío- dijo Susana-. tú sí que eres frío. ¿Quieres que le cuente algunas de tus peculiaridades más especiales?
-Prefiero que le cuentes mis peculiaridades más espaciales- contestó Fernando-. Yo también puedo ser muy espacial cuando quiero.
-Pues deberías querer más a menudo- escupió Susana-. Te estás convirtiendo en un abuelo malhumorado y decadente.
-Yo seré decadente pero tú eres indecente. Llevas 20 años enseñando las tetas y la chirla a todos...
-¡Sí! Y pagando las facturas de ambos con mi desnudez. No lo olvides.
- Nunca lo he olvidado. Nunca lo olvidaré.

Susana y Fernando están muertos. Se mataron en un accidente de tráfico hace unos años. Junto a ellos, perdieron la vida otros tres amigos. Salían de una discoteca y Fernando comenzó una bronca que acabó con su coche estrellado contra un muro. No fui a su entierro. Me encontraba demasiado enfermo. Todavía siento un calambre recorriéndome la espina dorsal cuando pienso en ellos y cómo acabó todo. Daría el resto de mis días y de mis noches por estar junto a ellos. Daría todo lo que soy y no soy por asistir a otra bronca fenomenal sabiendo que todavía están vivos. Sé que pensando de esta manera me acerco un poco a lo que recuerdo que decía mi amiga, al inicio de este texto: cuando caminamos sin un destino preconcebido, siempre llegamos a alguna parte. Siempre, no algunas veces.

jueves, 12 de junio de 2014

La trampa

Glenn Brown

La editorial Insanía acaba de publicar la segunda recopiación de textos escritos por pacientes psicóticos procedentes de varios hospitales psiquiátricos de diferentes países de la Comunidad Europea. En este volumen podemos encontrar 43 relatos de pequeña o mediana extensión que discurren por universos muy diferentes al nuestro. Gracias al amable acuerdo establecido entre este blog y los propietarios del Copyright, en el que se permite la reproducción de uno de esos documentos, nos complace presentar en exclusiva el titulado "La trampa", escrito por un sujeto afectado de esquizofrenia hebefrénica que se suicidó unas pocas horas después de escribirlo.  


LA TRAMPA

Estaba contento por asistir a una conferencia de Victor Patiño, el líder del partido antiglobalización al que había otorgado mi confianza y mi voto. El discurso, bastante agresivo y repleto de mala uva discurría por los derroteros habituales, que no eran otros que atacar con dureza y algo de comedimiento a los poderes fácticos establecidos:

"He oído decir muchas veces, que para que esta clase de sociedad autótrofa que hemos inventado se desarrolle sin contratiempos, antes es preciso que funcionen cada uno de los engranajes que la constituyen. El problema es que una de esas piezas, quizá la más importante, está mal diseñada pues corresponde al ente humano que, lejos de intentar avanzar de forma racional y ordenada, prostituye sus sentidos sin ningún tipo de remordimiento, arrojándose en brazos de los falsos gurús que gobiernan con mano férrea la mayoría de las instituciones."

A partir de aquí, algo raro sucedió, pues su prosa, hasta entonces comprensible y penetrante, se tornó en una especie de galimatías sin sentido:

"Mientras se pertieven y dedragan con agreglía isunidata, uh uh , esos flasos protefas nos connedan al frasaco aslobuto. Es nusetro beder nedeter etsa inmafia que  ..."

De pronto y sin que nadie se lo esperara, Victor sufrió una transformación corporal bastante asquerosa y delante de todos nosotros se convirtió en el secretario general del partido que gobernaba. Dando una patada a los restos sanguinolentos que habían quedado de su anterior cuerpo y que descansaban sobre el suelo prosiguió con el discurso, aunque de una forma totalmente diferente:

"Necesito una piscina más grande. La que tengo se ha quedado pequeña. Vosotros me la construiréis. Vosotros y vuestros padres ancianos, vuestros hijos necesitados de disciplina y vuestras mujeres que os soportan pero os aborrecen. Y cuando acabéis de construirla os asignaré otros trabajos igual de reconfortantes. Nunca volveréis a estar ociosos, porque un vago es un horizonte equivocado, una senda que no conduce a ninguna parte, una realidad frustrante para la sociedad que yo voy a construir. Y si se han de cubrir las calles con vuestra sangre aguada y roja, no me preocupa, porque vuestros parientes cercanos se encargarán de limpiarlas. Quiero un pueblo que pueda sentirse orgulloso por haber sido domesticado, pero que al mismo tiempo sea dinámico y carente de ideas propias. Quiero una nación de hombres y mujeres con mente cándida y programable. Vosotros deberéis construir vuestro nuevo mundo, que no será más que una extensión del mío propio, pero sin tantas comodidades.

A estas alturas de la alocución no se podía escuchar ni un ligero murmullo, pues la concurrencia estaba totalmente alucinada. Como había sucedido unos minutos antes, sus palabras empezaron a salir de su boca de forma desordenada:

"Votrosos sios narce de mi narce y gansre de mi gansre. Hu hu. En vuetsros cebreros adre el iaedl de la zarra surepior que ..."

Y como si de una mala película de ciencia ficción se tratase, la cosa volvió a metamorfosearse y recuperó su estado primigenio, el de Victor Patiño, líder del partido que siempre me convencía:

"Lo que queremos es esa perfecta unión entre libertad y patria; no entre esclavo y patrón. Queremos sentirnos orgullosos de nuestro futuro, pero sin olvidar nuestro pasado. Perdonaremos las afrentas, pero no volveremos a permitirlas. Urdiremos y llevaremos a cabo la última y verdadera revolución. No somos obreros sin dignidad, somos la dignidad que moverá nuestros propios destinos. Ningún traficante de carne se beneficiará de nuestros sueños. Os lo prometo. Ningúna religión nos dictará sus normas. Os lo prometo. Os lo prometo. Y os prometo que soculianeremos uh uh. soculiaremos la sicris ecisxential que...que... Uh uh. La sicris exiscentrial...ecistren..."

Se me hace tan difícil escribir sobre lo que sucedió a continuación... Durante cinco minutos que se hicieron eternos, ese ser que no parecía humano volvió a transformarse en uno u otro de los líderes, una vez tras otra, y en un momento dado, en dos a la vez. Recuerdo que la gente corría sin rumbo. Algunos se quedaron petrificados y en sus rostros se podía ver reflejado algo parecido al terror cerval en estado puro. Los que corrían, gritaban mientras se pisaban los unos a los otros. Por alguna razón yo ni siquiera pestañeé. Después de la ultima mutación, el ser explotó. Y sus vísceras, semejantes a ramas carcomidas impregnadas en savia de un color irreal, se estamparon por las paredes y el olor fétido de la putrefacción envolvió nuestros cuerpos.

No recuerdo cómo llegué a mi casa. Tampoco quiero recordarlo. Ahora estoy sentado sobre mis talones escribiendo lo que he visto. O lo que creo que he visto. No lo que he soñado, porque si de algo estoy seguro, es de que fue cualquier cosa menos una pesadilla.

martes, 22 de abril de 2014

Lista número 6 (Preguntas)

Antonio Donghi. The juggler (1897–1963)

He estado echando unas cuantas miraditas furtivas a los textos viejos de este blog y he llegado a la conclusión de que he perdido visión en ambos ojos, pero también que ya es hora de que redacte otra de mis repelentes listas. Como hoy hace un día estupendo y ya he terminado de limpiar los azulejos del baño, he decidido que el tema de la misma sean esa serie de preguntas que me hago cada día a la misma hora y que carecen de respuesta coherente:


¿De qué va todo esto?

Porque yo no lo entiendo. Nacemos, crecemos, nos reproducimos, solicitamos créditos a los bancos y morimos. Es absurdo. Aunque más absurdo es pensar que existe un Dios. Me atrevería a decir que es incluso demencial. Y si me apuran, criminal. Si existe una deidad omnipotente, ¿por qué rige mi pasado y mi futuro? Yo no le he votado. A decir verdad, ni siquiera conozco su programa de gobierno. Claro que tampoco conozco en qué circunstancias se presentó a las elecciones, pues, cuando eso sucedió, yo todavía no había sido concebido. Pero vayamos por partes y desglosemos una a una cada etapa del mal llamado "ciclo de la vida":

1- Nacemos porque los profilácticos se rompen.
2- Crecemos para jorobar a nuestros padres, o quizá para echarles en cara el no haber tenido la suficiente delicadeza como para habernos preguntado si queríamos venir a este (sub) mundo.
3- Nos reproducimos porque queremos probar unos condones nuevos con sabores a frutas tropicales y que según se puede leer en el prospecto son totalmente irrompibles. Pero se rompen...
4- Morimos entre insoportables dolores y rodeados de nuestros seres queridos, que aunque intentan disimularlo poniendo cara de pena, no pueden dejar de pensar en los bienes que van a heredar.

Entre el primer y último punto, es decir, entre el momento de la concepción hasta el instante en que el candidato a fiambre se golpea la cabeza con el dosel de la cama, seguramente preguntándose por qué no se hizo el hara-kiri a los 7 años, el tiempo se ha detenido en varias ocasiones. ¿Quién no ha notado alguna vez esa extraña sensación que recorre la columna cuando, por ejemplo, y en ausencia de sus padres, ha rebuscado en los cajones de sus mesitas de noche y ha encontrado...cositas? O cuando estando encima (o debajo) de un ser de diferente sexo y condición ha notado un vacío relativamente absoluto clavándose como una daga afilada en lo más profundo de su perfecta y muy ensayada indiferencia? Somos lo que nos dejan ser. Actuamos para convencernos de que podemos hacerlo. Pero cuando nos miramos en el espejo, no podemos dejar de ver a unos asesinos, a unos ladrones, tísicos, corruptos y traicioneros. Por esa razón yo siempre me afeito de memoria.

Recuerdo unas palabras que me susurró mi abuelo al oído cuando yo tenía unos seis o siete años, pero no voy a escribirlas en esta enfermiza disertación porque todavía no he sido capaz de traducirlas. Desde entonces, no ha pasado ni un sólo día en que no las haya lustrado con una gamuza fina y flexible, pues las guardo en un aparador de madera. Hace unos años, un ladrón quiso robármelas, pero yo fui más listo y se las vendí a un buen precio. ¡Pobre idiota! Todavía no se ha dado cuenta de que le endiñé una copia. Así es como veo yo la existencia. Una copia de una copia de una copia borrosa, velada e imprecisa. Los más inteligentes se inventan el contenido. Los idiotas, la forma humana que más abunda, se convencen de que son capaces de entender su significado.

Si "todo esto" tuviera una cierta lógica, antes de nacer moriríamos. Y después de reproducirnos, creceríamos. Pero la lógica no existe. Y si alguien puede probar lo contrario, le reto a que sea capaz de distinguirla de la própia consecuencia. Es totalmente imposible. Vivir es una consecuencia, pues se deriva de un supremo acontecimiento: la Nada, que no es otra cosa que ausencia.


¿Por qué todo lo que sube acaba irremediablemente bajando?

La respuesta no es simple. Supongo que porque no tiene otra opción. Imaginemos una fuerza, guapa, alta, fuerte y tenaz. Supongamos que le domina un cierto espíritu de contradicción y en lugar de subir, quiere bajar. Para ello se prepara durante semanas en los mejores y más caros establecimientos destinados a preparar energías contradictorias. Dedica días y noches por completo a su convicción, porque, de alguna forma, está convencida de que es única y que si lo consigue, el resto de las fuerzas menos dotadas le tendrán envidia. Mientras suda la gota gorda con ejercicios extravagantes, piensa en sus progenitores y ese inocuo pensamiento multiplica por mil su deseo, transformándolo en ambición desmedida. Como está tan ensimismada con su posible victoria, deja a un lado el resto de pretensiones, sin importarle demasiado lo que puedan pensar de ella. Es una ganadora. Es una líder. Ha nacido para vencer. Y pisará a quien sea para conseguirlo. Sólo quiere que la quieran, pero no ahora, sino cuando demuestre para qué ha sido concebida.

Llega el momento de la verdad. Armada con valor y perseverancia toma impulso y comienza la proeza. Quiere ser capaz de bajar sin subir primero, y aunque sabe que es prácticamente imposible, acelera con fuerza. De repente pierde el equilibrio, cae y se fractura parte de la masa. Mientras yace inerte, la fricción abandona su cuerpo y sus entrenadores comprenden que todo ha terminado. El sueño ha acabado. Quizá nunca debió empezar.


¿Por qué pierdo culo cuando adelgazo?

Básicamente, porque no me concentro lo suficiente y la masa corporal se siente libre para elegir partes de mi anatomía donde poder obrar con toda impunidad. Los seres humanos, y algunos no demasiado humanos, poseemos un cerebro que pesa un kilo y pico si está sano, con el cual podríamos hacer casi cualquier cosa que nos propusiéramos. Conozco a una chica que adelgaza de caderas, piernas y brazos y transvasa esa masa repleta de grasa y líquidos directamente a los pechos. Por supuesto, con el poder de la mente. Y cuando se enamora de alguien que siente predilección por los senos pequeñitos, invierte el proceso y mata dos pájaros de un tiro, si se me permite tal expresión. Por desgracia, el truquito le falla cuando su pareja adora los pechos pequeños pero odia las cartucheras o los brazos de descargador de muelle. Personalmente, he intentado hasta la extenuación adelgazar la barriga y enviar toda esa mierda al culo, pero lo único que he conseguido es sufrir terribles calambres en el transverse abdominis.


¿Debería comprarme un sombrero?

Aunque pueda parecer una pregunta tontorrona y carente de importancia, es algo que me ronda la cabeza desde que empecé a perder el pelo. Al principio, simplemente fue una idea, pero más tarde, aproximadamente hace tres días, se convirtió en una obsesión. El problema es que también me seduce la idea de comprarme un bisoñé y una diadema de concha de Carey. Y no tengo suficiente dinero para adquirir los tres objetos. De todas formas, ¿Cómo podría lucir el postizo y la diadema si los tapo con un sombrero? Una solución sería que el peluquín fuera largo y el cabello pudiera caerme por los hombros, lacio y vigoroso. Entonces podría llevar la diadema encima del sombrero y me convertiría en la sensación bizarra de mi barrio. Abrirían clubs con mi nombre que serían clausurados por la autoridad competente por impago de tasas y aranceles. Claro que también podría sustituir la diadema por un coletero, una horquilla o incluso una guirnalda, pero el problema proseguiría. Lo mejor es que unos días salga a la calle con sombrero o gorra y otros con algún accesorio para el cabello. Por cierto, si me agencio un bisoñé, deberé comprar un peine. En ese caso, ¿debería ser de cola, desenredante o de dientes finos? Y, ¿los peluquines se lavan a mano o en la lavadora? ¡Caray!, nunca creí que resultara tan complicado vestir un cráneo desnudo.


¿Por qué los zunzuncitos son tan pequeñitos?

Siempre que me hago esta pregunta me entran unas espantosas ganas de dormir. Me voy a la cama.

viernes, 14 de febrero de 2014

Prometo no volver a tocarte el pompis

Alexander Almark. Her night dreams II 

Mis chuchos "Proxeneto" y "Matón" quieren beneficiarse a "Dulceflor" y "Mimosita",  las perritas de mi vecina. Como no hablo el idioma perruno, desconozco como piensan repartírselas. Es probable que "Proxe", que es más salvaje y decidido, se abalance sin compasión sobre "Mimosita" y "Matón" no tenga más remedio que conformarse con "Dulceflor". También es posible que ambos compartan a las dos como buenos colegas o incluso que organicen una obscena, lujuriosa y sicalíptica orgía canina. No lo sé ni me interesa. Lo que tengo claro es que jamás seduciré a la dueña de las perritas. Se llama Rosaura, aunque cuando coincidimos en el rellano siempre me apunta que le gusta que la llamen "Rosalinda". Bueno, pues Rosaura o Rosalinda es de Ecuador y tiene un culo tan grande como el Castillo de Ingapirca y el Churo de la Alameda juntos. Pero como hay tanta gente a la que le gustan los traseros descomunales vive muy acomodadamente moviendo el suyo en un bareto de mala muerte al que acuden hampones venidos a menos y camellos de tercera. Naturalmente, ella nunca me ha dicho que gane mucha pasta, pero yo, que soy hombre de mundo, lo noto cada vez que viene de hacer la compra.

Un día la voy a invitar a mi casa para pedirle que me haga una mamada. Estoy seguro de que no se opondrá. Necesito saber cuánto semen puede retener en la boca sin que se le escape por las comisuras. Pero tengo miedo. Miedo de que llevada por el frenesí me enseñe ese culo de aspecto planetario y desate en mí el vendaval inhumano, cruel y maligno que escondo dentro.

Siempre me han gustado los traseros pequeños, pero duros y respingones. Esos que cuando les pasas un par de kilómetros de lengua viscosa se abren como algunas flores cuando son abordadas por los insectos polinizadores. Siento una especie de pasión insaciable por los que no tienen marcas, ni por supuesto, pelos, pecas o tatuajes taberneros. Me es indiferente la edad de la propietaria, su condición social o su ascendente astrológico. Sólo quiero que sean insaciables y...que estén limpios. Por fuera y por dentro.

Hace ya muchos años que las vaginas dejaron de atraerme. Por esa razón en cuanto una mujer se quita la última prenda delante de mí, tiendo a ponerla boca abajo. A veces, antes de acercar mi rostro a sus nalgas, suelo jugar a ese jueguecito llamado "Puntúa y gana". Tengo una libreta repleta de nombres y puntuaciones. Puntuaciones de culos:

Carmen: 4 (NOTA: Perfecto, sobre todo  contemplado a través del hueco que queda entre las piernas)
Adela: 3.5
Majo: 5 (NOTA: Sublime. Morderlo es como pringarse con un croissant de chocolate)
Gilberta: 4
Enriqueta: 4 (NOTA: Cuando la luz de la lámpara de cuarzo no incide directamente sobre sus nalgas, incluso 5)
Cristina: 2 (NOTA: No volver a bajarle los leggins)

Algunos amigos han llegado a pedirme esas notas para calentarse mientras las leen. Otros han manifestado que debería publicarlas. ¡Joder! Cuanto idiota hay en el mundo. Esos apuntes son míos y me pertenecen. Quizá pequé de machito al comentarlo con otros. Y con otras. Juro por las anillas del bloc que guardan esos (casi) secretos que golpearé con saña al próximo ser, macho o hembra, que se atreva a hablar de mi pasión. Que también es mi enfermedad.

Ahora tengo que dejaros. Necesito poner en orden algunas ideas que me rondan por la cabeza. Ideas con forma de culo. Mientras las clasifico, me prepararé un vasito de vino de Oporto de barril, que es económico y sabe a nalga. Mañana le introduciré mi miembro en la boca a Rosaura, pero al mismo tiempo rezaré porque su pandero siga enfundado...para siempre.

lunes, 27 de enero de 2014

Tampoco tengo "Crunch"

Edward Hopper. New York movie (1939)

Hace algunos años...Sí, ya sé que es una forma vulgar de empezar un texto que trata sobre un hecho que sucedió en el pasado, pero ¿alguien me va a denunciar por eso? Hace algunos años quedé con una chica -a la que había conocido unos pocos días antes- para ver una película en un destartalado pero estupendo cine de barrio donde casi siempre reponían clásicos interesantes. Como soy un caballero y un dandi en ciernes, pagué las dos entradas y nos sentamos a esperar que comenzara la doble función. Mientras aguardábamos el momento mágico que implica sumergirse en una historia fílmica charlamos de cosas banales. Aunque en mi cabeza rondaban varias preguntas esenciales, por lo menos para un humano, varón y con ganas de encamarse: "¿Cómo estará desnuda? ¿Tendrá el trasero caído? ¿Será frígida? Todavía no me había hecho ni nueve preguntas cuando de la cabina de proyección se escapó ese rayo de luz compacta que demuestra fehacientemente que la sesión ha comenzado. No recuerdo los títulos de ninguna de las dos pelis, pero me acuerdo perfectamente de lo que sucedió a partir de ese instante. Por alguna razón estúpida sentí unos deseos irrefrenables de comer chocolate así que, disculpándome con mi amiga y el resto de público que tranquilamente comenzaban a visionar las primeras imágenes, salí a la cafetería dispuesto a comprar una chocolatina. La tipa que atendía el chiringuito tenía una fisonomía peculiar. Debía andar cerca de los sesenta y lucia un bonito principio de bigote que habría hecho palidecer de envidia a Groucho Marx. Era bastante gruesa y su rostro se asemejaba al de un monstruo antediluviano al que han sometido a una serie de liftings fallidos.
-Hola, ¿Tiene chocolate o algo parecido?
-¿Tú que crees?- me contestó despacio, como suponiendo que yo padecía alguna enfermedad mental.
-Bueno, supongo que sí. Deme un Toblerone, por favor.
-No tengo Toblerone.
-Pues un Crunch...
-Tampoco tengo Crunch.
-Deme cualquier cosa que contenga un mínimo de un 60 por cien de pasta de cacao y un 40 de azúcar, por favor.
-¿Cacao? ¿No me habías pedido chocolate?
-Deme una bolsa de papas- le contesté secamente.
-Una bolsa de papas no es una chocolatina- replicó a su vez, poniendo una cara de lástima que me recordó a la de un oposum pigmeo al que le han contado una mentira.
-Por favor, deme lo que quiera, pero a poder ser posible antes de que ambos cumplamos los setenta.
-Yo tengo 45, aún me quedan muuuuuchos años para que cumpla esa edad.
-Si, ya... ¿Me va a servir o prefiere seguir amargándome la existencia?
Al cabo de un rato de conversación demente la señora me tiró a las manos una bolsa de palomitas acarameladas y al pagarle, una moneda de dos euros bastante gamberra y escapista se salió de mi monedero, rodó por el mostrador y cayó a la pila.
-Lo siento. Cóbrese con esos dos euros. Supongo que hay suficiente...
-Esos dos euros son míos. Se me cayeron allí hace un rato- farfullo el espécimen.
-¿Cómo dice?
-Que esa moneda es mía. ¡Págueme!
-Acaba de ver como esa puta moneda se me ha caído. ¿Qué es lo que pretende?
-¿Me está llamando mentirosa?
-No estoy llamándola mentirosa. Pero usted sabe que esa moneda es mía.
-Me está atosigando, señor. O me paga o me devuelve las palomitas.
-No pienso darle ni un céntimo más. Cóbrese con esa moneda de una puñetera vez. Me estoy perdiendo toda la película. No se comporte como una idiota. Seamos serios...
En ese justo instante la tiparraca empezó a chillar como si la estuvieran violando doscientos cincuenta marcianos invidentes. A decir verdad, sus gritos me recordaban a la matanza del cerdo, espectáculo que había observado algunas veces en mi pueblo cuando era un niño. Al cabo de unos pocos segundos de griterío apareció el acomodador y yo sentí miedo, así que hice una de las más grandes tonterías que un inocente puede hacer en un momento dado: salí por la puerta y escapé corriendo. Cuando quise darme cuenta de la estupidez de mis actos ya me encontraba a varias manzanas. Intente poner en orden mis pensamientos y me senté en un banco de la acera. Un montón de ideas inconexas me rondaban por la cabeza. Mientras las analizaba una por una decidí esperar a que acabara la doble sesión, inventar una excusa convincente y esperar a mi amiga a la salida. Las cuatro horas se me hicieron interminables. Mientras me dirigía de regreso al cine pude ver en la puerta a un montón de gente arremolinada, un par de policías preguntando a diestro y siniestro y a una periodista y un cámara de televisión. Cuando me percaté del percal, el acomodador, que debía tener una vista de lince, gritó
- ¡Es él! ¡Es él! ¡Ha venido otra vez! ¡Es él! Los polis dirigieron la mirada hacia mí y yo no tuve más remedio que volver a huir, aunque esta vez lo hice caminando en lugar de a la carrera. Ni siquiera miré si alguien me seguía. Volví a recorrer el mismo trecho de antes y acabé nuevamente sentado en el mismo banco. De repente, una mano se posó en mi hombro. Giré la cabeza esperando contemplar a los polis agitando unas esposas, pero sólo vi a la periodista y su compañero, el cámara.
-Tranquilo. La policía aún está tomando declaración a la víctima. ¿Por qué razón le hiciste eso a la taquillera?
-¿Le hice qué?
-Eso...
-Yo no le he hecho nada. No sé a qué te refieres.
-Ella dice que le retorciste un pezón...
-¿Que dice qué?
-Que le retorciste un pezón- repitió el cámara.
-¿Que yo le retorcí un pezón?
-Sí- contestó la chavala.
-Sí- repitió el cámara.
-¿Estáis de broma?
-Para nada. Te ha denunciado. Es grave.- dijo la chica- Deberías darnos tu versión de los hechos. Así podrías defenderte y nosotros llenaríamos dos minutos y medio en las noticias.
-¿Qué noticias?
-Las noticias de la televisión local, susurró suavemente ella.
-Las noticias de la televisión local- repitió el cámara.
-Yo no le he estrujado un pezón a esa especie de carcamal visigodo. De hecho ni siquiera creo que tenga pezones. Discutimos porque decía que no le había pagado. Y sí le había pagado. Está loca. No sé... Se puso a gritar...yo tuve miedo....
-Te diré lo que vamos a hacer. Buscaremos un edificio bonito, con una fachada que tenga buena planta para que sirva de fondo y te haremos una entrevista en exclusiva- ¿Qué te parece?- comentó, como si entrevistar a un presunto retorcedor de pezones fuera la cosa más común en su vida.
-¿Qué te parece? repitió el cámara.
-No me vais a hacer ninguna entrevista. Yo no he hecho nada. Largaos, por favor. Dejadme en paz.
-Creo que deberías defenderte-. Claro, que si eres culpable...
Llegados a ese punto, totalmente irreal y semejante a un sueño inducido por ingesta desmedida de poleo y Valium, decidí que me dejaría entrevistar. Si todo ese follón se hacía más grande y además había una denuncia por medio... quizá dando mi versión saldría impune de aquello.
-Está bien. Hacedme la puta entrevista.
-Perfecto- respondió la periodista guiñándome un ojo- Todo se solucionará, tranquilo. Pero este lugar es deprimente y además el tráfico estropearía el sonido.
-El tráfico estropearía el sonido- respondió el cámara.
Como no quería que el tráfico estropeara las tomas nos dirigimos a otra calle, pero la fachada estaba sucia y a los reporteros con corazón artístico tampoco les gustó. Nos pasamos las siguientes tres horas buscando una calle o una finca en condiciones de servir de fondo. Supongo que yo les parecía tan feo que esperaban que un frontispicio renacentista salvara parte de la entrevista. Al final acabamos sentados en un bar y hablando de muchos temas. Resultaron ser unos tipos muy majos. Incluso el cámara dejó de repetir las frases de su compañera y demostró que además de loro o guacamayo a tiempo parcial también era una persona culta y sobre todo divertida. Charlamos sobre la cerveza, sobre los muebles de nogal, sobre la forma en que la política se aferra a nuestras vidas disfrazada de cualquier cosa. Me comentaron que eran novios y que no pensaban casarse nunca. Nos reímos un montón y la verdad es que me lo pasé estupendamente.
-Así que le retorciste un pezón. ¡Puaj! Qué mal gusto tienes amigo.
Bebimos y bebimos hasta que llegó un punto que resultaba idiota seguir con la ingesta desmesurada de alcohol y nos dirigimos a casa de Didi y Fernán, que era como se llamaban ambos. Allí seguimos despotricando sobre todo.
-Mi querido amigo estrujapezones. Me caes estupendamente pero creo que necesito otro whiskito- gritó Didi mientras eructaba con un estilo que haría morirse de vergüenza al camionero más curtido.
-Estrujapezones, ¿has visto "la última peli de Eric Rohmer? Guau, amigo es sensacional- replicó Fernán.
-Sí. Me encanta Rohmer. Aunque creo que prefiero su filme anterior.
-¿Prefieres "El árbol, el alcalde y la mediateca" a "Las citas de París"?
-Yo creo que sus dos últimas películas están por debajo de su nivel- gritó Didí mientras intentaba servirse un vodka doble con hielo- Quiero decir...Si comparas esas dos pelis con "El rayo verde" o "Las noches de la luna llena"...
-Cariño, no se puede estar toda la vida haciendo obras maestras- replicó Fernán
-Estoy de acuerdo contigo, Fernán. Tanto "Las citas" como "El árbol..." son films menores pero completamente válidos en su carrera. Yo los disfruté enormemente...
-Desde luego- gritó Didi, pero, joder, yo quiero más cosas como "La rodilla de Clara" o incluso "La coleccionista-, me escupió Didi al oído. Soy tremendamente egoísta. Sólo busco mi propio placer.
-Ella busca su propio placer- repitió Fernán.
-Cari, no hace falta que seas mi eco- respondió Didi.
-Yo no soy tu eco. Soy el eco del mundo. Yo soy...
-Tú eres el que me va a servir un ron cuádruple- dije yo.
-Y quíntuple si hace falta.
-¿Sabes que Didi se durmió el otro día en el ginecólogo y tuvieron que despertarla pinchándole con un palillo en la vulva?
-¡Animal!- respondió Didi. No me pincharon en la vulva. Me dieron unos sopapitos en la cara. ¡Caray! Me quedé totalmente roque.
-¿No me jodas?- Exclamé yo mientras derramaba parte del vodka por la alfombra.
-Cambiando de tema. Me ha salido un bulto en la lengua y estoy acojonado por si es un cáncer...
-Fernán, no seas paranoico. Me recuerdas a una perra que tuve hace muchos años. Creía que no era una perra, sino un canario, pues pasaba casi todo el tiempo sola en casa, con el pájaro. Un día cuando entré por la puerta, me la encontré volando por la habitación- exclamó Didi al mismo tiempo que imitaba con las manos el batir de alas canino.
-Yo me tomaría un cafetito. ¿Tenéis café?- pregunté a ambos.
-Claro. ¿Quieres un cortado, un Cappuccino, un americano?- pregunto Didi.
-¿O quizá un Corretto, o un Ristretto o un romano?
-He cambiado de parecer. ¡Otro cubata por favor!
-¡Marchaaaaando!
Estuvimos charlando hasta el amanecer, entonces nos acostamos e hicimos un trío. Después de la maratón sexual ellos se quedaron dormidos y yo me fui a casa. Mientras recorría la distancia que me separaba de mi hogar pensé muchas, muchas cosas. Pero una en especial no paraba de atormentarme: ¿Le habría gustado la sesión doble a mi amiga? Me refiero a la chica con la que se supone fui al cine. Como tenía tiempo, decidí responderme. Pero las auto respuestas son confidenciales, eso es algo que todos deberíamos tener muy claro.



martes, 14 de enero de 2014

M (o la carencia de sentido común)

Genoves. Madeja (2010)

M es idiota. Bastante idiota. ¿Cómo podrías definir a un tipo que pregona sin rubor que la mejor película de la historia es "No me toques el pito que me irrito"? Pero yo le aprecio. Le aprecio de la misma forma que una serpiente de cascabel puede apreciar a una rata de arbellón. Gracias a él y otros muchos como él, yo tengo una razón para sobrevivir. ¿Qué sería de mi existencia si no pudiera despotricar acerca de los imbéciles? Ellos están en el planeta para recordarnos que no somos nada, absolutamente nada, a pesar de que todavía exista un poco de razón escondida en silos subterráneos en cada uno de los cinco continentes.

M sabe escribir su nombre con una plantilla de plástico. La compró en una papelería cuando cumplió los 25. Ahora tiene casi 60 y todavía la necesita. A veces piensa que debería comprarse otra de aluminio, pero va retrasándolo constantemente. Quizá el próximo año. Al fin y al cabo, pocas veces se le presenta la oportunidad de rubricar un documento. Mientras, espera obtener fuerzas que le ayuden a decidir cuál de las dos le permitiría conseguir la caligrafía que tanto desea. Pues aunque es tan memo como un zapato, odia tremendamente emborronar una bonita hoja blanca, cuadriculada y con márgenes a ambos lados.

M quiere coger al aire. Extiende los brazos y siente un terrible calambre en el hombro derecho. Se sienta sobre una roca y se rasga los pantalones. Mientras trata de hacer funcionar su cerebro, siente un picor extraño en una pierna. Pero no se rasca. La escolopendra trepa hasta su ingle y con las forcípulas le inyecta una dosis de histamina y enzimas. Las nubes se difuminan. La luz le golpea el rostro. De repente todo está oscuro.

M se despierta en la cama de un hospital y pregunta a una enfermera si es un ángel. Ella niega con la cabeza mientras se le escapa una sonrisa insolente. Cuando sale de la habitación, un escalofrío le recorre la espina dorsal. Por primera vez en su vida ha tocado a un idiota. Se lo cuenta a una compañera y ésta la obliga a lavarse las manos. Mientras se limpia con una gasa y alcohol, recuerda a su madre muerta y le da las gracias por sus genes.

M está ojeando el mundo por la cristalera. Su compañero de cuarto le pregunta por qué razón se encuentra inquieto. Pero él no responde. Está demasiado ocupado pensando qué va a suceder cuando le hagan firmar la baja. Si tuviera familia o algún amigo menos idiota podría pedir que le trajeran su vieja plantilla. Con ella se siente seguro y fuerte. De repente, sin ni siquiera pensar en los pros y los contras, decide escapar por la ventana...

jueves, 26 de diciembre de 2013

Geometría

Paul Klee. Cosmic composition (1919)

De las 37 personas que vivían en esa pequeña aldea, 36 soñaron lo mismo una noche. El único individuo que rompió la excepcional regla, un varón de 87 años, analfabeto y con serios problemas de afección, se dedicó a dibujar icosaedros convexos en las dos paredes opuestas de su pequeña y destartalada cocina de leña. Cuando acabó de dibujar los cientos de triángulos equiláteros conformados en poliedros de veinte caras, se sintió satisfecho y se dirigió al acantilado. Si alguna vez vas a ese pueblucho y te acercas a su precipicio, deberías mirar hacia las rocas cortadas que salpican el fondo. Una de ellas, no sabría decirte ahora cuál, desmembró el cuerpo de aquel hombre. Por esa razón los 36 habitantes de la zona llaman a esa escarpadura "El salto del viejo".

Un pequeño animal de compañía se escapó de la casa que le cobijaba. Mientras recorría los cientos de metros que separaban lo habitual de lo extraño, experimentó una sensación angustiosa, imposible de describir para un humano. Se limpió los bigotes con las zarpas, miró al cielo y enseguida comprendió cuál era su destino. No tardó ni media hora en encontrar a una alimaña rabiosa y desesperada que lo mató y lo engulló por completo. Al día siguiente, su dueña lo buscó en cada una de las estancias de la casa, pero como no pudo encontrarlo creyó que nunca lo había tenido y que sólo era un sueño. Un sueño más. Un sueño engendrado por la desesperación y el abatimiento. Cuando se lo contó a su vecino, éste se asustó, pues era el mismo sueño que él había tenido. Y era el mismo sueño que su yerno, que residía a escasos metros, le había contado. ¿Los tres soñaron lo mismo? ¿Los tres soñaron lo mismo, la misma noche? ¿La misma noche que el más viejo del lugar dibujaba icosaedros?

Aunque estaba impedido le encantaba descansar al lado de la ventana. El sol que entraba y se filtraba por el cristal sucio le calentaba la parte anterior del cuerpo. Era una sensación placentera que le sumía en una especie de maravilloso amodorramiento. Mientras su cabeza se ladeaba y la baba mojaba los primeros botones de la camisa, sus recuerdos se dirigían en todas las direcciones. Lamentaba que las noches no tuvieran sol, pues sin el calor del astro rey los sueños solían transformarse en pesadillas desconcertantes. Si tú fueses una diosa, una hada o simplemente una ninfa y aparecieses en su destartalada habitación, seguramente te imploraría que borrases el capítulo de aquella noche. ¿Por qué no fue ella la que se precipitó sobre las rocas? Si hubiera sido ella, por lo menos algún lugar de la comarca, algún día, llevaría su nombre. Sin embargo, mientras el viejo acababa con sus demonios interiores, ella soñaba algo que ni siquiera era concreto u original.

Las nubes descargaban agua sin compasión sobre la cabeza de una estatua. El cuerpo de esa escultura descansaba semienterrado en la tierra arcillosa, pero la testa se beneficiaba de las inclemencias meteorológicas mientras sus ojos inertes jugaban con cada una de esas pequeñas sensaciones que discurren cuando el tiempo, ese secuestrador invisible e insobornable, se petrifica. La anciana que vivía en la cabaña estaba convencida de que era la cabeza de la Gorgona y jamás la miraba. Cuando fue joven -y no olvides que todos y cada uno de ellos o de nosotros ha sido joven en algún momento de su vida- leyó muchos libros y aprendió a discernir un secreto de un falso sol de medianoche. Ahora, mientras esperaba algo que no llegaba, pero que ansiaba por encima de cualquier deseo, sus fuerzas para soportar una nueva jornada escapaban despavoridas, retrocediendo y cambiando de dirección sin lógica aparente. ¡Sí, ella también soñó esa noche! Y después de ese sueño de sueños, ya nada parecería lo que realmente era. Pues esa representación onírica y cruel, semejante al viento del este que parte los tallos de los girasoles, no era más que una fracción del conocimiento infinito que establecía las distancias y multiplicaba las imágenes fractales codificadas en su memoria.

Continuamente se hacía preguntas. Y aunque parezca inusual, siempre se las contestaba todas. "¿Si sabemos de qué color es la carne de las manzanas, por qué razón seguimos pelándolas?" "¿Podría contar los guijarros de menos de medio centímetro que descansan en el viejo camino que sale de mi casa y conduce hasta el pequeño torrente donde una vez vi a Dios?" "¿Debería esconder las sombras que producen las amapolas en la cajita de estaño?" Cuando no se estaba preguntando algo, solía jugar con dos palitos de madera. Le encantaba el ruidito que hacían al ser golpeados el uno contra el otro, o ambos contra su cabeza. Por las noches solía soñar con esos mismos palitos y con su cabeza. Pero esa noche, esa noche en la que todos los vecinos comulgaron una misma pesadilla, sus palitos, su cabeza y sus preguntas se ocultaron para siempre entre la espesura de veleidades eternas, mientras que el protagonismo se lo quedaron los ejes de simetría, los vértices opuestos, las rectas y las aristas del anciano suicida.

¿Sabes por qué te cuento esto? Yo viví en aquel pueblecito por aquellos días. Yo era un número más entre los soñadores, es posible que el 27, o el 28. ¿Qué más da? Yo soñé lo mismo y puedo certificar que las imágenes que mi prosencéfalo fabricó fueron exactamente las mismas que hirieron y desconcertaron al resto. Durante semanas las comparamos y yo me dediqué a analizarlas. El viejo que no pudo soñar dibujó icosaedros. Un icosaedro no es más que un antiprisma pentagonal rematado en sus bases por dos pirámides (también) pentagonales, con con 12 vértices y 30 aristas. El resto de vecinos, los que tuvimos el privilegio o desventaja de dormir, soñamos que esbozábamos dodecaedros en las paredes opuestas de nuestras cocinas; algunas de leña, otras no. Un dodecaedro es una figura geométrica configurada por 12 pentágonos, 20 vértices y 30 aristas. Podríamos haber soñado con tetraedros, hexaedros u octaedros o podríamos haber soñado que nos perseguían, o que volábamos, con agua, con arañas, que nos caíamos, o se caían nuestros dientes, con perdernos, con ser atacados y heridos, con la muerte.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una

Duy Huynh

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una se incorporó, y doblando la cabeza de la misma forma que un papagayo complacido me preguntó: ¿sabes por qué miro hacia todos los lados menos a uno? Me disponía a contestar con ese precioso adverbio que sirve, entre otras cosas, para negar, rechazar o impedir una posible correspondencia, cuando de su boca brotó un remolino de segmentos restringidos por demarcaciones, o lo que otra persona menos pedante y afectada que yo llamaría vocablos, palabras, términos. Trataré de transcribir su respuesta de la manera más exacta posible, aunque entre los círculos familiares tengo cierta fama de olvidadizo y algunos de mis amigos, exactamente a los que más aprecio tengo, no se cansan de repetir, que tanto los sintagmas endocéntricos como los exócentricos que volando llegan desde las laringes de los emisores a mis oídos sufren una penosa transformación cuando intento hacer un epitome, una sinopsis o incluso una pequeña pero satisfactoria paráfrasis.

Pero antes de reproducir, o por lo menos, intentar trasladar el conjunto de frases atiborradas de sentido, lucidez y sabiduría del hombre que miraba en todas direcciones menos en una, me gustaría dejar patente ciertas reflexiones sobre la naturaleza de ese ser o ente excepcional y su interacción con los elementos que le rodeaban, sobre todo con cada una de las unidades especiales relativas a la propia persona, entiéndase, alma, espíritu o fuerza vital, que hacía que mantener contacto con sus postulados y con la luminosidad que estos desprendían, fuera, además de el "actus fidei specificatur ab objecto", lo más cercano a una experiencia espiritual, emocional, subjetiva y, por supuesto, mística.

La primera vez que reparé en el hombre que miraba a todos los lados menos a uno, yo estaba sometido a una terrible presión. Los problemas económicos y la ruptura con mi mujer después de 20 años de pacífica aunque miserable convivencia, habían transformado mi habitual quietud en furia brutal y desmedida. El único humano bueno era el que estaba enterrado bajo dos metros de tierra y sólo el placer que me proporcionaban los perros y los gatos solía apaciguar las ansias de venganza social que nacían de cada uno de mis poros sanguinolentos.

Recuerdo perfectamente cómo sucedió todo. Caminaba sin dirección fija, posando la mirada en la mugre que rodeaba mi existencia, cuando de repente escuché una voz suave, amable pero segura, que se detenía suavemente sobre la percha de mis malas experiencias. Al principio creí que sería un mendigo que querría unas monedas a cambio de un pequeño chantaje emocional, pero cuando miré directamente a su cara supe que el principio de todo era una respuesta y que esa respuesta significaba el adiós a todos esos "antes" y "después", y por extensión el finiquito generacional de todos y cada uno de los "por qué", de los "no sé", de esos millones de preguntas nunca contestadas, de la avaricia del sinsentido y el ilustre corolario al abandono o la dejadez que hasta entonces y de una manera demencial habían abanderado el nacimiento de cada segundo, cada minuto, hora, jornada, mes, año, lustro, década...

Soy consciente de mi promesa, aquella que hice en el primer párrafo. Recordad, recordad, si mi palique manuscrito no os ha aburrido. Supongo que debería ser fiel a mis palabras y reproducir lo más exactamente posible la respuesta del hombre que miraba en todas las direcciones excepto en una. Llegados a este punto no puedo dejar de preguntarme: ¿para qué sirve ser honesto en un mundo donde la honestidad no es más que otra marca de cosméticos? ¿Entendería alguien las oraciones, los enunciados , las máximas y las proposiciones que salieron de su boca? Nadie comprende nada. Es tan fácil escurrir el bulto. Todos quieren sacar los conejos de las chisteras, pero mientras tratan de mantener derechos los sombreros, los logomorfos corren despavoridos temiendo por sus vidas.

En estos instantes trato de encontrar una expresión que acabe de una vez con todas las manifestaciones que se delimitan con palabras. Pero no existen palabras que reflejen lo que tengo en mi cabeza. Cuando me siento realmente jodido, sólo tengo que pensar en él, el hombre que miraba en todas direcciones excepto en una,  para saber que toda la mierda que vomito la he fabricado yo. Y que todo ese conjunto de heces va dirigido a la persona que más debería querer de todas las que pueblan el mundo, o quizá el Universo: yo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Hécuba

Saverio Polloni. Crocodile (2010)

No era fea, pero había algo en su cara que me desagradaba. Quizá fuera esa mandíbula dura y rectangular que otorgaba al conjunto de su cuerpo un cierto aire amenazante, o puede que su exagerada e inquisitiva forma de mirar a los ojos mientras intentaba por todos los medios deslizar una orden telepática hasta mi cerebro sin que yo lo advirtiera.

Recuerdo la primera vez que le puse un bozal. Se resistió, pero era la única forma de impedirle comunicarse conmigo.
-Ojalá fueras muda- pensaba cada vez que le apretaba el dogal.
Pero ella, lejos de defenderse, simplemente gemía. Ahora, mientras escribo esto, medito sobre aquellos quejidos. Estoy casi seguro de que no eran de terror, sino de placer. Estoy seguro de que disfrutaba con cada jugarreta que le preparaba. Al final me aburrí. Necesitaba sentir unas emociones que no me proporcionaba. Por eso decidí devolverla al zoo, aunque eso implicara una multa o incluso unos meses en el talego.

Recuerdo los titulares: "El cocodrilo raptado ha sido devuelto", "El secuestrador de reptiles se arrepiente", "Entrevista exclusiva al sociópata que raptó a la cocodrila".

ENTREVISTADOR: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la secuestró?
SECUESTRADOR: No fue un secuestro, teniendo en cuenta que jamás pedí rescate.
ENTREVISTADOR: ¿Entonces?
SECUESTRADOR: La respuesta es muy simple. Estoy loco. No puedo interactuar con humanos. Necesitaba acariciar, besar y amar a una bestia. Pero poco a poco mis instintos se desbocaron hasta un nivel que incluso para mí se hizo reprobable. Un día quise llegar más lejos y...
ENTREVISTADOR: No siga, por favor. Este es un periódico cristiano.
SECUESTRADOR: ¿De veras cree que existe un Dios?
ENTREVISTADOR: ¿Yo? No estoy seguro pero mi cuñado si cree en él.
SECUESTRADOR: Es la respuesta más idiota que he escuchado en mi vida.

El día del juicio me encontraba extrañamente tranquilo. El juez, con aspecto de larva vermiforme, me miró con cara de asco mientras con sus esqueléticas manos llamaba a un bedel. Minutos después comenzó la pantomima:

JUEZ: Está usted aquí por representar un peligro para la sociedad. Son los seres de su calaña los que hacen de mi profesión algo divino, omnipotente y sagrado. Pero no me interprete mal. Yo no soy Jesús, ni siquiera Dios Padre ni el Espíritu Santo. Si fuera alguno de ellos, usted y todos los psicópatas de este mundo no existirían. Todas y cada una de las mañanas de cada día me levanto de la cama pensando que la vida es una sucesión de maravillas sin fin, dispuestas para gozarlas, pero cuando llego a este grisáceo edificio y me pongo esta oscura toga, que en su día vistió a mi padre y mi abuelo, sólo tengo ganas de llorar. ¿Sabe cuántos años llevo juzgando a excrementos como usted? 37. Dentro de seis años me jubilaré. Y dedicaré mi tiempo a pescar, a disfrutar de los míos y a predicar la palabra del Señor. Cuando eso suceda, mis cansados ojos no tendrán que volver a posarse en basura como la que usted representa. Para terminar, sólo quiero subrayar que después de que dicte sentencia, justo en el momento en que su infecto olor abandone esta estancia, imaginaré como arde en el infierno. Y sus gritos de dolor se transformarán en gozo para mi corazón. ¿Tiene el acusado algo que decir?
SECUESTRADOR: Señoría. Sólo una cosa, si me lo permite. ¡Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo son una misma persona!
JUEZ: Le condeno a...

Esta celda es estrecha, pero me siento confortablemente en ella. Esta mañana me he comido una araña que se escondía tras su tela en un rincón de la pared. Su sabor me ha recordado al del gazpacho industrial que venden en Mercadona. Desde luego su sabor era infinitamente más suculento que los macarrones que nos sirvieron ayer.

Es extraño, mientras reflexiono sobre mi futuro, no puedo dejar de pensar en la cocodrila. Por algún motivo, siempre me recordó a la madre de mi padre. Yo quería a mi abuela, pero ella siempre puso cierta distancia entre nuestros cuerpos. La verdad es que yo siempre quise a toda mi familia. Y a cada uno de mis amigos. Todavía espero que me devuelvan el amor que derroché con ellos. ¡Sólo quiero un poco de amor! ¡Necesito que me quieran! Aunque sea de verdad.